Se le apareció Satanás al padre Lucio Marmolejo

Leyendas de Guanajuato

Esta plática señores, aclaró la gentil anfitriona, se refería acerca de un hecho insólito, que a veces se antoja cuento, leyenda o historia, según la versión popular. Los pueblos como los niños, son efectos a soltar la rienda a su imaginación, de tal manera que, al exponer un hecho real, lo adornan con fantasía, lo exageran, por un lado, lo modifican por otro, prestándole a la narración un tinte ameno, agradable y suave. En este aspecto se confunde su temperamento con el infantil; el alma de ambos se solaza y se nutre divagando aterciopeladamente por los reinos de la fantasía, a tal punto, que muchas veces no se sabe dónde empieza la realidad y dónde la leyenda.

La anécdota que vamos a narrar, o bien, la leyenda, según el ángulo desde el cual se le vea, se refiere a un auténtico personaje del siglo pasado, notable por su sapiencia y por las obras interesantes que dejó a la posteridad, una de las cuales, quizás la más importante, se titula Efemérides Guanajuatenses, y su autor es el presbítero don Lucio Marmolejo. Es tan conocida su obra y tan reconocidos sus méritos, que sería ocioso hablar de ello.

Nos reduciremos, pues, a dar a conocer un hecho inexplicable que le aconteció al señor Marmolejo, del que fueron testigos varios amigos y conocidos suyos, uno de ellos el presbítero licenciado Ramón Valle, quien nos proporciona elementos con que modelamos este suceso.

El señor Marmolejo, añade nuestro biógrafo, desde muy joven, se sintió arrastrado por una franca vocación sacerdotal, vocación que no se vio combatida por sus parientes, sino antes bien estimulada por ellos; de ahí su ingresó al Seminario de Morelia, Institución educativa que en aquel entonces era una de las más importantes en la República.

Es decir, ingresó a un templo del saber, donde se iluminó de conocimientos y acabó de madurar su carácter y fue tanta su dedicación durante el noviciado, que el obispo de aquella diócesis lo creyó digno de la tonsura clerical y de las cuatro órdenes menores.

Armando de tal modo, como un verdadero soldado de Cristo, se asoció con un grupo de jóvenes novicios que aspiraban al sublime ministerio del sacerdocio, y ardiendo de entusiasmo decidieron construir en la falda del cerro de San Miguel, una pequeña iglesia, cuya construcción no duró mucho, y pronto la pusieron al culto con todo lo necesario “copón, custodia, cálices de plata sobredoradas, magníficos ornamentos, cortados según la estatua de los oficiantes, elegante candilería, palio bordado, blandones, cristales, todo, en fin de gusto exquisito”

Pero no sólo la parte material del culto quedó terminada hasta el pormenor, sino que ese dinámico grupo organizó un coro con magníficas voces, acompañado de una no menos flamante orquesta; y lograron también interesar a uno de los más elocuentes predicadores, quien enardecía de fervor sagrado a los cientos de fieles, que no desaprovechaban la oportunidad de escuchar, en boca de él, el mensaje divino.

Y fue tanto el prestigio de la Iglesia, del coro, de la orquesta y de los inflamables sermones, que era constante observar en el templo a famosos y reverendos sacerdotes y a lo más distinguido de la población guanajuatense. Era de ver como ese grupo de jóvenes de los cuales dos o tres usaban oficialmente la sotana, asistía a las solemnes procesiones, al Hábeas y maitines, confundidos con la multitud. Es de aclarar que las procesiones eran características, muy de Guanajuato, pues recorrían las laderas de las montañas, ya durante el día o por la noche, cualquiera que fuese el tiempo.

Aquella muchedumbre integrada por hombres, mujeres y hasta por niños, llevando velas de cera en la mano, semejaba desde lejos un compacto ejército de luciérnagas. Era motivo de curiosidad, también. Ver a numerosos pequeños, vestidos con las ropas eclesiásticas, conducir bajo de palio ya alguna sonriente imagen de la Virgen María, o bien, la custodia de auténtica plata con la Sagrada Hostia, también de legítimo pan. Este tipo de festividades se celebra varias veces al año, distinguiéndose cada una de ellas por alguna cosa típica.

En Navidad, por ejemplo, los carros adornados; en la Asunción, el rosario de la aurora; en los días primeros de noviembre, por la noche, jamás faltaba la procesión de Nuestra Señora de Guadalupe, a quien por la mañana se le había dedicado una misa; un preste de quince años con sus diáconos de trece y su singular predicador de diecisiete. A veces iba acompañado de su tercia y en el Jubileo circular, jamás faltaban los nocturnos.

