Las Fiestas de San Juan y Presa de la Olla

Muy al principio de los tiempos en que se inició nuestro muy alabado mestizaje, con un pueblo y cultura europeos y después de que la gente oriunda de estos lares les informaron a los iberos dónde había metales de los que ávidamente buscaban y dieron con ellos, los extrajeron, y la separación de la plata y el poco oro, de otros materiales del reino mineral, se efectuó por medio de la fundición de fuegos fuertes, y fue así que nuestros muy poblados bosques, tanto de vegetación como de animales de toda clase, iniciaron su depredación.

Desde inmemorables tiempos la separación de la plata y el oro de otros materiales de la naturaleza se llevó a efecto por medio de fundición en hornos, procedimiento que era muy imperfecto pues mucho mineral precioso y valioso se escapaba, además de peligroso para quienes trabajaban en él y diezmatorio para los tupidos y abundantes árboles altos, arbustos, matorrales y cactus de múltiples variedades.

Un poco más de treinta años después de que se consumó la conquista de la ciudad y el imperio de México-Tenochtitlan, un tal Bartolomé de Medina inventó –o trajo– a la reciente Nueva España el famoso y duradero –en el tiempo que se estuvo usando– método de amalgamación, que hacía que se rescatara mayor cantidad de metales argentíferos, aunque alguno se siguió perdiendo. Su atinada aplicación y buen resultado requería de varios ingredientes, entre ellos los más indispensables eran el azogue –o mercurio– y el agua.

En los Reales de Minas de Guanajuato, que habían iniciado a producir plata desde 1552-1557, pronto, a partir de los sesentas del siglo XVI, se hizo uso intensivo de este nuevo método.

 

Los yacimientos metalíferos de Guanajuato estaban en su gran mayoría situados en las laderas y cúspides de las montañas, donde, lógico es, no había agua, pues toda la que caía de los cielos escurría al fondo de las cañadas, y ahí se acumulaba. Fue, pues, necesario, para beneficiar sus metales preciosos, acercarse al agua, y ésta corría por el Río Guanajuato, largo cauce que nace en el Monte de San Nicolás y en el Mineral del Cubo, por un lado, y por el otro en la región donde están las minas más ricas; torrencial cuando llueve, manso y lento en el estío, y sus múltiples afluentes grandes o chicos. Este citado río que junto con sus batracios dio nombre a la ciudad que habitamos.

Por lo tanto captar y retener el valioso líquido se hace una necesidad imperiosa. Lo dueños de haciendas grandes y chicas (zangarros) para su uso industrial y el consumo de sus dependientes vivientes, de dos pies o de cuatro patas, hacen norias en las riberas de las corrientes de ríos y arroyos, y presas en sus cercanías y lejanías. Los habitantes para su consumo propio y de sus animales horadan pozos, construyen aljibes y pilas en sus moradas, y cuando esto no es posible, en borricos con odres u ollas traen el agua de lejanas partes, sobre todo de Chichíndaro y de presas.

A medida que el tiempo caminó, las autoridades del Real, Villa o Ciudad, para asegurar el vital líquido a los habitantes presentes y futuros cavan pozos, profundizan las vertientes naturales, frenan y contienen los escurrimientos y hacen presas, es por eso que las autoridades lugareñas para asegurar este elemento vital a sus gobernados, horadan pozos, profundizan las vertientes de los veneros naturales, detienen escurrimientos, hacen presas, etc.

En ambas riberas de estos ríos y arroyos se fincaron las haciendas de beneficio de metales, y dentro o fuera, pero cerca, las cuadrillas para que habitasen los dueños y trabajadores de toda índole.

Estas primitivas o desarrolladas haciendas cuentan con agua para el beneficio de las platas y para el consumo necesario de hombres y animales en la temporada de lluvias, y poco o ninguna en los demás periodos del año.

Guanajuato y sus contornos están llenos de presas, basta ver el plano de la ciudad que hizo don Lucio Marmolejo en la caminada segunda mitad del siglo XIX y contaremos cerca del ciento.

