La otra leyenda del Callejón del Beso

Una de las leyendas más atractivas y que ha sido relatada de mil maneras distintas es sin duda alguna la de un callejón existente en la colonial ciudad de Guanajuato, es una callejuela tan estrecha que únicamente permite el paso de una persona, pues mide escasos 60 centímetros de anchura.

Se cuenta que a principios del siglo pasado –época de gloriosas gestas románticas cuando los caballeros se liaban en duelos sangrientos y con las puntas de sus toledanos aceros, borraban las injurias hechas a su honor o a su dama– existió un bizarro caballero, hijo de acaudalada familia, o al menos así lo parecía en su forma de derrochar el dinero, las viejas beatas se santiguaban al verlo pasar, pues se rumoraba que tenía pacto con solón, pero, la verdad, era que no tenía rival en el manejo de la espada, sino que lo dijesen los alguaciles o los enterradores del lugar, pues el héroe de nuestro relato había enviado a reposar para siempre a algunos maridos y padres ofendidos que osaron desafiarlo, dicho sea de paso, que no había mujer a quien no supiera seducir, ya fuera la esposa de algún  encumbrado caballero, o a la hija de un humilde minero.

La polvorienta y desvencijada diligencia procedente de México ha llegado, de ella descienden los viajeros, algunos entran aún cubiertos de polvo del camino a la taberna para tomar sendos vasos de reconfortable vinillo español, algunos otros ayudados por mozos de cuerda, toman pausadamente el serpenteado camino de sus casas, entre estos, notamos a una familia formada por un hombre de edad madura de semblante duro y mirada enérgica, antiguo capitán de dragones que habiendo perdido una pierna en un combate, había sido retirado del servicio, su esposa dama bellísima de rancio abolengo y su hija angelical creatura de escasos 18 años, de tez apiñonada y fina como las sedas orientales que llegaban de Acapulco en la Nao China, cuerpo venusiano, cuyas bellas y armoniosas formas se adivinaban esplendorosas bajo los encajes y sedas del elegante traje, ojos claros como los que seguramente inspiraron a Gutiérrez de Cetina, boca breve de labios delgados y rojos como los granates con que se adornaba su cabellera rubia, en fin, era bellísima.

Se notaba gran agitación en la casa de los nobles, los palafreneros preparaban los corceles y pulían los metales de las lujosas carretillas, las doncellas daban los últimos toques a los faustosos trajes de sus señoras.

El señor Intendente, Juan Antonio de Riaño y Bárcenas, daba una fiesta en su residencia. Los salones de la casas Intendencial se encontraban resplandecientes infinidad de bellas damas ricamente ataviadas, caballeros con el pelo cubierto de polvo de plata y oro, arrancados de las entrañas de la tierra, mezclado con la tierra y el sudor de los mineros guanajuatenses, se disponían a gozar de la fiesta, entre los invitados se encontraban el antiguo capitán y su familia ya conocidos nuestros que se hallaban charlando animadamente, de pronto, la orquesta dejó escuchar las primeras notas, se formaron las parejas, el baile empezaba, un apuesto caballero se acercó hasta el grupo formado por la familia del capitán y con exquisita cortesía solicitó le fuera permitir bailar con su bella hija, dado el consentimiento paterno, la nueva pareja se unió al riente torbellino de sedas y crinolinas.

El galán que como ya lo habrá adivinado el lector, era el joven caballero de quien nos ocupamos en la primera parte de nuestro relato, al momento empezó a hacerle la corte a la bella dama –a quien consideró una nueva y fácil aventura amorosa– con tanta elocuencia y bellas palabras que la doncella jamás había escuchado, consintió conceder a su galanteadora una entrevista aunque fuese a hurtadillas, al día siguiente por la noche.

Se llegó la hora de la cita, la luna se paseaba por el cielo acompañada de su séquito de estrellas y tan sólo cubierto por las gasa hecha de girones de las nubes y puntual a su palabra, nuestro héroe llegó hasta la reja de la bella que esperaba… y siguieron las entrevistas hasta que el padre de la dama a cuyos oídos había llegado ya la fama del caballero, se dio cuenta que éste y su hija se veían por las noches, encolerizado mandó llamar a su hija a la cual reprendió  duramente y amenazó con mandarla a un convento si seguía con esa relación y le ordenó se recluyese en una habitación situada en la parte más alta de la casa prohibiéndole estrictamente salir de ella, la joven obedeció a su padre y llorando amargamente se dispuso a cumplir su castigo.

