Una noche de Difuntos en la ciudad mártir

Estamos en el mes de noviembre de 1817. Es noche de difuntos en la ciudad mártir de Guanajuato. Las campanas de la Parroquia, la Compañía y San Diego doblan quejumbrosas llamando al rosario de las ánimas, cuyo tañido se antoja una imploración para remediar la angustiosa situación que viven los habitantes.

La opulenta población que fuera emporio de trabajo y de riqueza por la enorme bonanza de sus minas, sufre los rigores de la guerra de Independencia, al extremo de que cien mil hombres se reducen a seis mil porque los demás han huido ante el espectro de la guerra y la muerte, pues Calleja la ha amenazado con arrasarla y salarla como hiciera con la heroica Zitácuaro; dando la impresión de una ciudad fantasma, silenciosa y enlutada por tanto drama que ha ocurrido en ella, pues contadas son la personas que discurren por sus callejones y plazuelas invadidas por la yerba y los nopales, como sucede en la Plaza Mayor donde la vegetación ha crecido en forma desusada.

Al llegar la noche, el silencio y la soledad se enseñorean de todos los sitios y cuando alguien se aventura a transitar por las callejuelas, sus pasos resuenan lúgubres y medrosos, semejando su silueta un alma en pena que provoca el aullido lastimero de los perros vagabundos.

Los faroleros enciende las mechas de aceite de los hornacinas del Truco, Pósitos, Sopeña, Alonso, Los mandamientos, Las Animas, Sangre de Cristo y Deserrados. Su luz macilenta hace más tétrico y sombrío el aspecto de las calles.

Cuando cesa el tañido de las campanas, comienza el lamento agorero de un búho posado en la torre de la Compañía, haciendo más pavorosas las horas de la noche.

A lo lejos se oye el ¡”Alerta!” del centinela del Cuartel del Príncipe, y poco después se percibe la lucecilla  amarillenta de un farol que alumbra los contornos del guardián que hace sus recorrido pregonando el paso de las horas llenas de sobresaltos y peligros.

Los fieles al salir de los templos, después del rezo, se encamina presurosos a sus casas, temiendo un encuentro desagradable con algún aparecido del otro mundo, o el ataque inesperado de las guerrillas insurgentes que comandan “El Giro”, “Los Pachones”, Benito Loya y Lucas Flores que se han posesionado del Bajío.

Guanajuato sufre los horrores de la guerra, porque es teatro de tragedias sangrientas y de episodios heroicos, donde se lucha por el futuro de la Patria.

Las venerables cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez, permanecen encerradas en jaulas de hierro suspendidas en lo alto de las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, presentando un espectáculo conmovedor y doloroso.

El viento de la noche mece y agita las augustas caballeras de esos mártires venerables, como banderas que ondean al impulso del soplo de la libertad que proclamaron en Dolores y que ahora un grupo de guerrilleros la sostienen en las vastas planicies abajeñas y en las montañas del sur.

Se exhibe todavía en uno de los muros del vencido reducto lleno de cicatrices, el edicto macabro de Calleja, escrito por el intendente Fernando Pérez Marañón, el día que fueron colocadas en las cuatro esquinas de Granaditas las cabezas de los Libertadores y que a la letra dice:

“Las cabezas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez, insignes facinerosos y primeros caudillos de la revolución, que saquearon y robaron los bienes del culto de Dios y de Real Erario; derramaron con la mayor atrocidad la inocente sangre de sacerdotes fieles y magistrados justos, fueron causa de todos los desastres, desgracias y calamidades que experimentamos y que afligen y deploran los habitantes todos de esta parte tan integrante de la Nación Española.

Aquí clavadas por orden del Sr. Brigadier D. Félix María Calleja del rey, ilustre Vencedor de Aculco, Guanajuato y Calderón, y restaurador de la paz en esta América. Fernando Pérez Marañón Intendente de Guanajuato 14de octubre de 1811”.

El interior de la Alhóndiga de Granaditas infunde horror, pues quienes se aventuran a pasar en la noche por allí cerca, han escuchado los mismos lamentos, las mismas imprecaciones y gritos como hace siete años, durante el asalto y toma de ese edificio.

En los corredores, en los muros y escalinatas, las huellas de la sangre ennegrecida evocan la vivencia de la tragedia allí vivida.

El espacio que ocupó la puerta incendiada por el “Pípila” está al descubierto todavía, el dintel y los marcos de cantera conservan las señales del fuego y del humo de aquella epopeya. Las cornisas y las paredes exteriores ostentan las enormes cicatrices que la tormenta de piedras insurgentes produjo, como signo de lucha, de muerte y de victoria.

La casa que fue del Intendente Juan Antonio Riaño y Bárcena, está deshabitada y silenciosa. La ensombrece el dolor… Cuéntase que por las noches la sombra de don Antonio deambula embozada en una capa dragona.

En la Plaza Mayor y en las plazuelas de San Roque, San Fernando, Mexiamora, San Juan y la Alhóndiga, sigue destacando sus siniestras figuras las horcas instaladas por orden de Calleja, en las que fueron sacrificadas gentes inermes y honorables. Las conservan en esos sitios para darle mayor drama a Guanajuato.

