La muerte de una mujer infiel dio el nombre a la mina de “La Aparecida”

La muerte de una mujer infiel dio el nombre a la mina de “La Aparecida”

septiembre 22, 2018 Off By

Aún entre los viejos mineros está fresco el recuerdo del espíritu de la mujer que por las noches se aparece en la mina abandonada conocida como La Aparecida, ubicada a las faldas del cerro de La Crucita, lugar de donde, por cierto, se puede observar parte del Distrito Minero que era integrado por las minas de Rayas, San Vicente, La Garrapata y Promontorio, que en la época de la Colonia fueron de las más ricas e importantes de la Nueva España.

Los viejos recuerdan que sus papás les comentaban que sus abuelos les platicaron del trágico final que tuvo una joven mujer que fue descubierta por su esposo en brazos de otro hombre. En venganza, el marido ofendido tomó a la traicionera, se la llevó al cerro, y al pie de la mina señalada la mató a varejonazos para lavar su honor.

Consumada su venganza, el marido engañado tomó en sus brazos el cuerpo sin vida de la infiel y lo arrojó al tiro de la mina. Dicen que ante la muerte violenta que tuvo, y el hecho de no poder reposar en un camposanto, por las noches el espíritu de la infiel se aparecía en el lugar donde fue asesinada, de ahí que a la mina donde fue arrojado su cuerpo se le haya puesto el nombre de La Aparecida.

La presencia de esta alma en pena tenía muy aterrados a los mineros que trabajaban en La Garrapata y Promontorio, pues nada más caía la noche, era común ver el fantasma de la mujer caminando de un lado a otro. Incluso, algunos arrieros y otras personas que fueron sorprendidos por las noches cerca de La Aparecida, juran también haberla visto aquella aparición sobrenatural.

Ante esto, ni el más templado se animaba a aventurarse por este lugar por miedo de encontrarse con La Aparecida, quien, se dice, regresaba del mundo de los muertos para pedirle perdón a su esposo y buscar la ayuda que le permitiera que sus restos pudieran descansar en un cementerio.

Pese a que ya han pasado varios siglos de este hecho, la historia se mantiene vigente, y son pocas las personas que en su sano juicio se atreven a caminar en la noche en las cercanías de este lugar, por temor a encontrarse con el fantasma de la mujer que por entregarse a los brazos de otro hombre, perdió la vida.

Un lugar misterioso

Algunos viejos lugareños que tienen casas o terrenos en las cercanías del lugar, comentan que La Aparecida junto con su esposo vivió en el poblado que hace varios siglos existió en este lugar.

La pareja vivía muy feliz gracias a la bonaza minera que caracterizó a la ciudad de Guanajuato.

El marido trabajaba como minero, mientras su mujer se dedicaba a las labores del hogar. Todo trascurría normalmente, pero de pronto llegó al pueblo un hombre que terminó por enamorar a la dama, y ambos aprovechaban que el esposo se iba de noche a la mina, para ellos darle rienda suelta a su amor prohibido.

Pasó el tiempo y confiados en que no fueran descubiertos, los infieles siguieron viéndose por las noches siempre que podían, pero nunca repararon que su suerte podría cambiar y quedar al descubierto la infamia que estaban cometiendo.

Finalmente llegó el día fatal; como de costumbre el esposo se despidió de su amada mujer y se encaminó rumbo a su trabajo sin imaginar en que el destino le tenía preparado una amarga pasada. Por alguna razón, no se sabe a ciencia cierta cuál fue, el esposo regresó a su hogar antes de lo previsto, y al ingresar a lo que consideraba su recinto sagrado, se encontró a su amada en brazos de un desconocido.

Como pudo, el marido se contuvo y aparentemente perdonó a los infieles, sin embargo, dentro de su ser sentía que el corazón se le desgarraba tras la traición de que había sido objeto, aunque logró controlar sus impulsos.

