Las tragedias que le dieron nombre al Callejón de la Cabecita

La mayoría de los guanajuatenses conocemos los nombres de muchos de nuestros callejones, pero igualmente ignoramos la razón por la cual fueron aplicados a nuestras típicas rúas. Es el caso del Callejón de la Cabecita, en pleno centro histórico, y sobre el minúsculo apelativo con el que fue bautizada algunos tienen una versión y otros narran una diferente. Aquí les presentamos tres de estas historias, la primera de la autoría de Alfonso Prado Soto en su libro Guanajuato: callejones, calles, plazas y plazuelas.

Dice nuestro apreciado literato que el Callejón de la Cabecita, que une a la Plazuela del Baratillo con la de Mexiamora, debe su nombre a que allá por el año de 1730, y en acatamiento a drásticas órdenes de la Alcaldía de la entonces Villa de Guanajuato, fue colocada en un garfio, pendiendo de la esquina de esta vía, la cabeza de un feroz atracador de caminos llamado Miguel de Ojeda, miembro de una gavilla de bandoleros que se decían “Los Celayenos” y que tenían atemorizada a la comarca.

La lúgubre testa, adornada con alargada lengua, estuvo expuesta en el ángulo de la céntrica calleja durante mucho tiempo, quesque “para escarmiento de los maleantes” según se oía en los pregones que a grito pelado lanzaba por toda la metrópoli un indio ladino.

Es de suponerse que el tal maleante no era de cerebro muy bien desarrollado que digamos, dadas sus pecaminosas inclinaciones a la pillería, y de ahí que su cabeza era de pequeñas proporciones, por eso la gente decía que era “una cabecita” misma que, con el tiempo, se fue achicando todavía más sin rubor alguno ni arrepentimiento terrenal.

Los pobladores a raíz de este espeluznante acontecimiento, ya para significar en algún colegial su nulo cacumen, decían que “¡Es tan mala cabeza como la de Ojeda!”, en alusión directa al bellaco y pecaminoso proceder del salteador.

Y los vecinos, no ignorantes del tremebundo suceso justiciero, amén de santiguarse al paso de la esquina callejera, muy a lo lejos y a somormujo aseguran que por ahí se perciben linguales ruidos que semejan obscenas palabrotas, y por supuesto que las atribuyen al mentado Ojeda cuya cabeza por allí estuvo en exhibición.

Hay al respecto otras dos versiones que les contamos a continuación, y que provienen de las páginas del libro “Prodigios y Maravillas de Guanajuato”. Una de ellas la vamos a exponer de manera breve a partir de los datos consignados por el imprescindible Agustín Lanuza, cuya referencia es obligada para cualquier lector curioso.

El año de 1764 a los jesuitas avecindados en la Nueva España se les hundió el mundo, pues por razones que no viene al caso mencionar, la Corona Española decidió ponerlos de patitas en la calle, o sea, los expulsó de estos territorios. A consecuencia de esta ejecución, en la Villa de Guanajuato de veras se armó la gorda y hubo revueltas de diverso signo. Insuflado de indignación, echando pestes a diestra y siniestra, arrojando sapos y culebras por su boca golosa, el pequeño Virrey envió a un Visitador de su confianza para que tirara de la rienda a los guanajuatíes revoltosos.

Y como era otro césar de su siglo, el visitador vino, vio y venció, o lo que es lo mismo: consultó con las fuerzas vivas sobre la situación y decidió pasar a cuchillo –degollar, pues– a la población enardecida. Pero entre la muchedumbre más de uno le peló los dientes a los carniceros gachupines hasta donde el mecate lo permitió.

Fue el caso de Juan Cipriano, un valiente y robusto minero partidario de los jesuitas, que puso en palabra y obra a su expulsión. Y como tanto va el cántaro al agua y la resistencia tiene su límite, a Cipriano lo aprehendieron en el Callejón del Sol, y al caer la tarde, sin mayor trámite lo sometieron a un juicio sumario y, con un sable de buen temple y mejor filo, le cortaron su bella cabeza; para escarmiento de los necios la susodicha cabeza la expusieron a la mitad del trayecto en un callejoncito que parte de la Plazuela del Baratillo y que para entonces no estaba todavía bautizado.Flores y veladoras, retablos y crucifijos acompañaron por muchos días la testa de este joven mártir, a la que se empezó a atribuir un posible poder milagresco. De ahí que los fieles se refirieran al lugar con respeto y devoción y llamarían al callejón como de La Cabecita.

Pero sumemos otra leyenda a este racimo de relatos legendarios: En una casa de suntuosos acabados, propia de una capital próspera –y de inequitativa riqueza– como ha sido Guanajuato, vivía don Diego, a quien para no ofender como cualquier hijo de vecino apellidaremos Pérez. Así pues, don Diego Pérez era un español venido, como muchos otros aventureros, de la Madre Patria –que de tal modo denominaban entre ellos a España–.

Pasado cierto tiempo, este hombre de carácter jovial, gracias a su enjundia, tesón y brío había conseguido amasar una de las fortunas más sobresalientes de la Villa. Generoso como dicen que era, un día, con la mayor confianza brindó hospedaje a un joven paisano de su misma región, sin saber que abría las puertas de su casa a la desventura. Un oscuro llamado de la sangre tramaba a su paso una tragedia.