Hay muchos hogares enlutados y llenos de lágrimas, como el de Casimiro Chowell, el de Francisco Gómez, Ramón Favié, Rafael Dávalos, Ramón Ayala, quienes murieron en el cadalso en aras de la libertad de México.

Fernando Pérez Marañón, Intendente nombrado por el virrey, por recomendación de Calleja, rige los destinos de Guanajuato. Su autoridad es insuficiente para contener las constantes incursiones de los guerrilleros insurgentes que asedian la ciudad.

Han muerto sacrificados muchos de los jefes que sostenían con bravura la lucha en el Bajío y en las montañas.

No hace un mes todavía que Francisco Javier Mina, el español que vino a pelear contra España, atacó a Guanajuato a las tres de la madrugada. Menudo susto recibieron las fuerzas realistas a esa hora  al saber quién los combatía, por lo que tuvieron que salir en calzoncillos a enfrentarse contra los atacantes. Si los independientes hubieran traído suficientes  municiones, los defensores habrían huido.

Los muertos y heridos fueron motivo de un nuevo episodio de sangre en la población, llenándola de zozobra y de espanto.

El tiro general de la mina de Valenciana fue incendiado por Encarnación Ortiz “El Pachón”, al retirarse los insurgentes de Guanajuato, motivando una gran alarma.

Por todo eso, las calles de la enlutada ciudad están llenas de trincheras, y en esa noche de difuntos dan la impresión de ser una ciudad que está bajo el dominio de la muerte, llena de silencio, de sombras y de horror.

En uno de los edificios de la Plaza Mayor se advierte que hay luz. Es la casa del delegado del Santo Oficio de la Inquisición, en donde por sus ventanas del segundo piso se asoma el pálido reflejo de algunos blandones que alumbran débilmente la sala donde se enjuicia y se atormenta a los reos. Son las once de la noche, la hora propicia para ejecutar sentencias, a fin de que los alaridos de las víctimas al turbar el silencio hagan más tenebrosas y horribles las horas de la noche.

Quienes están delante de ese tribunal son don Mariano Herrera y Gorráez y su hermana Manuela, propietarios del rancho “El Venadito”, en la jurisdicción de León. Se les ha llevado hasta allí porque fueron aprehendidos en esa finca juntamente con Javier Mina y Pedro Moreno “El degollado”.

Los dos presos han sido víctimas de horrorosas venganzas, doña Manuela ha sufrido humillaciones y bajezas de la soldadesca. Varias veces su cuerpo ha sido flagelado golpes de espada hasta hacerle manar sangre. Otras ocasiones la han bajado a la cárcel de Silao, casi desnuda y encadenada, y todo porque son simpatizadores y protectores de los insurgentes y ahora se les conmina a que declaren lo siguiente:

“Qué destino se les dio a los trescientos mil pesos robados a Juan de Moncada, Conde de Jaral de Berrio, porque según se sabe, esa plata fue enviada a Valle de Santiago y escondida en la casa de Rita Roa, la novia de Mina.

Que digan el rumbo que tomaron Encarnación Ortiz “El Pachón”, José María Liceaga y Manuel Borja, después del asalto y toma de “El Venadito”, y por último se les hace saber que, si continúan brindando ayuda a los insurgentes, serán condenados a muerte o a prisión perpetua en España, como se ha hecho con los jefes principales de la revolución, además, ya se dio la orden para confiscar esa finca de campo que es refugio y guarida de excomulgados”.

Los reos guardan silencio hermético y desafiante. De allí son conducidos a la cárcel, para ser entregados después al comandante militar de Irapuato.

Pasada la media noche, se escucha el ruido misterioso de un tropel de caballos, el chocar de aceros y rodar de cañones, esperándose por momentos oírse el  fuego de la fusilería.

Quienes percibieron esa clase de estruendos a esa hora decían que esos ruidos se oían cada año a la misma hora, producidos por el espíritu de Manuel Flon, Conde de la Cadena, quien en el mes de noviembre de 1810 mató con lujo de crueldad a mucha gente inocente y después regresaba su sombra para deambular por las calles de Guanajuato, para expiar sus crímenes pues exterminaba vidas por gusto  con un ferocidad inaudita.

Era concuño del Intendente Riaño, y a eso se debió que su ferocidad fuera más cruel y refinada para asesinar al pueblo. En la batalla del Puente de Calderón fue muerto a balazos, a pedradas y por último alanceado.

Y desde entonces cada año en el mes de noviembre viene a penar a Guanajuato, haciendo un estruendo espantoso en las calles por donde pasó en vida, pretendiendo degollar a vecinos pacíficos y honorables.

Después, aparece por la calle de los Pósitos un grupo de soldados realistas conduciendo en sus hombros el cuerpo ensangrentado y agonizante del Intendente Riaño, que lo llevan rumbo a su casa, pero en lo más obscuro del trayecto se esfuman las siluetas de esa macabra aparición, quedando solamente el aullido lastimero de los perros y el canto agorero del búho en la torre de la Compañía, anunciando nuevas tragedias para la ciudad prócer y mártir.

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