El Callejón del Condenado

Si deseas saber, amable lector, dónde se encuentra el Callejón del Condenado, sube por los Hospitales, llegas al Callejón de las Mulas y descubre que en una de esas casas sucedió tan trágico acontecimiento…
Hace muchos, muchos años, por el callejón de los Hospitales vivían dos viejecitas en compañía de un sobrino muy borracho, pendenciero y bastante holgazán. Él era muy querido por sus tías, cariños a los cuales él no correspondía.
Todas las noches, al llegar el sobrino a la casa insultaba a las ancianas porque el dinero que le daban ya no le alcanzaba para sostener su vicio. Ellas justificaban y perdonaban su proceder con la esperanza de que algún día se regenerara y volviera al buen camino.
Cierta noche el hombre aquel llegó perdido de borracho exigiéndoles dinero, pero ellas se lo negaron ya que no tenían. La reacción del borracho no se hizo esperar y las insultó y golpeó salvajemente… y después salió a la calle.
Y precisamente en el momento que el hombre salía de la casa se desencadenó en Guanajuato una fuerte lluvia acompañada de rayos; cualquiera hubiera pensado que se iba a acabar el mundo en ese momento. Los relámpagos iluminaban la desolada ciudad, la cual lucía triste y tenebrosa.
Las dos viejecitas temerosas de que aquello fuera un castigo venido del cielo, empezaron a rezar las oraciones que se invocan en las tempestades. En eso estaban cuando a la luz fulgurante de un relámpago advirtieron la figura de su sobrino en la puerta, que con voz cavernosa les dijo:
–Me acaban de matar en la cantina, y vengo a pedirles que me perdonen todo lo malo que he sido con ustedes, porque estoy condenado al fuego del infierno; y para que me crean, les dejo una prueba en la cabecera de mi cama… Recen mucho por mí, porque ya me voy…
…y aquella figura desapareció.
Las viejecitas asustadas y conmovidas por lo que habían visto y escuchado de su sobrino, y que no lo podían creer, se dirigieron a la recámara a buscar la prueba que les había dejado. Y a la débil claridad de un quinqué vieron asombradas y horrorizadas que una parte de la cabecera del catre de latón estaba fundida, como si la hubieran expuesto al fuego.
Comprendieron que su sobrino estaba condenado a las llamas del infierno, pues al tocar con sus manos la cabecera de la cama fue suficiente para que parte de ella se fundiera.
Esa noche fue angustiosa para las tías, pues la impresión de lo vivido no les permitió conciliar el sueño. Se imaginaban que su sobrino estaría padeciendo los peores sufrimientos, cuando aquí en el mundo ellas no lo querían ver sufrir.
Al alba del día siguiente fueron a comunicarle a su confesor para que dijera una misa por el alma del sobrino que a esas horas ya estaba achicharrado en los infiernos.
El sacerdote acompañó a las viejecitas a su casa, y al pasar a rociar el catre del condenado y pronunciar en latín algunas oraciones, examinó una parte de la cabecera de la cama mutilada, dando la impresión de que el metal se había derretido como lo hace la parafina expuesta al fuego, porque se veía que el latón había chorreado hasta el suelo.
Esto se comentó durante muchos años en la ciudad de Guanajuato para escarmiento de los hijos que son malos con sus padres.

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