Hace más de 1,300 años, la ciudad de Papantla, así como lo que hoy conocemos como el Estado de Veracruz y todo el territorio del sureste y sur de México fueron afectados por una inmisericorde sequía que terminó y arrasó con toda forma de vida, incluidos: hombres, animales y plantas.

Desde entonces, un grupo de habitantes de esta población inició una ceremonia para pedir a los dioses por el regreso de las lluvias y los beneficios y abundancia que trae consigo, la cual se mantiene vigente y se realiza de la forma original en cómo comenzó hace más de 13 siglos.

La ceremonia encierra la veneración a las deidades que con su presencia dieron forma y vida a las creencias de estas poblaciones, todas ellas conocidas como “hijos o culturas del maíz”, el cual para su cultivo y cosecha requiere de lluvias abundantes.

La primera de esta forma de culto se inició en la zona arqueológica del Tajín, a unos kilómetros de distancia de Papantla, zona en donde se asentó la cultura Totonaca y ahora es llevada a varias ciudades de México para que la gente la conozca y la entienda.

El ritual como tal tiene una duración que no excede los 20 minutos, pero su ejecución requiere de movimientos bien precisos y coordinados, donde se demuestra que toda forma para honrar a los Dioses está llena de devoción y fe.
Todo inicia con el ascenso de los 5 voladores hasta lo alto de un poste que se eleva a 22 metros de altura, donde dos pares de ellos se colocan en dirección de los cuatro puntos cardinales, mientras el mayordomo lo hace al centro y se mantiene todo el tiempo de píe y ejecutando una danza ancestral.

Luego del llamado con una flauta y un flautín hechos de carrizo, además de un pequeño tambor, comienza una danza llena de misticismo, que nos recuerda a las civilizaciones originarias de México, quienes desaparecieron, en muchos casos sin dejar rastro, pero si dejaron testimonio de su existencia con pirámides y basamentos que nos recuerdan su grandeza e importancia.

Conforme los acordes de los instrumentos suenan y avanzan, los hombres se preparan para dejar las alturas y lanzarse al vacío, amarrados y sujetos de una cuerda que da vuelta de forma circular, hasta caer al piso.
Una vez que la danza hacia los cuatros puntos cardinales llega a su fin, inicia un descenso vertiginoso que termina hasta que los “hombres pájaro” pisan el suelo, no sin antes abrir su brazos, como una forma de asemejar el vuelo de las aves, quienes se considera tienen el don de tocar el cielo con sus alas.

Romper al vacío simboliza la caída de la lluvia en las cuatro direcciones de la Rosa de los Vientos y que nuestro planeta tierra gira alrededor del sol, lo que además demuestra la unión del cielo y la tierra.

Quienes ejecutan esta ceremonia lucen trajes llenos de formas y vida, los cuales son bordados por ellos mismos y en donde emplean hasta un año para elaborarlas; en ellos destaca el color rojo, que significa la sangre que derramaron los “Voladores de Papantla” que han caído en la delicada y refinada ejecución de esta forma de agradecimiento.

Su indumentaria por los colores vivos y fuertes que la caracteriza, recuerda también las tonalidades de las aves y la naturaleza, a quien también se agradece por su benevolencia.

Una vez que la ceremonia termina, quienes la han presenciado sienten que entran a un mundo mágico y misterioso, que recuerda el origen de las civilizaciones que dieron forma y vida a nuestro México.
“Los voladores de Papantla” hicieron de las delicias de chicos y grandes por casi tres semanas en la explanada de la Alhóndiga de Granaditas.

Ahora ya no serán vistos más por estos rumbos, pero esperamos que algún día regresen y con su danza nos mantengan vivos los recuerdos de esas civilizaciones que habitaron nuestros país hace varios siglos que al paso de los tiempos siguen dejando testimonio de su existencia.