El Capitán Fantasma

El Capitán Fantasma

octubre 26, 2018 Off By

Corría el año de 1957, era una mañana fresca, apenas punteaba el alba cuando mi padre don Marcelino Méndez ya iba camino a hacer su rutina de siempre, checar el nivel del agua del Tinaco del Venado, cuyo funcionamiento estaba a su cargo como empleado de la Junta de Agua Potable de Guanajuato. Olla de agua ubicada en el Cerro de San Miguel. Ahí desemboca el agua potable enviada desde el Tanque de San José, construido en las faldas del Cerro de Valenciana, mismo que recibía el agua de Los Filtros y a su vez de la presa de la Esperanza.
Luego de checar los niveles regresaba para disfrutar de su almuerzo, que le preparaba mi madre doña Conchita; frijolitos con huevo, una salsa bien picosita y tortillitas hechas a mano en comal calentado con leña.
Luego del almuerzo se pasaba parte del día en la huerta, donde regaba sus árboles. El espacio de la huerta tenía alrededor de mil metros cuadrados, una cerca bien cuidada de órganos y carrizo le rodeaba. En su interior había jardines de rosales, gardenias, gladiolas y flores muy olorosas como las azucenas y la “huele de noche”, otra bella flor que luego tuvo que eliminar por orden de las autoridades fue la amapola, que en esos tiempos no estaba prohibida, incluso se podía apreciar en los jardines de la Plaza Principal de Guanajuato.
Hacía el sur existía una franja de altos carrizos, al norte magueyes y órganos, y al este el Gran Tinaco del Venado. Por aquí estaba la puerta de acceso la huerta, fabricada de madera de aguacate y carrizo, al fondo una pequeña cabaña de madera y paja, donde mi padre guardaba sus herrramientas.
Era tan apreciado el lugar que algunas personalidades se dieron cita ahí para desayunar o simplemente para pasar un rato agradable. Recuerdo, sí la memoria no me falla, al que fuera presidente municipal de apellido Lona, que con motivo de los trabajos de lo que es hoy la carretera panorámica conoció el sitio al que regresó con gusto. También recuerdo que mi padre platicaba con don Chava Rodríguez, a quien se le veía gustoso con grupos de estudiantes reforestando los cerros.
Uno de esos tantos días en que don Marcelino comenzaba su rutina, corría el mes de agos­to de 1957, (recordaría mi padre la fecha), primero se dirigió a la huerta, porque los perros toda la noche no dejaron de ladrar y de estar inquietos, como había muchos tlacuaches, zorrillos y tejones pensó que era eso lo que los perros detectaban.
Pero grande fue su sorpresa cuando llegó a la cabaña y encontró a una persona que se disculpó por estar ahí, pero que no tenía a dónde ir, y le suplicó a mi padre que le permitiera estar unos días, que como pago le ayudaría a regar y cuidar su huerta.
A decir de don Marcelino, el sujeto parecía bien educado y buena gente, por lo que le infundió confianza y lo dejó quedarse sin más preguntas. Pronto se dio cuenta que tenía bien cuidada la huerta, por lo que incluso le dio alimentos o a veces me enviaba a mí a llevarle sólo unas tortillas, porque en la huerta había muchos aguacates y fruta de la cual podía alimentarse.
Recuerdo que era un tipo muy alto, de ojos claros o así lo veía yo desde mi pequeña estatura, siempre parecía muy amable y conocedor de cosas.
Pasó un tiempo y un día mi padre comentó que ya se había ido el inquilino, dijo que se despidió muy bien y que algún día vendría para saludarlo y agradecerle su apoyo en esos momentos en que estaba en apuros.
Mi padre, como encargado del Tanque del Venado, vigilaba por la noche la llegada del agua desde el tanque de San José, como la red del agua es por gravedad, había que tener mucho cuidado de la cantidad de líquido que dejaba salir el encargado del tanque de San José, recuerdo se llamaba don Casimiro.
El sistema del control de envío del agua consistía en tantas vueltas a la válvula de salida durante un tiempo, mientras que los tinacos de la población se llenaban por la noche para el consumo del día. El excedente de agua debía llegar al Venado de tal manera que no llegara a derramar, porque si esto sucedía los vecinos del callejón de Sebastopol, y la Cerrada de la Venada sufrían las consecuencias., si esto sucedía, medio día se inundaban las casas, luego esta agua llegaba al callejón de Caño Puerco y ahí ya entraba al drenaje del río Guanajuato.
Después de unos años, le dice mi madre a don Marcelino.
– Ahí te habla un señor–
¿Quién será?
–No dijo pero parece militar –¿será de la policía?–
–¡Buenos días don Marcelino!–
–¿Se acuerda de mí?– al tiempo que le daba la mano y se quitaba la gorra.
–No, pues la mera verdad no–
–A ver haga memoria–
–Yo soy Santiago Reyes y vengo a agradecerle que hace un tiempo me tendió la mano y me ayudó, ¡no sabe cuánto le agradezco! No se me olvidan esos días en los que me permitió estar en su huerta, los ricos aguacates de los que disfruté y sobre todo su confianza.
En ese tiempo yo tendría como 7 años, y recuerdo al tipo alto y muy bien vestido de militar.
Platicaron algo más y vi que se despidieron, a mí me tocó la cabeza a modo de saludo y se fue por la vereda rumbo al Pípila… fin

Texto: R. Méndez