El tormento de Cuauhtémoc

El tormento de Cuauhtémoc

octubre 30, 2018 Off By

Guanajuato cuyo marco encierra miles de anécdotas de sus preclaros hijos, no deja de recordar al licenciado Ciro Maldonado, hombre inteligente que se distinguió por su claro ingenio al ocupar varios puestos de significación dentro de la judicatura.
Hombre talentoso a todas luces, fue catedrático de la universidad, impartiendo sus conocimientos en varias materias, y según se oye referir por sus compañeros y alumnos, relatos que denotan su prurito por poner en su palabra la chispa de su cerebro, dando rápida contestación a las preguntas sin desperdiciar oportunidad de darles el sabor humorístico que se requiere para aquellos que piensan que estar triste es tiempo perdido en el paso por la vida.
Quizá al ver las cosas mundanas con la poca importancia que tienen se debía su alegría, muy propia al considerar que la felicidad no la da sino la despreocupación del que considera tenerlo todo y no tener nada, más que la conciencia de el deber cumplido.
En Granaditas, que por muchos años sirvió de penitenciaría del Estado, igualmente se ubicaba el juzgado penal y la Agencia del Ministerio Público, de la que Ciro era su titular.
Como las reiteradas aficiones de nuestro hombre eran empinar el codo, en cierta ocasión llamó el secretario de la Agencia pidiéndole llevara el acuerdo para firmarlo, pues no podía ocurrir a la oficina por encontrarse enfermo.
El secretario muy solícito y compungido por la enfermedad de su jefe, una vez que terminó de arreglar lo concerniente, cargó con los expedientes encaminando sus pasos por esas viejas callejas hasta la casa del requiriente, encontrándolo en sus recámara acostado y con los pies en alto vendados, por lo que no tardó una expresión de conmiseración del visitante quien exclamó:
–¿ Pero qué le pasa mi abogado?
–Nada, contestó Ciro.
Que me quemaron las patas como a Cuauhtémoc porque no quería decir dónde estaba la “quincena”.
Lo que sucedía es que habiendo sido entregado en la madrugada anterior a su señora y ante la imposibilidad de volverlo a sus medianos cabales, optó por meterle los pies en agua fría y por último en caliente con los resultados de que nuestro joven rey azteca, no fue el único en esta clase de tormentos, pues Ciro repetía.
–Ya ves, ya somos dos los héroes de la historia a quienes nos hacen lo mismo:
¡Apúntalo!