El día que un energúmeno tomó la ciudad de Guanajuato

Infinito es el número de los animales fabulosos o reales, que han traspuesto los dinteles de la fama hasta convertirse en personajes históricos o en símbolos heroicos. Bien sabido es que un caballo fue la causa de que Darío El Grande fuera rey de Persia.

En la historia de ese país es famosa la perra que amamantó a Cyro, como en Roma fue la loba que sirvió de nodriza a Rómulo y Remo. No hay que olvidar tampoco a los gansos del Capitolio, que con su oportuno graznar impidieron que la ciudad eterna fuera sorprendida por el enemigo galo; ni la cierva de Clodoveo; ni el toro salvaje que lidió y venció Pepino el Breve, y que le dio gran fama e hizo cesar el menosprecio con que se le miraba en razón de su parva estatura. El famoso jabalí de Caledonia, enviado por Diana para castigo de los impíos, que fue al fin muerto por Meleagro. Nuestra águila nacional, que dio origen a la fundación de Tenoxtitlán; el áspid de Cleopatra, el perro de Ulises, único en reconocerlo después de su largo viaje; el león de Androcles, el Bucéfalo de Alejandro, el Babieca del Cid, el Rocinante del Quijote, la Yata de Thiers, el Intáctus de Calígula, el león de Amílcar, el

lobo del Condestable de Montmorency, el oso del Duque de Vandome. Cualquiera de ellos queda muy por abajo del Palomo de mi historia, que consumó el caso inaudito de tomar una ciudad. No se crea que en este caso la palabra Historia substituye a la palabra Cuento. El hecho que voy a referir es tan verídico como que yo lo presencié, y aún existen personas que fueron testigos o víctimas de sus desmanes.

El escenario de 1915 a 1916, marca una de las etapas más características de nuestra historia en México; esas dos fechas cierran un paréntesis semejante a una caja de Pandora. De allí salieron escenas de un clarooscuro goyesco, es decir, síntesis de horror y truculencia, la fugitiva y larga estridencia de los trenes militares, sugerentes de tragedias, ululantes y despavoridos como una “llorona” legendaria. Sonoros cantos de guerra y sones de guitarra. Teorías interminables de postes telegráficos sosteniendo el triste péndulo humano. El hábito al dolor, la indiferencia al fusilamiento, la familiaridad con la muerte, el drama como escenario nacional sincronizado por el tableteo de las ametralladoras. Bravías canciones: La Adelita, La Valentina, cántos bárbaros que encendían la excitación de la gente como lo hiciera un vaso de tequila bravío.

En Guanajuato se sucedían con tan truculenta frecuencia las asonadas y tumultos, que sería prolijo relatarlas y difícil recordarlas. Raro era el día en que no nos despertaran el vocinglero repique y las fanfarrias que anunciaban el advenimiento de algún caudillo que entraba por las buenas, o bien lo hacía el inquietante tiroteo, seguido de los inherentes desmanes de las hordas que acaudillaba cualquier saltador que entraba por las malas. Hago este ineludible preámbulo para que el lector pueda comprender debidamente el pánico de la población guanajuatense a tarde del 6 de julio de 1915.

 

En esa fecha cundió la versión de que las tropas villistas se aproximaban con ánimos de tomar a Guanajuato, noticia que infiltró gran alarma entre la gente, pues aún nos consternaba estremeciéndonos de horror el recuerdo de los recientes atropellos y crueldades a que nos sometió el monstruoso Teniente Coronel Manuel Rubí, Presidente Municipal villista, cuyo cavernario gobierno se había desarrollado a la sombra de un terrorismo troglodita.

Serían las cuatro de la tarde de ese día cuando comenzaron a escucharse repetidas detonaciones. En el acto se notó un pavoroso silencio; esa expectante calma que pesa sobre las ciudades en los momentos que preceden al combate. Sólo se escuchaba de vez en cuando el golpeteo apresurado de las puertas y ventanas que cerraban los pacíficos y azorados vecinos. Las detonaciones se repetían locamente, y un salvaje clamor de cuya confusión destacaba un alarido helaba la sangre.

