Crimen en la Presa de la Olla

Crimen en la Presa de la Olla

Otro tema recurrente son los crímenes en los que es frecuente que después de tal suceso retornan a la tierra para vengarse o para contar a otra persona la verdad de lo sucedido. Algo similar pasó en la Presa de la Olla, como nos lo narra Manuel Leal.

Don Benigno Miranda fue el nombre de un honrado montañés que vino a México a mediados del siglo XVIIII. Procedía de un lugarejo de esa bella e hidalga región santanderina convencionalmente denominada La Montaña.

En su lugar de origen había llevado la vida de pastor de ovejas; y al llegar a estas tierras pasó por penoso noviciado, habiendo sido empleado en numerosos trabajos ásperos y mal remunerados. Sin embargo, como muchos de sus coterráneos, a fuerza de tesón y bien entendida economía –factores ayudados por un ben merecido prestigio de hombre laborioso y cumplido-, logró amasar cuantiosa fortuna que lo convirtió más tarde en próspero agricultor. Hizo luego feliz matrimonio con una bella y virtuosa joven que le dio un hijo, el cual, desdichadamente, no heredó las virtudes de sus padres, lamentable condición de muchos niños que nacen con cucharilla de plata en la boca; lo que suele decirse, “con la masa puesta”.

Es penosamente frecuente que algunos hijos de españoles sean los primeros en olvidar el valor del ejemplo paterno y las virtudes que fueron prez y gala de sus progenitores, y que carezcan de todo amor a la patria de sus ancestros, tal como ocurre con muchos mexicanos que van a los Estados Unidos y allí se arraigan involucionando en la infructuosa procura de la condición de “yankees” y encontrando luego triste y atrasada a la noble patria que abandonan.

Ese fue el triste caso de Gaspar Miranda, rudo hasta la ferocidad, voluntarioso y egoísta.

Afortunadamente los bondadosos progenitores de este ingrato ser no alcanzaron a advertir tamaños defectos, por haber muerto durante la epidemia del tifo, cuando el vástago era aún muy pequeño.

Ya maduro, logró conquistar Gaspar el amor de una hermosa españolita llamada Isabel, hija de honestos y acaudalados comerciantes.

Se hallaba Isabel abundantemente abastada de todo linaje de gracias y virtudes. Diríase que las hadas que fueron sus madrinas habían volcado en ella la cornucopia ubérrima de sus preciosos dones, dotando a la ahijada de todo género de espléndidas galas. Desgraciadamente, el cerril Gaspar no poseía sensibilidad alguna que le hiciese capaz de estimar el tesoro que Dios había puesto en sus manos.

En un principio, durante el placentero periodo de la luna de miel, Gaspar supo mostrarse hipócritamente meloso, presentándose todo él como hecho de almíbares, embelesos y caricias.

Pronto, no obstante se fueron aplacando tales ardores. El individuo aquél fue despojándose con inusual presteza de la piel de oveja que lo cubría, dejando ver al lobo que se ocultaba debajo. Surgió así el verdadero Gaspar, cerril rudo y montaraz, en quien poco a poco asomaron todas y cada una de las lindezas de su innoble condición. Carecía el barbaján de toda comprensión y era incapaz de apagar el incendio de sus enfados con la dulce sonrisa con la que Isabel procuraba templarlos, y que indefectiblemente chocaba con la corteza de una roca insensible.

Un día al llegar Gaspar, Isabel salió a recibirlo gozosa con un beso; y con un gesto de infantil travesura, le dijo:

–Voy a darte una sorpresa: mira qué rico guisado he preparado para ti. También te he hecho este filete de res con ciruela, y…

–¿A eso le llamas banquete de príncipes? ¡Ni en un figón de agachados! Eso dáselo al perro.

 Y dirigiéndose al can que no se hallaba lejos, añadió:

–Ven Bismarck!

Y entonces arrojó al perro los manjares que Isabel había confeccionado con tanto esmero y cariño.

Ella volvió el rostro y se retiró sollozando.

–¿Sabes? ¡No me gustan las escenitas en mi casa!

Y tras un fuerte golpe a la mesa, el innoble sujeto salió de la casa farfullando maldiciones.

La pareja jamás pudo disfrutar de paz hogareña. Se había instalado en lo que al principio Isabel creyó un nido de amor y que Gaspar, con empeño digno de mejor causa, convirtió en un infierno: un precioso chalet, de los más cercanos a la Presa de la Olla.

