El primer carnaval en Guanajuato

Manuel Leal

Las diversas etimologías  de la palabra “Carnaval” se refieren a la abstinencia de carne a que obliga la Cuaresma, dedicando a los tres días que anteceden  al Miércoles de Ceniza, a mascaradas y el desborde de todo linaje de divertimientos, desde la elección  de una linda muchacha, destinada a ser coronada como reina (labor encomendada al elemento estudiantil), hasta el fastuoso baile de vistosos disfraces o la elección de un “rey feo”.

 “Carnavale” en italiano, “Carnaval “ o “Carn-a-val”, todos quieren anunciar , como antes se ha dicho, los regocijos, con los que la gente alegre se despide de su vivir regocijado antes de entrar a las austeridades de la Cuaresma. La palabra “Carnestolendas” se compone de la palabra española “carne” y del verbo latino “tolle”, que significa quitar.

 Muchas gentes imaginan que el Carnaval es un acontecimiento conectado exclusivamente con el cristianismo, desde el momento en que antecede a la Cuaresma, a la cual se imputa el motivo de este desbordamiento de toda especie de regocijos, pero estos sucesos tienen su origen desde muchos años antes del advenimiento del Salvador. Los fariseos  salvando los vetos del “Deuteronomio”, celebraban con disfraces y jubilosamente la fiesta de “Pharismo”. Que estaba aprobada según parece, había sido instituida en memoria de haberse liberado los judíos de las asechanzas de Amán.

  Los griegos celebraban una festividad semejante cubriéndose el rostro con hojas o pintándolo en forma caprichosa que lo desfigurara… y a que según, los romanos que celebran sus saturnales, en la que por un día del año se permitía a los esclavos participar en dichos festejos. Y de seguir llegaríamos a la famosa hoja de parra, primer disfraz conocido en las historias.

  Viniendo ahora a Guanajuato, recordaremos que por año de 1927, las autoridades tomaron en consideración que la antedicha tradición brindaba una magnífica oportunidad de divertirse. Los tiempos eran trágicos, pues asolaba al país la etapa conocida por “la Persecución Religiosa“, pero justamente  las diversiones deben servir para mitigar los dolorosos problemas que ensombrecen la via: “ al mal tiempo buena cara”, reza el proloquio. “Mieux est de rire que de larmes ecrire,- Pource que rire est le propre de L’home” – (de risa y no de lágrimas es mejor escribir, ya que reír es siempre lo más humano), ha afirmado Rabelais en Pantagruel y Gargantúa.

  Se organizó un activo comité, del cual eran alma el Gobernador, Sr. Dn. Agustín Arroyo Ch., mi excelente amigo Enrique Fernández Martínez, entonces Presidente Municipal, (más tarde gobernador del Estado) y Dn. Mauro Visoso, entonces Administrador de Rentas de la misma entidad. El que esto escribe, que siempre ha traído retozando dentro de su almario el diablillo del regocijo, fui comisionado para el arreglo de algunos carros alegóricos de los que hablaré adelante. Después de reñida campaña, salió electa Elenita Santibáñez, cuyo padre, en un gesto muy guanajuatense y muy de gran señor, hizo derroche de esplendidez y fue, sin duda una de las reinas más espléndidas en los anales carnavaleros de Guanajuato.

  Como “Rey Feo” salió electo el regocijado y púgil Chango Serrano, excelente amigo de todos, y por su carácter alegre y simpático muy a propósito para caracterizar al Dios Momo. Como Mal Humor” se escogió  a Dn. Baudelio López que tenía poco de “mal” y mucho de “humor”, a éste, ficticiamente mal elemento, se le juzgó en otro tribunal de burlas al cual se dio toda la apariencia de formalidad jurídica, instituyendo los alumnos de Leyes el conjunto de Presidente, Fiscal y defensor, saturando el juicio de chistosísimos debates en los que con peregrinos argumentos fue condenado a muerte con estrepitosos triquitraques y luego paseado en negro ataúd.