Dos días llevábamos sin guarnición, pues las fuerzas carrancistas que resguardaban la ciudad la habían evacuado dos días antes. Con las fuerzas militares salieron también las civiles, careciéndose en absoluto de todo principio de autoridad, llegando nuestro desamparo hasta vernos privados de policía urbana, situación fue ésta en la que se notó la moral respetuosa del pueblo guanajuatense, que pudiendo aprovecharse del estado inerme de la ciudad, dio ejemplo de honradez, absteniéndose de cometer desorden alguno.

Tenía yo entonces esa edad en la que se es ferviente devoto de las audacias y de la curiosidad. Burlando la vigilancia de mis padres, salí de mi casa y fui a buscar el motivo de aquel escándalo endemoniado.

Grande fue mi sorpresa cuando noté que el desorden lo originaba un hombre solo. Era un sujeto de catadura innoble, deplorable indumentaria y terrible lujo de cananas. Manejaba un máusser y cabalgaba una mula rosilla, jumento que tenía menos aspecto de animalidad que su rudo jinete.

He dicho que aquel hombre iba solo y he dicho mal, pues lo acompañaba un energúmeno con faldas que parecía mujer, y que era la mejor expresión de la furia, una chichimeca de imponderable fealdad. A medida que avanzaban se les iba agregando un populacho agresivo y canalla. Cuando los encontré tomaban el Castillo de Granaditas, que otrora fuera cuna de libertades y ahora incubadora de criminales. El héroe de la jornada, que era el palomo de mi relato, dio libertad a la prisión que lo tomó por caudillo, aumentando con sus alaridos el terror de la triste comitiva.

Al llegar al Callejón de Zapateros (hoy del Estudiante) me disgregué del escandaloso grupo, por temor que me descubrieran en mi casa, a donde regresé en el acto. Después supe que una cuadra más allá el hombre de a caballo disparó sobre la señora Eulalia Fernández de Cortés, tía del que luego fuera gobernador del Estado Sr. Enrique Fernández Martínez, hiriéndola en una mano. A continuación saqueó la Presidencia Municipal, de donde substrajo la cantidad de $10,000.00.

Hirió también a un viejo servidor del Colegio del Estado, cuyo nombre era Diego y a quien atravesó una pierna. Se dio en seguida a perseguir a un señor que después supe se llamaba Luis Lozano, quien se salvó refugiándose en el templo parroquial. Intentó apoderarse de la Administración General de Rentas, pero la solidez de las puertas del edificio malograron su propósito. Quebró cristales de aparadores, entre otros los de “La Acacia”, joyería del Sr. Alejandro Hernández situada en la Plaza de la Paz; continuó su saqueo en una tiendecilla de la calle Juárez, y cuando seguía su curso de tropelías, hubo un mozo, un atlético muchacho de origen norteamericano llamado Crosby –que es actualmente una caracterizada persona en Guanajuato– el cual se arrojó sobre el escandaloso perdonavidas que se decía villista, logrando desarmarlo, pero la chusma que a esas alturas había encendido al rojo vivo su canallería, excitada por los recientes atropellos, se fue sobre el americano, agrediéndolo en tal forma, que lo dejaron por muerto.

Harto del pillaje el energúmeno Palomo quiso salir de la ciudad, pero en la Estación de Tepetapa lo esperaba un numeroso grupo de gente del pueblo honrado, organizado por el valiente estudiante y hoy Ministro de la Suprema Corte, Lic. Luis Corona; tenían el propósito de apoderarse del malhechor, pero el Palomo logró hacer una víctima más, un muchacho al que dejó muerto. Pasó entre todos, y al galopar de su mula rosilla se perdió para siempre, pues pocos días después fue aprehendido y fusilado.

Al restablecerse las autoridades en Guanajuato aprehendieron a un pobre operario, que llevaba el mismo mote de el Palomo, y que vivía en el barrio de los Hospitales, pasándolo por las armas para sentar un precedente, aunque fuera en un inocente.

¿Decidme si registra la historia el caso de un animal más feroz que este palomo?




error: Contenido protegido