La hora rosa y violeta en Guanajuato

La hora rosa y violeta en Guanajuato

enero 19, 2018 Off By




Profr. Erasmo Mejía Avila

¿Esto qué es?, preguntará el lector, y nosotros contestamos:

Es una de las más bellas y singulares características que tiene esta ciudad, se da casi todos los días, aunque, no por ser así valga menos.

Aquí no cuenta el principio económico las cosas que abundan más, valen menos; las cosas raras y escasas, valen más.

No señor, este fenómeno de la atmósfera al que vamos a referirnos, puede apreciarse, como queda dicho, casi todas las tardes.

Poco antes que véspero, el lucero de la tarde, aparezca en el firmamento incomparablemente azul de Guanajuato, se inicia el crepúsculo.

Una intensa claridad ilumina las cosas, como si fuera a brillar la aurora boreal.

Pero esa luz diáfana, tan intensa como si viniera de un gran sol, más grande que ése que está en agonía, se vuelve rojiza, anaranjada, color de zanahoria.

Hay que ver las fachadas de todas las casas en ese instante, lo mismo las elegantes que las humildes, lo mismo las viejas y ruinosas que las recién construidas, todas se bañan con esa luz espesa y clara, cual si fuera el baño de Cleopatra, con leche de burra.

¡Ah! Pero viene luego lo principal: la luz color de rosa, la luz violeta que muere en el cielo de Guanajuato.

Y el color violeta se va oscureciendo poco a poco, lentamente, con una lentitud pasmosa, de modo que resulta imperceptible ver cómo avanza, así, deslizándose como un reptil que no quiere ser visto y se va sumergiendo en la noche, o, mejor dicho, confundiéndose con la noche.

Del color más tierno se pasa al violeta intermedio, para llegar al violeta espeso y luego absoluto..

¿Y qué saben ustedes lo que pasa realmente?

Que al declinar la tarde, la luz del sol se descompone en los siete colores que la forman, y que aquí, en esta tierra hermosa y galana, en esta atmósfera única, es más fácil de advertir a simple vista.

Es el ojo sensible del guanajuatense que con su amor descubre estos pequeños enormes momentos de la vida de provincia y que, en la gran ciudad ya no existen o mueren antes de nacer, por la sencilla razón de que a nadie importaba.

Primero están las cosas triviales con todas sus funestas consecuencias; las especulaciones comerciales, las proezas de cantina y los heroísmos de bolsillo.

Y algo más: cuando admiramos este maravilloso espectáculo en la población, simultáneamente puede apreciase otro que es también increíble: el incendio del cerro de La Bufa, que, a distancia, viniendo por el camino de Valenciana da la impresión justa de hallarse entre llamas.

Naturalmente que esto es más frecuente en las tardes de crepúsculo, como una merecida recompensa de lo que se pierde a la vista, por el cerco de las montañas que rodean la ciudad, sólo nos permite disfrutar de los reflejos.

Tal es el premio altísimo de que en Guanajuato no tengamos crepúsculos como los hay en Celaya, Valle de Santiago y en todo el Bajío, desde Jalisco hasta Querétaro.