   Se me encomendó como antes he dicho, la confección de un carro alegórico obsequiado por el comercio de Guanajuato, y me ocurrió hacer una carabela, la Santa María de Colón, para ello me informé a través de relatos y dibujos que ilustraban libros de historia, y hasta en una enciclopedia busqué diseños de tales naves, sacando a escala cada una de las partes que integraban el glorioso bajel. Lo di, con diseños y escalas  a un torpe carpintero que me recomendó no sé quién, y confié en que interpretaría al dedillo mis instrucciones. Mientras me dediqué a confeccionar en mi casa los accesorios: escudos de armas, los leones de Castilla, las barras de Aragón… ¡qué sé yo! El trono en que iban los Reyes Católicos, el mascarón de proa, en fin, sólo me faltaban los decorados de las velas cuando D. Ambrosio Diez me hizo ver, con justicia, que los mástiles no podrían pasar  por las redes de alambres del servicio eléctrico, tenía además  que sacar un periodiquillo diario titulado “CARNAVAL” en el que me traían loco, el dios Momo, Pierrot, Arlequín, la Reina, el Rey Feo, la votación, etc.

  Un buen día, ya en vísperas de la inauguración de las fiestas, se me ocurrió ir a ver como marchaba la confección de la carabela. ¡Jesús, María y José!… lo que había hecho el mamarracho de la garlopa. Una trajinera de Xochimilco era una viva representación de la Santa María en comparación  con lo hecho por el “maistro” ignaro. Todo contristado, corrí al cuartel del Cantador, donde irían a reunirse  los carros para salir al desfile y pinté en el velamen, que por los razonamientos de D. Ambrosio había hecho chaparrones. En una pinte una enorme cruz roja y en la otra el escudo de España. Cuando regresé de comer habían desaparecido las velas y al reclamarlas me contestó un peón: -Le hacían más falta para calzones a mis hijos, al cabo robar al gobierno no es pecado-. ¡Valiente lógica!

  El baile fue suntuosísimo. Había disfraces verdaderamente originales y lujosos. El Teatro Juárez, convertido todo en salón, desde el lunetario hasta el fondo del foro estaba pletórico de una multitud entre la cual, las personas más graves, como el Lic. Carreón, de los más distinguidos  jurisconsultos de la ciudad, iba disfrazado de magistrado, con su toga y su birrete. Enrique Fernández Martínez lucía el traje siniestro  de Fantomas, el Dr. Romero, que gozaba de magnífico humor vestía de gendarme, Mustafá, no hay que decir que iba ataviado de musulmán. Y el baile no dejó de caer su animación hasta  las primeras horas de la mañana.

 Siguieron otros festejos realizados todos con gran éxito, como el concurso de niños vestidos de fantasía, aún recuerdo un gracioso episodio.  Un buen papá, vestido pulcrísimamente de jaquet y bombín, impulsaba un carrito en el cual iban sus hijos. Uno muy grave, de pie vestido de larga túnica roja de corte florentino, el otro, con un manto romano y coronado de laureles se asomaba a un diminuto averno del que salían espeluznantes llamaradas. Un niño del pueblo que estaba alucinado como en un cuento de hadas, dijo a su madre: -¡Achi mamá: mira al diablo! El padre se revolvió indignadísimo, y con voz solemne y con trémulos de ira le contestó: -No es el diablo, niño, es  el  Dante y Virgilio.

  No recuero la fecha exacta del último carnaval pero si puedo asegurar que se verificó por los cuarentas, siendo reina la gentil señorita Alicia Ulloa. Fueron viniendo a menos. ¿Cuál sería la razón de este declive de unos festejos que se iniciaron con tan buenos auspicios? No sabría contestarlo, quizás obedezca a una causa que tampoco tiene explicación clara. Los carnavales  generalmente se verifican en las ciudades portuarias: Niza, Venecia y en nuestro medio Mazatlán, Mérida, Veracruz. En París, en Roma en Madrid son menos suntuosos y populares. Lo que sé decir es que el primer carnaval dejó gratísima memoria entre los guanajuatenses.

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