Los túneles subterráneos de Silao

Allá por el año 1537, las tribus aborígenes amenazaban y asesinaban a los habitantes del entonces pequeño pueblo de Silao. A tal grado llegó la maldad de aquella gente que envenenaba las aguas con víboras de cascabel o con hierbas. Fue entonces que los primeros pobladores construyeron un pequeño laberinto subterráneo para escapar en caso de emergencia.

Los indios chichimecas, pasaban su existencia en guerra constante y para ella eran educados desde niños, y el matar les brindaba un gran júbilo, pues el que mataba semejantes era considerado como valiente y esto era su máximo orgullo.

Los conquistadores, por su parte, respondían con una violencia semejante, ya que construyeron cárceles o cámaras secretas que funcionaron como trampas de las cuales los indios no volvían a salir, pues ahí morían emparedados.

Perdida entre los años, se tiene la memoria de la construcción de más de once túneles que, a manera de tentáculos de un pulpo gigante, se arraigan conforme a la leyenda en el subsuelo de Silao.

Esta red de pasadizos tiene un escape por el rumbo de Cerritos, otro por Sopeña y otro más por El Perdón, y se engarzan sus entrañas por el templo de Casa de Ejercicios, Aldama, 5 de Mayo, Trigueros y el antiguo hospicio.

La red subterránea sirvió de fortaleza durante muchos años, hasta que los indios chichimecas, resentidos y cautelosos, encontraron una de las entradas del escondite y se colaron por ella sin darse cuente que eran vigilados.

Cerca de 300 aborígenes llegaron a rastras a la entrada de Sopeña, pero fueron descubiertos y casi al instante escarmentados: los guardias taparon la entrada con ramas y piedras, hicieron piras de leña y les prendieron fuego; por las otras entradas incendiaron montones de venas de chile, tabaedillo y yerba seca del venado, a lo que sobrevino una confusión terrible.

Los indios aullaban como lobos y corrían como condenados para uno y otro lado sin encontrar más salida que la puerta de la muerte en aquella terrible cámara mortífera.

En la guerra de Independencia. Se dice que el cura Miguel Hidalgo tomó la ciudad de Guanajuato el 28 de septiembre de 1810, y que el intendente Riaño decidió hacer defensa de la ciudad desde la Alhóndiga de Granaditas, en espera del auxilio de los españoles que, como se sabe, llegó de manera tardía. Al ver el peligro, el intendente Riaño hizo traer de la ciudad de Guanajuato los tesoros de la Corona, de acuerdo con Félix María Calleja comandante del Ejército de la Nueva España un convoy con los fondos reales, formado por una gran cantidad de barras de oro y plata, para esconderlos en los sótanos de Silao. La recua llegó sigilosamente y atravesando los cerros de San Marcos entró al túnel por el rumbo de Cerritos.

Una vez adentro los arrieros, los soldados españoles les dieron muerte con todo y bestias, quedando sepultados ahí, por órdenes expresas del sanguinario Calleja.

Algunos silaoenses viven en las antiguas casas que tienen conexiones, también aterradas, con el laberinto de los subterráneos, son muchas veces sorprendidos por el murmullo lamentoso de aquel mundo que anda penando en las tristes catacumbas silaoenses.
La leyenda o la historia de los túneles ha sido prácticamente desde los orígenes de Silao un tema recurrente y de un interés muy especial para investigadores e historiadores.

El cronista de Guanajuato, Isauro Rionda, quien era oriundo de Silao afirmaba que el asunto no es más que un mito, el historiador silaoense Margarito Vázquez Navarro narraba en su libro Silao, Historia y Tradición, sobre una supuesta red de túneles, aunque advierte ahí que nadie había comprobado su existencia.

En la actualidad hay personas que platican sobre la existencia de esos pasadizos subterráneos, en la calle Dr. Domenzain, zona peatonal del centro, hay una casona que da hasta la calle posterior de Ayuntamiento, donde en uno de sus aposentos existe un gran agujero al que nunca nadie ha penetrado, pero al que los dueños han tratado de tapar infructuosamente, pues por más escombro y otros materiales que le echan, todo se va hacia abajo y el hoyo nunca se llena.

Algunos silaoenses afirman que han entrado a algunos túneles subterráneos en el patio posterior del templo del Santuarito. Dicen que había unos escalones hacia abajo, que conducían a unos pasadizos muy amplios y altos a los que entraron, pero apenas avanzaron unos pocos metros, por temor.

También se dice que en los terrenos de la secundaria Efraín Huerta hay un acceso a túneles subterráneos.

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