Las almas en pena

Leyendas de provincia

“Se alquila un fantasma” era un letrero que había en una antigua casona de Celaya, en donde se cuenta que ocurrieron cosas extraordinarias, al grado que toda la gente decía que espantaban y una persona con gran sentido del humor puso el rótulo en la puerta de la casa.

En la calle Hidalgo existe una casona muy antigua, de la que según dijo el señor don Rómulo Martínez fue construida hace más de un siglo, y que por mucho tiempo fue dedicada a hospital (actualmente es una escuela).

En ese nosocomio, como es natural, fallecieron muchísimas personas. Algunas verdaderos santos y otras, gente de mal vivir, o renegados contumaces que blasfemaron hasta el último minuto de su existencia.

Quizá por eso se bordaron varias historias en ese lugar; se decía que “almas en pena” pululaban por toda la residencia y que éstas se aparecían de distintas maneras, en forma de niño, mujer y hombre, así como en diferentes sitios de esa morada.

Se cuenta que en ese hospital se desarrollaron varias historias. Fue el lugar más ocupado durante la época de las batallas de Celaya, ahí se recibieron muchos heridos y fallecieron infinidad de personas. Durante la inundación de la ciudad en 1912, también fue el sitio en donde depositaban a los difuntos para después, sepultarlos. Pero lo que ese lugar es testigo mudo de infinidad de tragedias, así como de incalculable número de muertes.

Según la leyenda, siendo superiora del hospital la reverenda madre Ugolina, se suscitaron cosas extrañas, las que comentaban las religiosas, al grado que solamente cumplían sus tareas en parejas por el miedo de encontrarse con un fantasma.

En la tarde, ya empezando a pardear, las religiosas se reunían en el oratorio en donde una de ellas leía alguna vida de un santo y luego rezaban el rosario, para enseguida merendar y continuar con las labores que se les tenía asignadas.

En una ocasión la madre Ugolina, muy “espichadita” salió del oratorio y se dirigía al baño. Ella nunca había sentido el menor temor, y reprendía a sus hermanas que hablaban de muertos y aparecidos en el hospital. Jamás había visto ni oído nada y no solo le parecía que eran tonterías cuando hablaban de animas en pena, sino que llegó a decir que eran vulgaridades y entre ellas, que eran personas bien, no cabían esas tonterías y decía “Hay que temerle a los vivos, no a los muertos”.

Pero en aquella ocasión, le ocurrió algo sobrenatural que la hizo cambiar de modo de pensar y ella misma pedía a alguna de sus compañeras que la acompañara cuando ya se venían las sombras de la noche.

El ala derecha del hospital se acondicionó para las habitaciones de las religiosas, y se había hecho un baño privado para el servicio solo de las madres. Sor Ugolina, iba rezando, como siempre en los pasillos, cuando de pronto vio a un joven que caminaba ayudado por muletas y que se dirigía al retrete. La madre le gritó que no podía entrar ahí porque era exclusivo para las religiosas, pero el muchacho, sin hacer ningún caso, seguía caminado escuchándose perfectamente el ruido de las muletas cuando iba avanzando hasta el baño. La superiora aceleró el paso y al entrar se dio cuenta que no había nadie, solamente se seguía escuchado el ruido que las muletas hacen cuando las utiliza un inválido. La madre, tratando de ser valiente, quiso cerciorarse de lo que era, pero al no ver a nadie y cesar el ruido de las muletas, quedó petrificada, no podía dar paso ni gritar, sentía un escalofrío que le recorría el cuerpo y de pronto no solo pudo andar, sino que salió despavorida de aquel lugar, llegando en tres patadas junto a sus compañeras que no se habían percatado de su ausencia.

Asustada les platicó lo ocurrido dándoles las señas de como era el joven que había visto. Una de ellas, con gran sorpresa le dijo que ese chamaco como de 15 años había fallecido en sus brazos, hacía tres o cuatro meses en el hospital, enchinándosele el cuerpo a la superiora como carne de gallina al escuchar el relato de la madre. Desde ese día ella misma pedía a una hermana la acompañara cuando iba a algún lado de noche, ya que desde entonces, el ruido de las muletas cerca del baño se escuchó todas las noches por mucho tiempo; primero las religiosas pasaban menudos sustos, pero después se acostumbraron al grado que no supieron cuando se dejó de oír aquel extraño ruido.

Según dice la fábula muchas cosas raras pasaron en el hospital. Contaban las religiosas, los médicos y las enfermeras que con frecuencia les cambiaban las cosas de lugar, que veían cómo se movían los objetos, se escuchaban ruidos de cadenas el algunas habitaciones y en el jardín se venían niños que jugaban o lloraban.

La madre Evangelina, una religiosa muy nerviosa, tuvo varias experiencias. Contaba que estando un día en el oratorio, escuchó tres golpes en la azotea y armándose de valor subió acompañada de una de las hermanas para investigar de donde salían aquellos ruidos, pero su sorpresa fue grande al ver una figura de mujer que llevaba una túnica que corría por la azotea y llegando al pretil, desaparecía. La pobre madre al ver aquella figura sobrenatural, corrió asustada seguida de su compañera, la que al verla pálida como pambazo crudo, comenzó a dar de alaridos pensando que la religiosa se moría. Tropezando, bajaron por las escaleras y de tres zancadas llegaron a la capilla en donde todavía jadeantes se sentaron en una banca sin saber si rezar, llorar o reír de los nervios.

A la hora de la merienda platicaron, tanto a la superiora como a las demás hermanas lo que les había ocurrido, y aunque ya estaban acostumbradas a que les pasaran cosas extrañas, pensaron que lo único que podían hacer era pedirle a Dios que las viera con ojos de piedad para no vivir en constante zozobra.

El señor Martínez contaba que todavía en la década de los ochenta, las inquietas almas en pena que pululaban en los pasillos, cuartos y jardines del hospital, sigue visitando a los moradores de ese lugar, que corresponde a lo que fue el oratorio, cuartos y parte del jardín del antiguo edificio del hospital y se siguen suscitando cosas extrañas en ese sitio, las que le platican las personas que actualmente lo habitan y quienes han dado fe de las cosas inexplicables que pasan en esa edificación. Esta es una de las leyendas que se contaban en el siglo pasado y las que todavía se platican como hechos raros que suceden en las casas antiguas de Celaya y que al conocerlas los bromistas, con gran sentido del humor, recuerdan estos sucesos y se atreven a poner un letrero afuera de la escuela que dice “se alquila un fantasma”