De los cafés de chinos a los cafés agogó: seducción con minifalda y suéteres psicodélicos

Termina “la bola”. El cine mexicano fue pasando del Rancho Grande al quinto patio. El Escuadrón 201 va a la guerra y mientras América Latina canta “yo ya le dije amor a los amigos”, en México “el soy puro mexicano” se va de soldado raso y “ya tengo rifle y pistola”.
Las ciudades crecían y se urbanizaban para que Chachita se cortara las trenzas y comprara la cadena para el reloj del Ata, mismo que vendió para comprar la peineta para que Chachita se peinara. La radio tocaba a Pedro Infante y Emilio Tuero y sonaban a la par mariachi y mambo. El café estaba latente en las talegas (filtros de manta) del campo y los cafés de los barrios chinos.

De la época de oro a las melenas y minifaldas

En los tiempos de Miguel Alemán y de las primeras emisiones de TV a color, el consumo del café en grano era muy bajo, siguió la Guerra Fría; Vietnam y Corea despertaron la rebelión juvenil y con ella llegaron el rock y el Amor y Paz, recreados alrededor de la cafetería juvenil.

La “americanización” del México que se abría al mundo gracias a la expansión de la tecnología de la información lo llevó a tomar como muestra de modernidad y forma de practicidad el consumo de café soluble por sobre el café de grano. Así los señalan expertos como el doctor Gustavo Guerra, investigador especializado en la historia del café de la Universidad Veracruzana. Y como muestra y evidencia del poder mercantil del café soluble, estuvieron Telediario Nescafé y Su Diario Nescafé, espacios informativos y de entretenimiento que dieron fama al periodista Jacobo Zabludowsky.

Veracruz se abría como gran exportador del grano y su Café La Parroquia, fundado en 1926, se convertía en un emblema. Chiapas comenzaba a vender poco a poco a mercados nacionales emergentes. La taza de café estaba junto a la máquina de escribir. En Café La Habana se debatían las ideas y el Ché y Fidel pasaron por ahí para planear la revolución cubana (¡qué cosa ma’ grande, caballelo!).

Y entre suéteres de rombos, copetes a la Elvis, chamarras de cuero con rebeldía sin causa, fue el momento de cantar “Vamos con el cura, que yo me quiero casar; no es que sea muy bonita, sino que sepa bailar”. Y así nos llegó la plaga con su rock de la cárcel y los popotitos con su minifalda, que al bailar agogó se les miraba hasta la espalda. Llegó acompañada con la reivindicación del café de grano, que dio pauta al movimiento del 68 y ahí México se sumó a las olas del café, de las que habrá que escribir más adelante.

Federico Velio Ortega Delgado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *