El callejón del Guisado

El callejón del Guisado

julio 30, 2018 Off By

Queridos lectores, quiero contarles una leyenda que me encontré en un libro muy muy viejo que no tiene nombre del autor pero muchos relatos y todos muy bonitos, y que pueden resultar un tanto fantasiosos, pero recordemos que la mayoría de las leyendas están salpicadas de eso, de fantasía, se trata de la leyenda del callejón del Guisado.

Era el año de 1870 y en la muy noble y leal ciudad de Santa Fe de Guanajuato existía una cerrada o callejón pequeño sin salida donde vivía una mujer muy hermosa, con una belleza que podría semejarse a la de una Virgen (con el debido respeto), y la cual tenía su vivienda humilde, pero muy limpia, al fondo de esa privada que se encuentra a mano derecha, en la entrada al callejón de la Alameda, subiendo por la Plazuela del Baratillo, donde únicamente había tres casitas.

Se trataba de doña Guillermina, mujer muy hacendosa y dedicada a su casa, como era soltera se mantenía de hacer unos guisados muy sabrosos y venderlos, por lo que se ganó la fama de buena cocinera.

Resulta que doña Guillermina, Minita para sus conocidos, tenía también fama de ser pedante y altanera, pues diariamente que salía a misa al templo de San José lo hacía sola, con la mirada altiva y no saludaba a nadie; a ella no le agradaba salir de su casa por mucho tiempo, pues como toda dama de sociedad, venida a menos, era desconfiada en exceso y solía bajar a misa muy temprano, a las seis de la mañana.

Aquellos que a esas horas de la mañana, y en general a cualquier hora del día, pasaban por el Baratillo y en especial por la Alameda, percibían de inmediato unos agradables olores a hierbas combinadas, que daban al olfato un aroma delicioso a comida; diariamente era diferente el olor de los guisos que hacía Minita, y quienes sabían, decían que nunca habían repetido el mismo olor, siempre eran diferentes, aunque la sazón era la misma.

Cierto día llegó a la casa de la famosa cocinera un viajero muy guapo y arrogante que pedía además de hospedaje, saborear los guisos que habían hecho ya famosa a doña Guillermina, quien de inmediato atendió a aquel personaje a cuerpo de rey, y como toda mujer, coqueta por naturaleza, de inmediato hizo una amistad muy bonita con el hombre, Armando era su nombre, quien a su vez se enamoró perdidamente de ella.

Así pasó el tiempo, y el amor de Minita y el viajero fue acrecentándose, pero como todos los amores duelen este no iba a ser la excepción, pues don Armando celaba a su amada en forma exagerada, al grado que ya no le permitió que siguiera haciendo sus guisos para vender a la gente; y ni las súplicas ni el llanto de su amada lo conmovieron y le prohibió terminantemente que siguiera cocinando para otros, pues debería hacerlo únicamente para él.

Un buen día don Armando desapareció y jamás volvió a saberse de él; comenzaron los díceres, unos opinaban que había abandonado a Minita por otra mujer, otros que no había soportado el olor de la comida que su amada cocinaba y la abandonó, otros más que lo habían asaltado y matado por los rumbos de Marfil y otros más aseguraban que el hombre estaba casado en otra ciudad y sólo se había venido a burlar de la pobre cocinera. Pero la realidad era que nadie sabía qué había pasado, el viajero se había perdido y nadie sabía nada de él, ni siquiera Minita que sufría grandemente y en silencio por su único amor.

A partir de entonces, Minita no volvió a guisar, pues era tanto su amor por Armando y le dolía exageradamente la ausencia de su amado que poco a poco se dejó morir de hambre, y como vivía sola, nadie se dio cuenta de lo que sucedía, únicamente les extrañó a los vecinos ya no verla diariamente ir a misa y no percibir ya aquellos exquisitos aromas de comida.

Muchos días después de haberse corrido la noticias de la ausencia de don Armando, el viajero enamorado, un chiquillo que casualmente pasaba por el callejón donde vivía doña Guillermina husmeando por ahí descubrió dentro de la casa el cuerpo de Minita tirado en el piso, extrañamente cubierto con flores blancas, y a su lado grandes trastes con diferentes guisos que despedían unos olores muy agradables.

De inmediato los vecinos acudieron a la casa donde estaba el cuerpo, y fue tanto el revuelo que causó la muerte inexplicable de Minita y el estado en que se le encontró que los vecinos llamaron a un sacerdote para que bendijera el lugar y el cuerpo de la hermosa mujer que ya empezaba a descomponerse.

El sacerdote hondamente consternado trató de encontrar una explicación a aquella muerte para calmar a los presentes. Les dijo que Minita había muerto de amor y de tristeza, pues ya no volvió a ver a su amor, y que por eso nunca más volvió a guisar, y que quizá el creador le había permitido tener una muerte digna, al menos rodeada de lo que tanto le había gustado en vida y que le había dado la facilidad de vivir desahogadamente: sus guisados.

Y desde entonces la cerrada donde vivía aquella enigmática mujer recibió por los vecinos el nombre de callejón del Guisado en honor a Minita, que gran parte de su vida se mantuvo de guisar… y muy rico.