El muerto que cumplió su palabra

Dice la conseja que muy cerca de la ciudad vivió una enfermera y partera ejemplar, que conocía su oficio mejor que nadie, además de que lo practicaba con notable amor. Aún en los casos más difíciles, no dejaba de tener la esperanza de encontrar un mejor modo para ayudar.

En cierta ocasión, fue llamada con apremio para visitar a una pobre señora, esposa de un minero, quien estaba a punto de dar a luz. La gente del pueblo acudía de preferencia a sus servicios, porque sabía plenamente que doña Romanita, como cariñosamente la llamaban, había hecho de su profesión un verdadero sacerdocio, acudiendo solícita a donde la llamaran, sin parar, y sin importarle que la solicitaran personas que no podían pagar sus servicios.

Así sucedió en esta ocasión, llegó doña Romana festiva, alentadora a donde sabía no iba a obtener pago y mientras ejercía sus funciones, a las que llegó con afortunada exactitud, en la pieza contigua, el pobre marido padecía una agonía de incertidumbre y temores. Su lámpara de carburo iluminaba un añejo grabado que representaba a Nuestra Señora de Guanajuato. A ella prodigaba sus oraciones empapadas de lágrimas.

Al fin se abrió la puerta limítrofe y apareció risueña la cara de la enfermera.

–¡Ya no se preocupe! –dijo la piadosa mujer–, todo salió bien, usted es papá de otro futuro minero.

Rebosante de gozo, el minero le dijo a la partera:

–Señora, hoy me ha dado usted una esposa y un hijo, aunque esto con nada se paga, dígame a cuánto ascienden sus honorarios.

La enfermera se quedó pensativa, luego dijo con penuria.

–Para usted son cincuenta, descontando unas inyecciones y algunas otras cosas que traje.

El pobre hombre palideció, sacó una cartera que guardaba en los bolsillos del peto del overol, la despojó de una liga roja que la sujetaba, sacando un puñadito de billetes.

–¿Señorita admite usted que le pague sólo la mitad? Necesito guardar alguna reserva para lo que venga.

–Señor, no me pague usted por ahora, ya lo hará cuando sus circunstancias se lo permitan.

Pero el minero se obstinó en hacer aceptar a la enfermera veinticinco pesos, pues discutió que así quedaría más desahogado. De la pieza contigua salió el llanto de un niño. La virgen clavada en la ollinosa pared parecía sonreírles.

Pasó algún tiempo, doña Romana incitada por el intenso ajetreo propio de su oficio, llegó a olvidar el caso del minero y mucho más el de la deuda contraída, pero una mañana le sorprendió el pregón de un papelero:

–En un derrumbe ocurrido en la mina del pingüino quedó muerto el humilde minero Jesús Balandrán.

En la memoria de la enfermera revivió la escena en que se habían conocido. Oró fervorosamente por la salvación de aquel buen hombre, ofreciendo desde el fondo de su corazón perdonar el adeudo pendiente. No obstante, algo ocurrió que vino a frustrar su generoso ofrecimiento.

En la madrugada siguiente oyó que llamaban a su puerta. Ella creyó que en las nieblas del sueño había sufrido una alucinación y continuó dormida, pero a la mañana siguiente se repitió el caso haciendo más intenso el golpeteo de la puerta, supuso doña Romana que sería uno de tantos avisos relacionados con su oficio, acostumbrada a que tales llamadas no tenían hora fija.

Se puso una bata y bajó a recibir al solicitante. Vino a su memoria un rumor que había conmovido a la ciudad por aquellos días, y que hablaba de asaltos, secuestros y otros delitos. Temerosa de ser víctima de algún pérfido, abrió, precautoriamente una mirilla o puertecita que había en una de las hojas y preguntó:

–¿En qué puedo servirle?

La voz de afuera le contestó.

–No tema señorita, sólo vengo a traerle un encargo.

–¡Aquella voz…! –dijo entre murmullos y queriendo adivinar la mujer.

Inconscientemente abrió y quedó muda de la impresión, ya que ante sus ojos se encontraba aquel trabajador recién muerto en la mina. Estaba pálido como la nieve, pero llevaba consigo una mirada de agradecimiento.

Ella sintió que se le helaba la sangre en las venas, que todo giraba en torno suyo y víctima de un fuerte vahído cayó sin sentido. El desvanecimiento fue breve. Y en una mesilla vecina la cantidad de veinticinco pesos, pues el muerto había regresado de ultratumba sólo para saldar la deuda que tenía pendiente.