La cueva encantada

La cueva encantada

junio 18, 2018 Off By

Hace muchos pero muchos años a un niño llamado Luis que vivía en Calderones le sucedió algo increíble.

Una mañana se fue él con su hermano mayor y su padre a Guanajuato para comerciar productos. Salieron de madrugada de Calderones para llegar temprano al tianguis. Cuando iban pasando por un lugar donde se encuentra la cueva vieja (donde antiguamente se celebraba la fiesta a San Ignacio el 31 de julio), al niño le dieron ganas de ir al baño. Para no retrasar a los demás, les dijo que en un rato los alcanzaría. Se metió a la cueva para hacer sus necesidades. Cuando Luis ya se disponía a salir de la cueva para alcanzar a su padre y a su hermano, escuchó unas voces que salían del interior de la cueva, y por curiosidad se metió a ver quién andaba adentro. Eran dos muchachas muy bonitas que le dijeron que iban a darle un regalo. Aunque Luis conocía esa cueva, ya que antes la había explorado junto con su hermano y un primo de nombre Manuel, le causó mucha sorpresa ver túneles bien trazados, que no había visto antes. Siguió a las jovencitas a través de uno de aquellos túneles hasta que llegaron a una ciudad reluciente con luz natural, y eso que estaba en el interior de la tierra. Las chicas le dieron a Luis un recorrido por la ciudad y le dijeron que podía llevarse una cosa que quisiera, pero sólo una. Había comida, joyas, monedas de oro y muchos otros objetos desconocidos para él. Como desconocía el valor del oro o de las joyas, en cierto momento agarró un collar de obsidiana y rubíes para llevárselo de regalo a su mamá.

Después de varias horas de andar disfrutando de aquella ciudad maravillosa y de conocer a gente muy amable, Luis se acordó que tenía que alcanzar a su papá y a su hermano en Guanajuato.

Se lo dijo a sus anfitrionas, quienes lo acompañaron a la salida de la cueva. Antes de entrar al túnel Luis vio un platón lleno de frutas. Sin pensarlo, agarró un racimo de uvas para el camino.

Así, Luis y las chicas llegaron casi en la salida, donde ellas se despidieron de su huésped y él les agradeció de todo corazón por sus atenciones. El sol brillaba con intensidad y Luis pensó que tendría que irse corriendo para llegar a Guanajuato. Las jovencitas se metieron a la cueva y el túnel se cerró hasta quedar como siempre había estado: en pared de roca viva. Cuando estaba a punto de salir de la cueva, Luis sintió hambre y sacó el racimo de uvas de su bolsillo para comérselas.

Al dar el primer mordisco, se escuchó como una explosión y de pronto se hizo de noche. Luis sintió mucho miedo y no quiso salir de la cueva, pensando que vendría una tormenta. Esperó y esperó hasta que le ganó el sueño, sabiendo que al amanecer se iría a su casa en Calderones y anticipando una fuerte regañada de su papá.

Con el primer rayo de sol Luis despertó y se fue corriendo a Calderones. Al llegar, se llevó la sorpresa de su vida: el pueblo era más grande y se veía distinto.

Su casa estaba casi en ruinas, la de sus abuelos, abandonada. Preguntó a la gente por sus familiares y todos le dijeron que nadie con esos nombres vivía por el rumbo.

Para su fortuna, un anciano lo reconoció; era su primo Manuel, que a pesar de ser casi de la misma edad que Luis, él había envejecido mientras que Luis seguía siendo un jovencito.

Don Manuel se mostró muy sorprendido de verlo y le preguntó dónde había estado tanto tiempo, pues todos pensaron que o había muerto o se lo habían robado. Luis le platicó de su singular aventura en la cueva y del fantástico pueblo en su interior.

Don Manuel conocía la cueva y la leyenda y supuso que lo que su primo le había contado era verdad, pues Luis seguía viéndose como un niño a pesar de los muchos años transcurridos.

Así fue la extraña historia de Luis, quien creció y estuvo viviendo con su primo Manuel varios años hasta que éste murió. Como en Calderones todos los tachaban de loco por contar una historia fantástica de una ciudad en el fondo de la tierra y de hermosas princesas, Luis decidió irse de allá y jamás se volvió a saber de él.