El primer automóvil que circuló en Guanajuato

julio 19, 2016 0 By

J. Francisco González García

Corría el año de 1905, fecha que no olvidamos los cuevanenses, tras recordar esa desastrosa inundación que se registró en la ciudad, causando pánico y dolor entre sus habitantes, cuando por vez primera circuló en Guanajuato un automóvil, que por cierto tomó por sorpresa a algunas personas que caminaban tranquilamente por las apacible calles de la capital del estado, al grado que muchas de ellas saltaron de espanto luego de testificar tal acontecimiento, imaginándose lo peor.

Esto lo pude rescatar del archivo personal del señor José González Araiza y que tengo la fortuna de custodiar, donde además nos refiere que el primer automóvil que rodó en esta histórica ciudad, le perteneció a don Roberto Ramírez un excelente y bondadoso comerciante.

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Su establecimiento se localizaba en la esquina del callejón del Calvario y la calle de Sopeña, donde ofrecía artículos de la más variada y excelente calidad, incluso para que el lector pueda tener una idea más clara de su ubicación, debo señalar que la tienda se encontraba justamente en los bajos de la casa que en vida perteneció a la señorita Anita Fernández.

La tienda propiedad de don Roberto Ramírez, también llegó a ser conocida como la casa “Bocker” luego de relacionar este nombre germano con los crecidos labios de su propietario, pues todo parecía indicar que físicamente no era una persona muy agraciada por la vida, pero indudablemente se distinguió como un comerciante próspero y amable.

Pero regresando con la aparición del vehículo por las principales avenidas de Guanajuato y que muchas personas buenas e ingenuas se quedaron atónitas, pasmadas y otras más asustadas a más no poder después de contemplar un auto desplazarse sin la necesidad de la fuerza y tiraje de los caballos, como se acostumbraba en aquella época.

Claro el susto fue mayor todavía cuando se pudieron percatar que en el interior del automóvil, el primero en circular por la mágica ciudad, se destacaba la figura imponente de una persona que parecía surgir de otro mundo, de otras latitudes, ya que don Roberto conducía debidamente ataviado con un traje muy especial de algodón de color blanco, con una cachucha amplia por la que asomaban enormes antiparras que le daban semejanza con un marciano de los imaginarios por el Mago Mandrake.

Con esta descripción del conductor, caramba, creo que cualquier persona se espanta y correría despavorida como sucedió en el lejano 1905, es más el propio encargado de velar por el buen orden de la ciudad, al rendir su parte del día declaró lo siguiente: “….sin más novedad que vi pasar un coche sin caballos y con ruedas de pelota”.

El majestuoso auto que rodó por las pintorescas callejas guanajuatenses, propiedad del señor Roberto Ramírez, era realmente endeble, con ruedas de alambre como las bicicletas de color rojo con negro, pero eso sí con grandes farolas semejantes a las de los coches tirados por los caballos.

Para el año de 1920, Guanajuato contaba con más de veinte automóviles, claro la ciudad había progresado y su población se había incrementado notablemente, sin embargo era una cifra que impresionaba y además parecía exorbitante, pero mi estimado lector, al llegar a este nuevo milenio la ciudad ha crecido tanto y de manera totalmente desordenada, que su majestad el automóvil “se ha enseñoreado de la capital”.

El tránsito de automóviles ha venido a constituir un serio y grave problema en nuestra ciudad capital, surgida a mediados del siglo XVI programada para el paso de largas caravanas de mulas cargadas con metal o de jumentos de lenta andadura y es ahora verdaderamente insuficiente para descongestionar el atiborramiento de coches mayormente en los días de acentuada afluencia turística.

De verdad, el tránsito se ha convertido en un serio calvario para todos, esas largas filas de carros que marchan lentamente, el bloqueo de avenidas, la falta de estacionamientos, inclusive las pobres madres ponen el grito en el cielo y el Jesús en la boca al atravesar una calle con sus hijos asidos de las manos y luego esas páginas rojas de los periódicos que nos presentan a diario referencia de terroríficos accidentes.

También debo enfatizar que nuestra ciudad no está diseñada, ni programada, ni tampoco ordenada para recibir un aforo vehicular tan severo como el que se registra a diario y a todas horas, recordando que nuestras avenidas y banqueras están reducidas a su mínima expresión y si le agregamos la impertinencia y necedad del comercio ambulante de ocupar a toda costa parte de nuestros espacios, tenemos como resultado un alto índice de accidentes.

Por tal motivo, es menester instar a nuestras autoridades tanto estatales como municipales, para que pongan en marcha verdaderos proyectos que conduzcan a una solución a tan severo problema de tránsito vehicular y deberían además prohibir el estacionamiento de vehículos en la emblemática calle subterránea, sin duda le ayudaría a respirar un poco y a vivir unos años más, inclusive la calle luce bellísima sin los carros estacionados por toda la traza de la avenida.

Igualmente las oficinas que se localizan en las inmediaciones del Paseo de la Presa, urge que sean reubicadas en otro lugar, preferentemente fuera de la ciudad y que mejor sitio que las instalaciones que hoy ocupa el Parque Guanajuato Bicentenario, es un sitio ideal, amplio y bien comunicado, inclusive a las personas que vienen de otros municipios a trabajar, les quedaría mucho mejor y se ahorrarían tiempo y esfuerzo en llegar hasta el centro de nuestra ciudad capital.