Noche a noche llegaba hasta el lugar de las citas el caballero embozado en su capa dragona, pero la bella no acudía a ellas, él empezaba a sentir un cambio muy grande en su modo de pensar, quería regenerarse, ser bueno y hasta había pensado en contraer matrimonio con la bella dama de sus sueños, pues estaba enamorado, por primera vez en su vida una pasión noble y pura inundaba su espíritu haciéndole ver cuán mal había obrado, pero estaba arrepentido.

Pasaban los días, su pasión se exacerbaba con el tiempo, accidentalmente escuchó cuando un criado de la casa de su amada platicaba a una persona cómo el airado padre había castigado a la doncella, al escuchar esto, en su mente solo cupo la idea de libertar a su amada de tan injusto castigo, miles de proyectos vinieron a su imaginación, pero los rechazaba por irrealizables, pero de pronto, una sonrisa iluminó su taciturno semblante, había tenido una magnífica idea, compraría la casa que quedaba puntualmente frente a la de su amada, la calle era estrecha… y él la estrecharía más, mandaría levantar al frente de la casa lo más adelante posible, haría que las ventanas de ambos coincidieran y así podría tener la dicha de hablar de nuevo con su amada.

Puso manos a la obra, compró la finca, contrató albañiles y en unos cuantos días quedó concluida la obra, gran extrañeza causó en el vecindario la nueva construcción, pues la calle en ese punto, había quedado reducida a un pasaje que apenas permitía el paso de una sola persona, por la noche trémulo de emoción llegó con las debidas precauciones a su nueva morada, y estando en la ventana, con voz baja llamó a su amada, ésta al escuchar su voz, creyó estar soñando, pero no, no podía ser un sueño, se incorporó del lecho, atravesó la estancia entreabrió las pesadas hojas de madera tallada y un raudal de luz diáfano y puro le dio de lleno en el bello rostro y en las vaporosas vestiduras, haciéndola aparecer como una Anfitrite, cubierta tan solo de espumas y de luces.

Y se vieron los dos amantes jubilosos, trataron de echarse uno en brazos del otro, pero la fría e inconmovible reja de hierro forjado se los impidió, a lo lejos se escuchaba los tétricos aullidos de los canes, parecía que en la atmosfera se respiraba un aire de tragedia.

En el piso bajo, el padre de la doncella arrepentido estaba de haber castigado a su hija de tan dura manera y pensando en perdonarla subía penosamente las escaleras, llegó a la alcoba de la cautiva, abrió la puerta de recios maderos que lanzó un profundo y lastimoso quejido, en ese preciso instante el enamorado caballero, besaba apasionadamente la fina mano de su dama, al ver esa escena el padre de ésta, montó en cólera y desenvainando su filosa daga, y con furia inaudita y sin pensar lo que hacía, la hundió en el níveo pecho de su hija que cayó sin exhalar una queja, solamente el albo camisón quedó marcado con una mancha roja que a semejanza de ramo de amapola en botón que se fueren abriendo, creció y se desbordó hasta formar un charco que reflejaba siniestramente la luz de la luna, apenas llevó a cabo tan atroz crimen, enloquecido, sacó su pistola y de certero balazo mató al amante de su hija, que aún no se daba cuenta exacta de lo ocurrido.

La luz del nuevo día alumbró con sus dorados rayos el escenario de tan espeluznante crimen, un hombre de cabeza completamente cana, con la mirada perdida en el vacío reía sin cesar abrazando el cadáver ensangrentado de su hija.

Y dice la tradición, que por la media noche, si algún viandante se aventura a pasar por el callejón del Beso, seguro que escuchará un leve rumor de besos, y verá en lo alto de las casas colindantes dos lenguas de fuego que se entrelazan formando una sola que se eleva y se pierde en las alturas. Se dice que son las almas de los amantes que por fin se encuentran juntos.

Maestro Alfredo Pérez Bolde

 




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