El nombre de este nuevo aventurero era don Bernabé, un mozalbete de maneras toscas y de rústico comportamiento. Reservado y de pocas palabras, su principal propósito al desembarcar en la Nueva España era encontrar a su padre, quien hacía tres o cuatro lustros había abandonado a la familia. En esa ardua búsqueda por tierras mexicanas, armado de un viejo e inservible pistolete y de una impresionante daga, había hecho del hurto y del saqueo su modus operandi, como dicen los doctos. A resultas de esa pícara y peliaguda manera de viajar, el simpático Bernabé dio un día con la Villa de Guanajuato, obviamente sin un ochavo en sus bolsillos.

A su pesar logró colocarse, en calidad de rescatador de metales, en la mina de Rayas, oficio que no cumplió cabalmente porque era haragán y encima pendenciero, a más de ineficiente, motivos sobrados para que le dieran su patada en el trasero. No se sabe bien a bien la circunstancia, pero de buenas a primeras Bernabé apareció instalado en el caserón de don Diego Pérez.

Ganada la confianza del anfitrión, con gestos de acomedimiento y con argucias bien calculadas, Bernabé comenzó a intimar con don Diego, a pesar de la instancia en las edades. Una plática sobre todas las cosas que los unía era el terruño querido en la Madre Patria. En esos vericuetos de las confesiones emotivas, el viejo español reveló que años atrás había abandonado a una mujer con dos hijos varones de su sangre. Desde entonces, le dijo, no sabía nada de ellos. Por los detalles de las descripciones, Bernabé supuso, sin la menor duda, que ese sujeto era nada menos que su desconsiderado progenitor.

Hemos de aclarar que a pesar de la crudeza de aquella confesión, el presunto hijo de don Diego Pérez logró contener su iracundo arrebato; solamente crispó los puños bajo la mesa, tensó la mandíbula y cortó sin aparente motivo la plática. Recluido en su cuarto, como típico león enjaulado, Bernabé no hacía sino fraguar las delicias de su venganza, para compensar en algo las penurias padecidas. Mientras iba de un lado a otro, con la daga desenfundada lanzaba furiosos tajos en el aire. Pasada esa madrugada de turbia cavilación y torturante insomnio, decidió que en cuanto le fuera posible tomaría del caudal de don Diego lo que pudiera obtener, para resarcir la pobreza y el desamparo de tantos años. Ya con la fortuna en sus manos, sin más, se echaría al camino nuevamente.

Aquel día, cabe anotarlo como dato especial, sucedieron cosas extrañas en la Villa de Guanajuato: la beata más beata del templo de Belén enmudeció a la mitad del aleluya, el badajo de la campana principal de la Basílica se desprendió al tocar maitines, y en la mina de Rayas ocurrió una explosión no calculada.

Así pues, cuando don Diego y su familia fueron a tomar el fresco en las orillas de la ciudad, Bernabé, con su adiestrado olfato por las monedas, halló con facilidad el arcón de la fortuna. Roto el aldabón, llenó sacos y talegos con monedas de plata y oro, collares, pendientes, medallones y no sabemos cuánto más. Comenzó entonces a trasladar su botín al traspatio donde tenía enjaezados un caballo y una mula para consumar su ilícito. En ese frenético ir y venir no escuchó o no pudo escuchar los atónitos pasos del español que, después de darse cuenta del saqueo de sus bienes, fue al encuentro apresurado de ladrón. Pero al descubrir que Bernabé mismo era el saqueador, don Diego pasó del espasmo a la cólera, y sin mediar consideraciones se abalanzó sobre el pillo. Entre reclamos, gritos y forcejeos, la fuerza del joven fue imperando. Don Diego Pérez conoció por fin el motivo de la conducta de su presunto hijo, cuando la vida lo abandonaba por cada una de las heridas que la daga de Bernabé, ya no contra el aire, le había ocasionado.

Y sin embargo no terminó ahí ese cruento episodio. La tragedia llegó a más cuando la esposa y las dos hijas intervinieron. Queremos excusarnos, probo lector, en beneficio del pudor, de reseñar pormenores de este funesto desenlace. Sólo diremos que el sacrificio de estas cuatro vidas no impidió que Bernabé pusiera pies en polvorosa con todo y botín.

Hubo tal indignación entre los guanajuatenses que no tardaron en organizarse para ir en persecución del asesino. Como Bernabé no conocía los caminos ni los atajos de esta región, no demoró la justicia en emboscarlo. Días después fue enjuiciado, condenado a muerte –aquellos tiempos en que la justicia se impartía con diligencia–, y su cadáver expuesto a la vejación. Dice la leyenda que a alguien se le ocurrió, por aquello de que todo perro vuelve a su vómito, decapitar el cuerpo de Bernabé cuya testa fue colocada en una escarpia a la entrada del callejón, cerca de la casa en que se cometió el crimen.

Esta macabra exposición dio pie para que la gente comenzara a referirse a esta vía, no sin antes persignarse, con el nombre de La Cabecita, nombre que persiste hasta nuestros días, en pleno siglo XXI.

 




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