¡Crimen en la Parroquia!

¡Crimen en la Parroquia!

septiembre 28, 2018 Off By

Pese a su brevedad, la llamada “Etapa de la resistencia” fue una de las campañas más importantes de la Guerra de Independencia. Encabezada por Francisco Javier Mina en 1817, tuvo algunas escaramuzas en Guanajuato donde se destaca el incendio de la mina de La Valenciana el 24 de octubre de ese año.
En esa lucha por alcanzar la Independencia de México las fuerzas insurgentes demostraron gran valentía y arrojo guiadas por Mina y otros jefes insurgentes como Encarnación Díaz El Pachón. A Guanajuato llegaron la noche del 23 de octubre con unos 1,400 hombres penetrando por Positos y Galarza.
Sin embargo, luego de una fragorosa lucha en las inmediaciones del cementerio de la Parroquia, la calle de Alonso y el templo de San Diego, donde se venera al Señor de Burgos, hacia las 3 de la mañana del día 25 las fuerzas realistas comandadas por Francisco de Orrantia se alzaban con la victoria.
Mina y sus hombres se dispersaron y huyeron siendo perseguidos por el poderoso batallón de Orrantia, que en el rancho de “El Venadito” los alcanzó el día 27, aprehendió al cabecilla y dio muerte ahí mismo a otro valiente insurgente, don Pedro Moreno. Las tropas realistas habían obtenido un importante triunfo.
Y justamente en esta hazaña de la captura de Francisco Javier Mina destacaría un valiente soldado, José Ignacio Solórzano, que luego de combatir a los insurgentes en el ejército del jefe realista Francisco de Orrantia se quedó a radicar en Guanajuato, donde tres años más tarde sería protagonista de una gran tragedia.
Con grandes recomendaciones de su jefe, José Ignacio Solórzano fue acogido por el Intendente don Fernando Pérez Marañón, quien lo puso a las órdenes del comandante militar de la plaza, el español don Pedro Linares. Y pronto el soldado dio muestras de lealtad a la Corona y de gran valor en su desempeño.
José Ignacio era natural del pueblo de Pénjamo, y en la ciudad de Guanajuato se afincó por el rumbo del Callejón de Púquero, a donde más tarde llevaría a su esposa doña Micaela Gutiérrez tras contraer matrimonio en la Parroquia. Un año más tarde nacería una niña a quien pusieron el nombre de la mamá.
El matrimonio era muy feliz y tanto el soldado José Ignacio como su esposa Micaela se habían ganado el aprecio de la sociedad guanajuatense, pues además eran muy devotos de Nuestra Señora de Guanajuato y pertenecían a las cofradías que se habían formado en la ciudad para los festejos de la Santa Patrona.
Ocurrió sin embargo algo inesperado: en su paso diario hacia el Cuartel de San Pedro, José Ignacio pasaba por la Plazuela del Baratillo, donde en esa época había algunos burdeles y muchas cantinas. Y cierta noche que en una de ellas departía con amigos, conoció a una mujer muy guapa que frecuentaba esos lugares.
Juana María Pallares era su nombre y todos la apodaban La corre en pelo, pues decían que en algunas ocasiones salía por las noches ebria y completamente desnuda a correr por algunas calles. Nadie supo cómo, pero la mujer cautivó al respetado soldado, que al poco tiempo se fue a vivir con ella en una casita de El Hinojo.
Doña Micaela, la esposa, por su parte, optó por permanecer en su casa para evitar la vergüenza, y se recluyó por mucho tiempo acompañada solamente de su pequeña hija; solamente se les veía muy temprano los domingos, cuando acudía a la Parroquia a la misa de las seis de la mañana.
Y como era de esperarse, La corre en pelo muy pronto se aburrió de su nueva conquista y muchos la veían acudir de nueva cuenta a su lugar acostumbrado, la Plaza del Baratillo, donde aprovechaba las ausencias de José Ignacio para acompañar a otros hombres que acudían a las cantinas en busca de alcohol y placer.
Otro militar del mismo batallón al que pertenecía José Ignacio Solórzano cayó en las redes de La corre en pelo, y cuando ya creyó tenerlo convencido, la malévola mujer no tuvo empacho en hablar con el soldado a quien le dijo que ya no lo amaba más, y que se iría a vivir con otro hombre.
José Ignacio cayó en una crisis profunda ante esta situación, y todavía más cuando al querer regresar a su casa matrimonial, su esposa Micaela, que estaba aún muy dolida por la actitud de su marido no lo perdonó ni le permitió que regresara al hogar donde tanto dolor había causado.
Esto no impidió, sin embargo, que el soldado dejara de asistir a sus obligaciones como militar, donde siguió actuando con gran valor y entereza en todos los actos que su labor lo demandaba, tanto en la defensa del gobierno como en diferentes acontecimientos sociales en los que participaba el batallón.
Así llegó la mañana del jueves 28 de diciembre de 1820 cuando su jefe don Pedro Linares citó a sus soldados para que se presentaran muy temprano en la Parroquia para rendirle honores Nuestra Señora de Guanajuato como Generala que era. El batallón se presentó puntual y sus integrantes se formaron a los lados de la nave central.
Presidía la celebración el Cura Interino de Guanajuato, Sr. Lic. Manuel Cevallos, cuando de pronto entró al templo por la puerta que da al Truco Juana María Pallares, La corre en pelo. Se veía un tanto ebria, y como ocultándose para no ser vista, hizo alguna seña con las manos a uno de los soldados.
Fue entonces que José Ignacio no pudo soportar aquella escena, salió intempestivamente de la fila y sacó de su chaleco un puñal que clavó en el corazón a la casquivana mujer. Herida de muerte, Juana María dio unos pasos hacia afuera del templo, y trastabillando fue a caer justamente en la puerta de la escalera de la torre, donde expiró pocos momentos después.
La conmoción causada por tan terrible atentado fue extraordinaria, y aprovechándola el asesino huyó por el Callejón Puerco –hoy Callejón de la Estrella– sin que nadie por el momento pensara en perseguirlo, pero sin embargo pocos días después se logró su aprehensión, se le sometió a juicio y fue fusilado.
La iglesia matriz se cerró inmediatamente después del suceso por haber quedado violada con aquel crimen cometido dentro de su recinto, habiendo sido reconciliada el día 30 siguiente con las ceremonias del caso, antes de la misa sabatina que se acostumbra celebrar en honor de Nuestra Señora de Guanajuato.
No obstante el suceso se mantuvo vivo en la boca de los guanajuatenses por muchos años, especialmente porque el homicida era un hombre respetado en la sociedad, y muchos incluso estuvieron en contra de la sentencia pues alegaban los méritos que José Ignacio había acumulado en su carrera militar, que finalmente no fueron tomados en cuenta por la justicia.
Doña Micaela por su parte se fue de la ciudad, y dicen los que la conocieron que se refugió con su mamá en Irapuato, y que allá muchos años más tarde conoció a un buen hombre con el que finalmente se casó.