Mueren en su escondite

Mueren en su escondite

octubre 22, 2018 Off By

Corrían los primeros años del siglo XIX cuando a la ciudad de Guanajuato llegó para establecerse una pareja de jóvenes recién casados procedente de España que venían con la intención de invertir su capital en la explotación de minas. Eran don Manuel de Septién y su esposa doña Victoria Soriano –sobrina ésta de quien había sido Intendente Interino Don Pedro José Soriano–, que se establecieron en una amplia casona de la calle de La Galarza casi esquina con Positos, muy cerca de la Capilla de San Roque.
Era la época en que las minas de Guanajuato producían más plata que cualquiera otra en el mundo, con una población de cerca de 100 mil habitantes que disfrutaban de la gran bonanza. Los recién llegados no tardaron en multiplicar su capital y pronto se vieron codeándose con lo más selecto de la sociedad, teniendo incluso gran participación en la espléndida fiesta que se hizo por la proclamación y jura de Fernando VII como Rey de España, celebrada en Guanajuato el 8 de septiembre de 1808.
Don Manuel de Septién se ocupó como gerente en las minas de La Asunción y Santa Úrsula, en el Monte de San Nicolás, y acostumbrado a las tareas más rudas bajaba constantemente a los tiros junto con los trabajadores, lo que lo obligaba a permanecer días seguidos en su lugar de trabajo. En tanto su esposa doña Victoria se dedicaba a las labores del hogar, donde era auxiliada por dos ancianos mozos, Ignacio Saucedo y su esposa Nicolasa Segura, que vivían en el Callejón del Terremote.
La vida transcurría serena y llena de alegría para don Manuel y doña Victoria, quienes sin embargo no pudieron tener hijos, aunque en la Capilla de San Roque auxiliaban económicamente al capellán para que atendiera a la gente necesitada, especialmente a los niños a quienes profesaban un muy especial cariño. Era tanto el caudal que habían atesorado, que una parte la enviaban a sus parientes en España y otra la invertían en obras de caridad, y todavía disponían de un gran capital.
Sucedió sin embargo que por esos años comenzó a crecer el descontento popular que había iniciado desde 1777, cuando la Corona española a través del Visitador Gálvez impuso a Guanajuato un ignominioso impuesto como castigo por los desmanes que el pueblo había protagonizado para protestar por la expulsión de los jesuitas. La gente estaba harta de la actitud de sus gobernantes, que en esta ciudad encabezaba desde 1790 el Intendente Juan Antonio de Riaño y Bárcena.
Temerosos, muchos españoles comenzaron a tomar providencias ante una eventual revuelta que ya se presentía, y mientras algunos enviaban a España sus capitales, otros prefirieron guardarlos en sus casas. Entre estos estaban los esposos De Septién Soriano, quienes confiaban sin embargo en que la situación fuera debidamente controlada por las autoridades virreinales, y mientras don Manuel siguió en su responsabilidad como gerente de las minas en el Monte de San Nicolás, su mujer cuidaba la casa y escondía ahí los valores materiales de la familia.
Cuando el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, vino a Guanajuato en enero de 1810 para reunirse con el Intendente Riaño y con el obispo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, muchos de los españoles avecindados en la ciudad comenzaron a sospechar que algo grave se avizoraba, y las providencias para protegerse crecieron. Comenzó entonces don Manuel de Septién a construir en su casa una habitación oculta tras un falso muro para guardar allí sus caudales.
Finalmente explotó la chispa de la insurgencia en Dolores el 15 de septiembre de 1810 y pronto se extendió con el avance del ejército de Hidalgo; la alarma cundió en la Intendencia de Guanajuato. En una acción desesperada para frenar el descontento popular que estalló en la ciudad, el 26 de septiembre Riaño ordenó derogar aquel impuesto que desde hacía más de 30 años pagaba la gente como castigo por defender a los frailes de Compañía de Jesús injustamente expulsados, pero ni así pudo contener el enojo.
Al enterarse de la proximidad de los insurgentes a Guanajuato, don Manuel de Septién regresó rápidamente del Monte de San Nicolás a su casa en La Galarza donde se enteró que el Intendente Riaño había decidido atrincherarse en el recién inaugurado edificio de la Alhóndiga de Granaditas, y junto con él muchos españoles ahí también se refugiaron llevando sus caudales, en espera de que el ejército realista llegara para enfrentar a la chusma encabezada por el cura Hidalgo.
Don Manuel no confió en esta estrategia y decidió esconderse en su casa, donde ayudado por sus criados Nachito y Nicolasa metió en la habitación recién construida todo el dinero que guardaba, joyas y otros valores, así como una buena provisión de alimentos y agua que le permitirían sobrevivir por varios días. Finalmente ordenó a su mozo que tapiara ese cuarto para que no fuera descubierto, y que cuando pasara la amenaza de la revolución regresara a abrir el muro para que pudieran salir.
Ocurrió sin embargo que en la refriega de la batalla de la Alhóndiga y por estar la casa de los españoles De Septién Soriano muy cerca del lugar donde los insurgentes se enfrentaron a soldados realistas, el mozo Nachito y su esposa Nicolasa fueron sorprendidos cuando se dirigían a su casa en el Terremote, siendo alcanzados por la balas muriendo allí mismo, con lo que fueron de las primeras víctimas de la lucha insurgente en Guanajuato.
La cruenta batalla culminó con la toma de la Alhóndiga de Granaditas donde todos los que allí se refugiaban fueron masacrados, días después Miguel Hidalgo se fue de esta capital, luego llegó el jefe realista Félix María Calleja y su subalterno Manuel de Flon a vengar la muerte de los españoles, la ciudad quedó diezmada con la muerte de cientos de personas, inocentes y culpables, hasta que mucho tiempo después comenzó a pacificarse.
Mientras tanto don Manuel de Septién y su esposa Victoria quedaron encerrados en aquella habitación oculta de su casa en La Galarza, en espera de que sus fieles mozos fueran a rescatarlos, lo que sin embargo ya no sucedió. Terminó la revolución de Independencia, vino años después la consumación de la misma, y ya nadie más se acordó de aquella infeliz pareja, pues quienes la conocieron suponían que se había ido a España.
Muchos años después, ya en siglo XX, la casona aquella fue ocupada por otra familia, y luego por los años 50 fue habilitada como panificadora, con el nombre de “El Antiguo Vapor”. Fue entonces cuando los trabajadores que hacían remodelaciones para este negocio agujeraron un muro falso, y se toparon con una escena macabra en la habitación que descubrieron.
Reclinado sobre una mesa estaba el esqueleto de un hombre, apenas cubierto por una cobija ya muy raída, y cerca de él, en la cama, el cadáver descarnado de una mujer que ahí quedó recostada, con sus ropas ya prácticamente deshechas por la descomposición misma del cuerpo. Eran los dos jóvenes españoles que con tantas ilusiones habían llegado a Guanajuato a hacer fortuna, y que en un intento de salvarse quedaron atrapados en su mismo escondite.
Ahí mismo los albañiles que realizaban los trabajos de ampliación descubrieron ese cuadro y hallaron también gran cantidad de monedas de aquella época, así como joyas y otros enseres que los esposos habían metido al cuarto.
Sobra decir que los albañiles desaparecieron inmediatamente al igual que el tesoro que habían encontrado en la casona de La Galarza, y a quienes jamás se les volvió a ver en Guanajuato.