En el año de 1844 se empezó a llevar a cabo rebaje del Campanero para facilitar el tránsito de carruajes al flamante barrio de la Presa, que poco a poco fue transformándose en zona residencial, pero no fue sino hasta 1878 cuando se construyó el puente del Tecolote.

Gradualmente fue cobrando importancia el barrio; y más aún, a raíz de que se construyera en sus inmediaciones la Capilla de la Asunción.

No sabemos si la casa que fue teatro de nuestra historia fue la que construyó el Padre Arriaga y que está situada en la misma acera de la Capilla de la Asunción, pero al final de la calle; o bien la que se ubica al lado frontero, donde otrora viviera un caballero inglés, y que más tarde fuera propiedad de la familia Castañeda; construcción que está ubicada frente a la atalaya.

¡Cuánta paz hubiera quizás aportado al matrimonio de Gaspar e Isabel un retoño en quien, como lazo de unión, se conjugaran los desvelos y los cariños de ambos! ¡Cuánta dicha hubiera venido a la pareja si los dos, de consuno , hubiesen adunado sus preocupaciones con dulzuras capaces de templar el rigor de aquella fiera, atemperando sus satánica vesania!

Pero corrían los tiempos, y el anhelado envío de la cigüeña no llegaba. No parece erróneo suponer que la ausencia del ave era culpa sólo de él, y que no hallaba sus orígenes sino en su vida colmada de excesos y vicios; pero, como era costumbre, descargó su cargo, y con él su ira, sobre su bondadosa consorte, a quien culpaba cotidianamente de infecunda.

El injusto reclamo se convirtió en un estribillo con el que la martillaba a toda hora, aumentando el caudal de penas de la infeliz esposa.

Extremó el barbaján su crueldad hasta espetarle que si era ella inútil para el caso, él se encargaría de procurarse una mujer que no lo fuera.

Y así lo hizo: pronto encontró indigna sustituta; lo que en jerga vulgar se llama “un segundo frente”.

La elegida para el infame menester fue una cómica de carpa; pizpireta y bullanguera. A tal grado avasalló esta mujer el corazón de Gaspar, que éste llegó a prodigarle valiosos y múltiples obsequios, instalándola en una palaciega residencia, para cuyo fin invirtió –derroche por demás ofensivo e innoble– tanto su fortuna como la de su esposa.

Llegó un momento en que la digna y humilde esposa hubo de convertirse en un estorbo para la vida d Gaspar y de su nueva conquista; y sucedió entonces que en una noche de luminoso plenilunio, entró Gaspar en la cocina de su casa; y después de hablar en voz baja con la servidumbre, acudió a su esposa, tratándola con mimo inusual y hasta entonces desconocido. Le habló de arrepentimiento y de perdón; y para sellar su reconciliación, la invitó a dar un paseo para admirar las obras que por aquellas fechas estaba llevando a cabo en la ciudad el excelente arquitecto don Luis Long.

Fue tan sorpresiva esta actitud; Isabel había perdido tanto tiempo hacía la costumbre de ser tratada no sólo con cariño, sino aún con elemental respeto, que en un principio no atinaba a asumir una actitud u otra frente a su marido. Sin embargo, a la postre, encendido su noble corazón en la flama de una esperanza, accedió gustosa al convite de éste.

La pareja caminaba por la rivera de la Presa de la olla tomada de la mano, como si Gaspar el Isabel fuesen novios quinceañeros. En una explosión de alegría, Gaspar, jugando con ella, la tomó en sus brazos. Ella, feliz, reía caudalosamente, Gaspar había buscado el sitio donde el borde de la presa era más bajo; y de pronto, sin que la pobre mujer tuviese tiempo de darse cuenta de lo que ocurría, él, con un violento e intempestivo movimiento, la arrojó a las aguas.

Se escuchó un grito espantoso que invocaba a Dios, sucedido de un chapoteo en el agua, al que siguieron unos círculos macabros que fueron ensanchándose gradualmente.

La paz volvió a reinar en aquella noche idílica.

Gaspar volvió serenamente a su casa.

Había contado a la servidumbre la inverosímil historia de que su esposa había salido de viaje; que iba a España a visitar a sus familiares, y que tardaría largo tiempo en regresar.

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