La Burrita y el tranvía de mulitas

El ser humano va perdiendo la memoria conforme pasan los años, muchos de ellos sufriendo el proceso degenerativo descubierto por Alzheimer. Afortunadamente para mí, eso no ha sucedido. Ya cumplí 90 años y sin embargo recuerdo como si hubiera sido ayer cuando en el año de 1933 llegamos a Guanajuato, mis padres hermanos y su servidor, cinco personas.

Llegamos en la burrita a la estación de Tepetapa por la mañana, para ello habíamos salido por la noche de la estación de Buenavista en el D.F., en el tren que iba a Guadalajara. En Irapuato cambiamos a la burrita que a las seis de la mañana salía para Guanajuato.

Expectantes y con mucha curiosidad veíamos lo que sería nuestro nuevo destino. En el estacionamiento se encontraba el camión del exprés y un trenecito que era jalado por tremenda mula, el cual llevaba al pasaje hasta la Presa de la Olla. Subimos, tenía cuatro hileras de bancas para trasladar a 16 pasajeros. Salimos del estacionamiento a la calle de Tepetapa para un poco después iniciar la pronunciada bajada que llegaba a las calles de Pardo y Juárez, la principal de la ciudad.

Por la bajada, el cochero le daba vuelta al volante que a través de una cadena controlaba los frenos, se sujetaba fuertemente, pues una chorreada quien sabe hasta dónde nos llevaría con la mula por delante. La situación fue tranquila y comenzamos a transitar por la avenida Juárez.

Que impresión nos produjo lo ruidoso de los enormes tambos en donde metían el mineral para su beneficio. Las enormes ruedas dentadas que los hacían girar, nunca habíamos visto cosa igual. Era la Hacienda de Flores. Frente a ella ya se encontraba la funeraria de don Edmundo Hernández.

Seguimos pasando por 5 de Mayo, Gavira, mercado Hidalgo hasta llegar al jardín de la Reforma, en donde se hacía un embudo que se formaba frente a la tlapalería La Sultana de la familia Macías. La avenida Juárez era de doble sentido, por lo que se debía esperar a que pasara quien venía del centro o viceversa. Por cierto, en una casita frente a la Sultana que ya entonces era una zapatería Canadá, en el número 120 en el año de 1958, fue el primer hogar de mi matrimonio con Julieta Vieyra.

Seguimos el recorrido por la plazuela de los Ángeles, hasta llegar a la calle de Alonso, que entonces era en sentido contrario al actual, se llegaba hasta el templo de San Diego y vuelta al jardín de la Unión. El tren hacia parada frente al templo.

Seguía por Sopeña, Matavacas, hasta la subida de Sangre de Cristo, que también era de doble sentido, no existía Belaunzarán, Embajadoras, El Cambio, y finalmente El Paseo de la Presa, del Cambio para arriba la mayoría de las casas eran ruinas y pocas las que estaban en buenas condiciones. A una de ellas llegamos, y años adelante la compraría el licenciado Manuel Villaseñor Sohle.

Guanajuato era una pequeña familia donde todos nos conocíamos. Vivían numerosos americanos a consecuencia de la Guanajuato and Light Power Company, que tenía la concesión del alumbrado en el Estado, y compañías mineras que aún trabajaban. Numerosos profesionistas que eran maestros o estudiaban en el Colegio del Estado, estudiantes desde la preparatoria aún de otros estados cercanos por carecer de la misma. Había cátedras muy acreditadas como leyes y minas.

La gran cantidad de estudiantes le daba un buen ambiente y alegría. Era gobernador del Estado don Melchor Ortega que convivía con toda la población, pues la ciudad era pequeña con pocos habitantes, sana, tranquila en donde no llegaban los conflictos político-religiosos.

Guanajuato era una ciudad muy antihigiénica. Los drenajes de los callejones corrían a cielo abierto, y al juntarse se hacían grandes charcos en donde jugaban los niños, tomaban agua perros, puercos y toda clase de animales.

El promedio de vida apenas llegaba a los 40 años, y en los mineros cuando llegaban a 30 ya era una fortuna. Las minas trabajaban con perforación en seco lo que hacía que la silicosis avanzara muy rápido. Los pobres morían en sus casas en una cama o un petate asfixiándose por la enfermedad pulmonar. Más los padres los mandaban a trabajar por no haber otra clase de medios.

Con el agua que llegaba a las casas y tomas que existían en varias calles, sin ningún tratamiento, las enfermedades gastrointestinales eran epidémicas. La tifoidea y parasitosis, sobre todo. La gente tomaba leche bronca por lo que la brucelosis y tuberculosis abundaban.

Los recién nacidos tenían muy alta mortalidad, pues al no existir vacunas se venían epidemias de las enfermedades de la infancia como el sarampión, varicela, poliomielitis, tos ferina, meningitis y principalmente las virales que mataban a cantidad de criaturas por diarreas incontrolables.

El gobernador Ortega hizo su máxima obra en la ciudad al construir el ramo de aguas y una coqueta placita de toros en la calle de Salgado (actual Alhóndiga) en donde iba a jugar frontenis con sus amigos, y después al baño de vapor, en donde convivía con toda clase de gente. Estas decían que este gobernador si tenía huevos, pues frecuentemente lo veían en los baños encuerado. Al término de su gobierno se le despidió con respeto y cariño, llenando la estación de Tepetapa, para los cual hizo traer un furgón presidencial, con una baranda en su parte posterior y desde allí lanzó su última elocución.

Al final de esta, la gente siguió a la burrita que salió muy despacio hasta la primera curva. Don Melchor no se quedó quieto a descansar, sino que se fue al estado de Guerrero en donde tenía un hermoso y grande jardín de una bella flor, llamada amapola. Mucho le recomendaron que no fuera porque ya tenía nuevo dueño. No hizo caso y al llegar al predio fue recibido con fuegos pirotécnicos, allí de paso se llevó al esposo de una tía mía, media hermana de mi padre que era su chofer y hombre de confianza.