El tiempo pasó, y como una muestra de que lo sucedido ya era cosa del pasado, el esposo engañado invitó a su cónyuge a realizar un paseo por el campo. Era domingo, día en que las familias solían disfrutar de un día de paseo.

A la mujer nunca le pasó por la cabeza que su fin estaba cerca. Su cónyuge la guió hasta la boca de la mina La Aparecida, y después de tomar una rama de un árbol, con ella la mató a puros varejonazos.

Una vez saciada su sed de venganza el hombre tomó el ensangrentado cuerpo de su amada y la arrojó por la boca de la mina, para después desaparecer y dejar detrás de sí el recuerdo de la traición de que había sido objeto de parte de su mujer.

Nadie se hubiera dado cuenta de lo sucedido, de no haber sido por la aparición que comenzó a darse en este lugar, que ponía los pelos de puntos los hombres que laboraban en las minas de La Garrapata y Promontorio, los que debían pasar por este lugar con el fin de llegar a su centro de trabajo.

A la mina de La Aparecida se puede llegar por el camino que conduce a La Crucita o por el río de La Garrapata ubicado a un costado de la Carretera Panorámica en las inmediaciones de la mina de Rayas.

Como mudo testigo de la riqueza que minera que se vivió en este sitio, aún quedan de pie varias bardas, levantadas de piedra, donde se dice, se ubicaba el malacate que servía para sacar el mineral.

Metros antes de llegar a la boca del rito, se encuentra la mitad de una piedra, tipo caldero, en donde los lugareños aseguran se realizaba la fundición del mineral, en su mayoría oro y plata que era extraído.

En este lugar se puede respirar un aire de misterio y de gran nostalgia por los tiempos de bonanza que ya se fueron y que jamás volverán, ante el desplome que la otrora boyante industria minera ha tenido.

En su época de abundancia, La Aparecida, aparte de lucir edificaciones imponentes, contaba con verdes y bellos jardines que estaban tapizados con diversos tipos de flores. De esto, hoy en día ya nada queda, producto del olvido que reina desde hace ya muchos, pero muchos años atrás.


Flanqueada por los cerros Colorado y La Crucita, la mina de La Aparecida formó parte del Distrito Minero conformado también por las minas de Rayas, San Vicente, Garrapata, Promontorio y Cata, que allá por los siglos XVIII y XIX representaron un papel determinante para que Guanajuato ocupara el primer lugar en la extracción de plata, sobre la entidad de Zacatecas que por mucho tiempo se mantuvo a la cabeza en este rubro. Tal abundancia provocó que en los alrededores de estas minas naciera y creciera un pueblo que en su momento fue habitado por cientos o tal vez miles de personas, que llegaron atraídas por la fiebre de la plata y el oro, metales que en aquél entonces prácticamente se encontraban a plena vista. En la actualidad como testigos de aquella riqueza sólo quedan pedazos de gruesos muros de piedra que reflejan la opulencia que en su momento gozaron sus propietarios. Entre las ruinas más significativas están, sin duda alguna, los restos de la iglesia donde se veneraba a San Juan Bautista, única en su honor en la localidad. Este templo su ubicó muy cerca de la mina de San Vicente, pero con el trazo y construcción de la Carretera Panorámica prácticamente desapareció y de su existencia sólo queda las ruinas con algunos muros de pie, donde al parecer estaba uno de sus altares. Un poco más abajo, siguiendo el camino que conduce al río conocido como El Socavón, también se pueden observar ruinas de lo que asemeja fue una gran hacienda de beneficio en donde se fundía el mineral que era extraído de las entrañas de la tierra. Pese a que los años y la naturaleza no perdona, parte de las fincas en donde una vez reinó la riqueza y abundancia han perdurado como legado de lo que la ciudad de Guanajuato fue como uno de los principales bastiones mineros que tuvo la corona española. Desgraciadamente, además del tiempo, el olvido ha sido determinante para que de esta historia que influyó en lo que es hoy en día Guanajuato capital, se mantenga perdida en la nada.