Pues bien, el cerebro iniciador de aquellas festividades, la mano dinámica que dirigía el fuego entusiasta que comunicaba a las organizaciones, era el joven Marmolejo, sin embargo, tanto fervor en realizar cosas sagradas, no fue obstáculo para que en algunas vocaciones de que disfruto y en ausencia del clero que volvió a Guanajuato, el joven Marmolejo prefirió a la sotana, el frac, y en vez del hábito, lució la cadena de un reloj; asimismo, a cambio del acanalado sombrero de la curia, usaba el sombrero de copa, y terminó por ingresar al Colegio del Estado, a estudiar la carrera de abogado.

Esto es, el señor Marmolejo simpatizador de las ideas liberales, a la manera como se lo permitía la Enciclopedia Quanta Cura y del Salvador Syllabus de Pío IX, se dio el gusto de pronunciar, en lugar de los sermones sagrados, encendidos discursos el 16 de septiembre, el 5 de mayo y aun en el aniversario de la Constitución de 57, en mérito a estas actividades se le confirió el empleo de tesorero municipal, que desempeño por muchos años.

Y allí en Guanajuato era frecuente verlo recorrer calle por calle y callejón por callejón, con el mismo interés que ponía en las actividades sagradas, velar por el bienestar público. Así transcurrieron varios años, hasta que, fermentada su vocación religiosa, decidió romper con los lazos mundanos, y reanudar la carrera del sacerdocio y recibir el subdiaconato. Con tal objeto ingresó a la casa de ejercicios, en el Mineral de Rayas, a una tanda que dirigía el señor Arciga, ilustrísimo obispo de Michoacán, en donde le aconteció un hecho extraño para él, y dudoso para muchos. Cuando don Lucio Marmolejo se refería a este suceso, agrega el presbítero Ramón Valle, a quien seguimos en esta narración, con gran ingenuidad y sencillez oculta frecuentemente la mano derecha a la espalda y hacía el signo de la cruz.

¿En qué había consistido ese inusitado acontecimiento, que pronto fue del dominio público? Cierto día, cuando la tarde terciaba su rebozo gris y el joven Lucio se hallaba recluido en su celda, le anunciaron que una persona insistía reiteradamente en entrevistarlo, y que no había valido las explicaciones de que se hallaba en período de ejercicios y que estaban prohibidas las visitas. Como para él el solicitante era un desconocido optó comunicárselo al Padre Arciga, quien lo dejó en libertad de decidir. Se negó entonces varias veces aduciendo serias excusas; pero el sujeto no desmayaba en su pretensión, alegando que tenía que comunicarle algo urgente, grave y secreto. Finalmente decidió recibirlo, aun cuando no existía para el caso un lugar apropiado por que todas las habitaciones y corredores se encontraban ocupados con ejercitantes y parientes de éstos. En tales circunstancias llevaron al desconocido al refectorio, en donde el joven Lucio se encontró con un hombre de edad madura, de barba negra y espesa, de mirar dominante, de encrespada cabellera, pero vestido de intachable manera, a la última moda y de finos modales. Lo observó el ejercitante detenidamente, y se percató que, no obstante haber llegado aquel hombre procedente de la ciudad de Guanajuato. Al Mineral de Rayas, el polvo del camino no le había ensuciado el elegante calzado, ni la ropa, ni el finísimo sombrero.

Diga usted, ¿en qué puedo serle útil? Disculpe usted la insistencia, respondió el desconocido; más lo que tengo que exponer a usted es importante, en mi concepto.

Y en vez de referirle el motivo personal de su visita, el extraño personaje, con elocuencia cautivante, empezó a hablarle de lo atractivo de un baile que se celebra esa noche en la ciudad, de las distinguidas y hermosas damas que asistirían y que quedaba invitado a aquel sarao; y le educía que, asistiendo al baile, no incurría en falta alguna a sus ejercicios. El joven, indignado, le manifestó que no era el momento oportuno de hablar de cosas mundanas; pero el interlocutor insistía:

El brillante talento de usted, su extraordinario dinamismo, su atrayente personalidad, son valiosos y dignos del aplauso público. Usted, además, puede lograr fácilmente enorme fortuna y ampliar sus vastos conocimientos, realizando viajes de provecho, conociendo el mundo entero. Por dinero no vacile usted.

No desprecie la riqueza y la gloria, agregó persuasivo. Como el joven Marmolejo no quiso despedir al intruso violentamente, considerando las palabras halagadoras y modales corteses de éste, optó por levantarse y extenderle la mano. El desconocido se la estrechó y se la retuvo fuertemente. El pánico se iba a apoderar del joven ejercitante. Cuando en ese momento entraron el celador y el portero a dar por terminada la visita. El misterioso visitante salió con rapidez vertiginosa y se perdió en uno de los ángulos del corredor, ante el asombro de los presentes. La noticia se propaló como reguero de pólvora, y a partir de entonces, afirmó el pueblo, que al joven Marmolejo le había visitado Satanás.

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