Trinidad Villegas Aguilar, la charra de la Sierra

Leyendas de Guanajuato Por Pbro. Mónico Villegas Lugo

Esta es la historia de mi tío D. Bartolo Villegas, tenía tres hijos, un varón el primero, y dos mujercitas, pero sucedió que allá por los años 25 se les enroló en el ejército y se quedó solo con las dos mujercitas, con los deseos de otro varón para que heredara el manejo del ranchito. Por fin, un nuevo embarazo de la esposa: vino una nueva mujercita, no se desanimó, ni renegó:

“Bueno, pues ni modo”, se le prendió el foco, habló con la comadrona para ponerse de acuerdo, obligándola a un juramento: “Si alguien le pregunta ¿qué fue? Diga que fue un machito; guárdese ese secreto, yo la recompensaré”.

Así fue; conforme iba creciendo siempre la vestía con ropa de hombre, entró en la escuela con el nombre de J. Trinidad Villegas Aguilar (entonces no se exigía ningún documento).

Desde niña estaba acostumbrada a los trabajos varoniles: cargar los animales, barbechar, cortar pencas de nopal y dar agua a los animales o disponer la tierra para sembrar, aparejar los burros y ensillar los caballos, preparar la yunta para el laboreo de la tierra, etc., todo lo que un ranchero debe saber para hacer fructificar la tierra, enseguida voy a contar lo que fue el motivo de su fama.

leyenda-2A los 14 o 15 años empieza a parrandear con los muchachos, iba a los diferentes ranchos donde había fiestas, bailes, peleas de gallos, competencias de caballos, etc; poco a poco se va desperdigando más lejos, vadeando arroyos, atravesando valles para llegar a las ferias pueblerinas, participar en competencias de caballos, la baraja, el alcohol, etc; los amigos muy contentos por la compañía de aquel “amigo” a quien cuidaban por ser amigos de don Bartolo y ser muy modesto en su vocabulario. Siempre vestía de charro, solo la camisa un poco holgada para ocultar un poco su condición femenina.

Cuando pasaban por arroyos, a los compañeros se les antojaba echarse un chapuzón; como creían que eran puros hombres, se desnudaban completamente, José Trinidad disimuladamente se internaba entre los matorrales y volvía a reunirse con los amigos cuando ya andaban vestidos, cuando entraban en alguna cantina, se echaba sus tragos con ellos, pero nunca los acompañaba para entrar al baño.

En una ocasión llegaron a un baile donde encontró a una muchacha muy bonita, bailó con ella, fingió enamorarse de ella y la convenció de que se fuera con él, se produjo un pequeño escándalo, pero él la devolvió esa misma noche pidiendo disculpas.

Los muchachos empezaron a maliciar y se preguntaban ¿Por qué no se bañaba con ellos? ¿Por qué no entraba al mismo tiempo al baño, o sea en el higiénico’ ¿Por qué no pronunciaba palabrotas como ellos? Se pusieron de acuerdo para cerciorarse: fingieron emborracharse ellos, pero a ella le cargaron la mano hasta dejarla bien intoxicada, luego que comprendieron que estaba bien dormida, procedieron a quitarle la camisa, pero no contaban con la presencia del “turco”, un perro pastor alemán que siempre la acompañaba, el cual al ver lo que querían hacer se les echó encima con furia, defendiendo a quien le daba de comer.

En medio de los ladridos del perro despertó, e inmediatamente comprendió lo que querían saber y se incorporó de inmediato:

“Ya sé lo que quieren saber, efectivamente, soy mujer, mi padre siempre quiso un hombrecito, pero Dios no se lo concedió, por eso me crió como hombre”.

Desde entonces la quisieron mucho guardándole el respeto debido, lo que nunca supe es si alguno de esos muchachos se casó con ella; pues cuando mi madrecita me organizó mi fiesta de cantamisa, el 12 de septiembre de 1953, ella tendría 20 o 22 años, me regaló chivos, borregos, guajolotes, como una cooperación para dar de comer a más de quinientas gentes que acudieron a festejarme.

Desde entonces no volví a verla, sólo me llegaban noticias.

Como en los años setenta supe que tenía un hijo ya grandecito, a quien cuidaba mucho para que atendiera el ranchito.

Ella murió víctima del alcohol entre los cincuenta y cincuenta y cinco años: desgraciadamente ya no la pude ver por estar yo en ese tiempo en la capital de la República.

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