Estas, las presas, su origen responde a la necesidad que se tenía del agua para el beneficio minero, otras veces para contener avenidas, algunas para limpiar los ríos y arroyos, para la construcción de templos, casas, calles, plazas, bardas, pretiles, etcétera, para beber y para limpieza humana y de los animales de todo tipo.

El Real de Minas, después Villa y luego Ciudad, de Guanajuato, ha requerido a lo largo de los tiempos del agua para subsistir sus habitantes y para ser un gran productor minero. Por eso se hace hasta lo imposible por retener la única con que se cuenta: la que del cielo vine en su temporada.

Guanajuato llega al siglo XVIII, y dada la constante escasez de agua que siempre se sufría, sobre todo cuando aumentaba la población, como estaba sucediendo, en el año de 1741 se pensó en construir una gran presa, capaz de surtir de este líquido al poblado y satisfacer esa necesidad tan apremiante de sus habitantes.

El Cabildo aprobó la obra, la que se inició desde luego, escogiéndose como lugar apropiado el rancho llamado la Olla, que se encontraba en las afueras de la Villa. De la denominación del lugar donde fue construida, le viene el famoso nombre de Presa de la Olla.

La mitad de los gastos de esta obra fueron cubiertos por el señor Sardaneta y Legaspi, dueño en mayoría de la famosa mina de San Juan de Rayas.

La presa, sin estar concluida, se llenó por primera vez en el año de 1747, lo que ya aseguró agua para los vecinos.

Quedó totalmente concluida en 1749, con tres y medio metros menos alta la cortina, que como ahora está.

Posteriormente, y con el mismo motivo, se hizo la Presa de Pozuelos en la cañada de Ponce, que surtió de agua sobre todo a Santiago de Marfil y abajo de la hacienda de Pardo.

Un siglo después, un poco arriba de la Presa de la Olla y en la misma cuenca, se construyó la de San Renovato.

En el año de 1795, el Intendente Riaño, apreciando la belleza física del lugar donde se encuentra la Presa de la Olla y su contorno, deseó fomentar allí un paseo, para lo cual construyó un camino para coches que unía a la ciudad con ese sitio, teniendo que edificar dos puentes que llevaron y llevan los nombres del Intendente y su esposa: los puentes de San Juan y Santa Victoria.

En 1832 se pensó entubar el agua de la presa para por gravedad conducirla al corazón de la ciudad. Así lo propuso al Ayuntamiento el vecino Rico Marcelino Rocha. Pero esta utilísima mejora se hizo hasta 1849, y en los siguientes años se construyeron las fuentes que recibirían por todos lados de la ciudad el agua para ser distribuida mediante paga o venta a los usuarios.

La presa siguió dando tan importante servicio hasta que la nueva de la Esperanza entró en servicio en 1894.

El progreso y vida de Guanajuato dependiendo siempre del agua obligó a sus habitantes a valorarla en su justiprecio, ya que cuando se agotaba o se hacía escasa, padecimientos de toda índole se venían encima; entonces este pueblo, católico, recurría al único medio con que se contaba: su religión a través de las oraciones, las procesiones con imágenes, las plegarias al cielo, las súplicas a Dios, las rogativas de intercesión a los santos, sobre todo a aquellos que tenían alguna relación con el agua. De estos,, el más importante era, y es, San Juan. Pero no el andariego, el compañero de Jesús de Nazaret, el predicador, el que acabó haciendo evangelios, sino el que murió decapitado, el que bautizaba, el que con el agua purificaba y daba la vida verdadera. Y de éste, se celebra su nacimiento el 24 de junio, razón por la cual tal día se conmemora en Guanajuato desde tiempos muy antiguos.

San Juan el Evangelista mandaba la lluvia; ésta aseguraba progreso económico y vida. Las aguas caían desde las mitades de mayo y para el 24 del siguiente mes ya todo estaba mojado, empantanado, y los retenes pletóricos del líquido; por lo tanto darle gracias al santo en su día natal era una obligación, la que se cumplía con gusto por las dádivas recibidas. Esa es la razón de la fiesta.

Isauro Rionda Arreguín.

Gavia de Rionda en la Cruz del Pajero del Mineral de Mellado.

Guanajuato, Gto., Mayo de 2012.

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