En tres ocasiones estuvo casi despoblado Guanajuato

Queda dicho que en el siglo XVIII nuestra ciudad llegó a tener ochenta mil habitantes y que, al final de esa centuria, subió a más de cien mil.

Lo anterior pone de manifiesto la enorme atracción que representó la fabulosa riqueza minera de este distrito. No hubo antes, por desgraciado que fuera, motivo alguno capaz de hacer que sus pobladores desistieran al empeño de vivir en la cañada y en sus riberas.

Casi veinte inundaciones destructoras se registraron, como la de 1760 que arrasó barrios enteros, sepultando no sólo infinidad de casas, sino hasta dos templos enteros, como queda ya asentado.

Pues bien, esa numerosa población apenas ahora se ha igualado y superado en muy poco. En cambio, si disminuyó en tres ocasiones a un extremo inconcebible.

La primera fue cuando la terrible peste del matlazahuatl, (matlazagua, tipo extantemático o eruptivo) que causó tantos estragos, que la población huyó, diezmándose notablemente el número de habitantes.

Pero antes, dos años antes, asistimos a una de las inundaciones más terribles que padeció Guanajuato. De este infausto hecho puede decirse que procede la circunstancia de que hablamos en otra de estas notas, de la ciudad sepultada.

Así fue en efecto, recordemos los días en que se urbanizaba el río de Guanajuato, las excavaciones que se hicieron frente al Jardín Reforma, dejaron a la vista la existencia de un nivel inferior al de la avenida Juárez, unas piezas enjarradas, con piso y ventanas, y un escudo tallado en cantera, con la fecha de ese siglo.

Viene ahora el motivo más pavoroso de todos, o sea la ciega venganza que el militar y gobernador español, Félix María Calleja del Rey, ejerció sobre la población indefensa.

Después de los sangrientos sucesos ocurridos en la toma de la Alhóndiga de Granaditas, corrió el rumbor de que, por orden de Calleja, se pasaría a cuchillo a todos los pobladores. El día 23 de noviembre se mandó tocar a degüello sin misericordia.

En este episodio es cuando se destaca la intervención del fraile dieguino, José María de Jesús Belaunzarán; impidiendo que don Miguel Flon, Conde de la Cadena, llevara a término la orden fatídica.

También por mandato del jefe realista, se colocaron de nuevo horcas en otros tantos sitios estratégicos de la ciudad, y otras más en minerales vecinos, con la idea de ejecutar a toda persona que se encontrara cerca de un cadáver español. Se comprenderá que Calleja quiso causar el más grande terror con el aparato de esas ejecuciones.

El día 27 por la noche murieron 18 individuos en la Plaza de la Paz, a la luz de unas cuantas teas de ocote con las que se alumbraban.

Al día siguiente fueron ahorcados frente a Granaditas, don Casimiro Chowell, administrador de la mina de Valenciana, el teniente coronel Ramón Fabié y el mayor del mismo cuerpo, don Ignacio Ayala, cuñado de Chowell, junto con cinco personas más. Se dice que Chowell y los otros dos militares habían levantado un pequeño regimiento. Como consecuencia de estos hechos funestos, la población huyó a otros lugares, quedando reducida por entonces a unas cuantas decenas de gentes. Puede afirmarse, pues que la ciudad quedó desierta.