El duelo de San Miguel

Ha sido la ciudad de Guanajuato a lo largo de su historia, pródiga en acontecimientos históricos y anécdotas que han trascendido hasta nuestros días. Y una de éstas últimas es aquella bautizada por el pueblo como El duelo de San Miguel, ocurrida el 29 de diciembre de 1852 a la vera de la añosa cruz que entonces se erguía en el Cerro de San Miguel, donde dos jóvenes pertenecientes a conocida familia guanajuateña se enfrentaron a balazos por el amor de una dama; uno murió y el otro se volvió loco.

Pero dejemos que sea don Manuel Leal quien nos narre esta historia, tal como la publicó en su libro Añoranzas y Panoramas Guanajuatenses, editado por don Alfonso Cué de la Fuente en el año de 1951, y cuyos textos originales nos fueron proporcionados por don Nacho Hernández.

Relata don Manuel Leal que interesado por este hecho y luego de acudir a muchas fuentes de información que le ayudaran a descubrir los pormenores del acontecimiento ocurrido en el Cerro de San Miguel, sin lograr mucho avance, tuvo cierto día durante una excursión al Cerro de San Miguel la suerte de conocer a una hermosa señorita, quien luego de una plática le confesó que ella era nieta de doña Luz Obregón, la protagonista de aquel drama, y quien le había revelado los detalles del mismo.

Era doña Luz Obregón una de las damas que más significaban en el Guanajuato de mediados del siglo XIX, tanto por su abolengo prócer como por sus virtudes y belleza. Su figura tan cautivadora había avasallado el corazón de su primo don Marcelino Rocha, el cual fue sintiendo hacía ella un gran amor, que de igual forma era correspondido por la dama.

A principios del año de 1852 la familia de don Marcelino recibió el anuncio de una visita inesperada, la de su primo don Manuel Rocha que residía desde hacía mucho tiempo en la ciudad de México. Era el visitante hombre de toscos modales y genio violento, y a poco tiempo de haberse instalado en la casa de los Rocha Iramátegui, se sintió espoleado por una pasión arrolladora hacia su común prima, la hermosa doña Luz.

No pasaron muchos días sin que Marcelino advirtiera el peligro y molesto insinuar de aquel intruso, que aunque no despertaba grandes inquietudes en su ciega confianza a la lealtad de su novia, si eran suficientes para enojar su sensibilidad de enamorado.

Con el paso del tiempo las cosas fueron subiendo de tono y las relaciones estirándose hasta que culminaron en una agria discusión entre los primos Marcelino y Manuel, que degeneró en el reto a duelo, aunque no dentro de las exigencias rituales que amparan este género de lances. De tal manera debe haber sido explosiva esta discusión, que determinó la acción inmediata, sin más testigos que Dios.

Salieron ambos duelistas convenientemente armados para disputar allá arriba el amor de doña Luz; su juventud vigorosa estimulada por la ira mutua les permitía subir con increíble velocidad las pinas callejuelas que conducen hasta el cerro de San Miguel, lugar que habían acordado para batirse, sin siquiera preocuparse en convocar a los consabidos padrinos que se estilan para casos similares.

Por fin llegaron los dos jóvenes a la explanada fatal, que sería el final de su éxodo y de la vida de alguno de ellos. ¿Qué pasó ahí? La conseja generalizada de que don Manuel Rocha asesinó a su primo Marcelino, se refiere que mientras ambos medían los pasos que había de distanciarlos para luego disparar, Manuel, poseído de pánico descargó su pistola sobre la espalda de su adversario; otros desmienten esta versión asegurando que el duelo fue legal y que Manuel Rocha venció en buena lid a su primo. El hecho es que sólo Dios y ellos supieron de aquel drama que culminó en una escena por demás patética.

Luego de abatir a Marcelino, el matador descendió con el cadáver a cuestas hasta depositarlo en la casa de su madre; y luego, enloquecido, fue pronto dado libre por advertir los jueces en él serias perturbaciones. Entonces se dio a vagar por las calles de la ciudad de Guanajuato todo desastrado, en lamentable abandono, con un Cristo en una mano y el sombrero en la otra.

Por su parte doña Luz Obregón, la inocente causa de aquella tragedia, logró calmar la perturbación que dejara en su alma aquel amor fatídico, con un feliz matrimonio en que se unió al señor Francisco Castañeda, uno de los caballeros más distinguidos y ricos de su época. Pero entre quienes la conocieron, había muchos que desconfiaban de su aparente paz interior, pues a menudo se le veía absorta en los ventanales del último piso de su casa (donde actualmente está el Casino de Guanajuato) avizorando larga y melancólicamente la explanada y cruz del Cerro de San Miguel.

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