Se cumplen 100 años de la bendición del segundo monumento a Cristo Rey

Por: Carlos Paul Bustamante

El pasado 11 de enero se cumplieron 100 años de la bendición de la primera piedra del segundo monumento a Cristo Rey y que fue prohibido por el gobierno de aquel entonces.

En este día, en todas las parroquias de la arquidiócesis de León se hizo una hora santa para recordar donde los prelados de las diferentes diócesis del país bendijeron la primera piedra del monumento a la realeza de Cristo Rey.

Ya se había construido en ese entonces un primer monumento al Sagrado Corazón de Jesús; del 12 de marzo al 9 de abril de 1920, fue construido en 4 semanas solamente y bendecido el día 11 de abril siguiente. Duró en la cima del monte hasta noviembre de 1920, pues se bajó a la explanada de la actual Ermita Expiatoria para cederle el sitio al segundo monumento que se pretendía construir.

Desafortunadamente fue dinamitado sacrílegamente el 30 de enero de 1928, en plena persecución “Callista” y como todos saben en el actual museo de Cristo Rey se conservan el corazón y la cabeza, que quedaron intactos en el atentado.

El proyecto lo realizó el ingeniero. Luis G. Murguía y fue aprobado por el Episcopado en 1923.
Desde el día 9 de enero habían comenzado a llegar los prelados de diversas Diócesis mexicanas a la ciudad de Silao, la cual “de ordinario tranquila y silenciosa hallábase primorosamente engalanada como nunca lo había estado”, cortinas y banderas en las casas adornos de papel de colores blanco y rojo abundante iluminación eléctrica arcos triunfales lemas de “Viva Cristo Rey”, adornos en los sombreros de los señores, etcétera.

El día 10 de enero a las 4 de la tarde el padre Ferrer acompañado de adoradores condujo al Santísimo Sacramento hasta Aguas Buenas, dónde existe un altar preparado para la velación nocturna, hubo adoradores de todo el país, a las 12 de la noche la misa ritual por el mismo sacerdote.
Para el día 11 de enero de 1923 a las primeras horas de la mañana y cuando el negro velo de la noche no se rasga, va ya para dar paso a las primeras albores de la madrugada, se escuchó en medio de aquel tranquilo silencio que había reinado toda la noche, una llamada para la primera misa de aquel día en el campamento número 2, aquella llamada fue el toque de Diana que despertó y puso en pie a aquellos legionarios de Cristo que infinidad de veces habían soñado aquel momento, felices van a oír la santa misa en aquella enorme elevación bajo la sombra de la noche y en ocasión tan solemne postrados ante el monumento de Cristo Rey.

A las 5 de la mañana se comenzaron a colocar las cruces del viacrucis a lo largo del camino, tales cruces de fierro median 3 metros de altura y se erigieron en nombre de todos y cada una de las diócesis mexicanas y fue el excelentísimo señor arzobispo Ruiz y Flores quien presidió este acto solemnísimo.

Tras aquella comitiva, a las 6 de la mañana comienza otra gran procesión eucarística, donde el prelado leonés Valverde y Téllez, montado en un caballo blanco y manso, portaba la Custodia del Santísimo Sacramento y con él una multitud que entonaba cánticos, rezaba y hacía tronar en el espacio cohetes, todos derramaban lágrimas de emoción y júbilo, pues la procesión constituye un conjunto encantador y sublime, informaba el excelentísimo señor Valverde, nos parece algo así como la realización de un bellísimo sueño.

El Santísimo fue visitando a las tradicionales Pozas (cuatro), mientras que en el área del monumento, primero se continúa celebrando misa sin interrupción en la explanada anterior a la cima donde había sido trasladado, allí se engrosó la procesión eucarística más y más hasta llegar a la cima donde está improvisado un recinto de más de 10 metros de diámetro cubierto por una lona, ahí se expuso el divinísimo, ofició la santa misa el mismo excelentísimo señor Valverde y se procedió después a la colocación de la primera piedra.

La primera piedra era de granito artificial, medía como un metro cúbico y se iba a colocar en la base de uno de los pilares del primer cuerpo del monumento, es decir, al pie del pilar de la derecha del frente que mira la ciudad de Silao, esto al sur y será visible, pues en el caso particular no habría necesidad de cimientos ya que las rocas basálticas de la montaña servían de eso. En el frente de la piedra se fijó una lámina de metal en la que se leyó una inscripción latina que así podría traducirse:

AL SANTISIMO CORAZÓN DE JESÚS, DIVINO REY DE LA REPÚBLICA MEXICANA, LOS PRELADOS, EL CLERO Y TODO EL PUEBLO EN TESTIMONIO DE AMOR Y VASALLAJE DEDICAN, OFRECEN Y CONSAGRAN ÉSTE MONUMENTO NACIONAL CUYA PRIMERA PIEDRA CON SOLEMNES CEREMONIAS BENDIJO Y COLOCÓ EL EXCELENTISIMO SEÑOR ERNESTO E. FILIPPH, EN NOMBRE DE NUESTRO SANTÍSIMO PADRE PIO XI PONTIFICE MÁXIMO, EL 11 DE ENERO DEL AÑO DE CRISTO DE 1923.

En el centro de la parte superior de dicha piedra se dejó una oquedad suficiente para el tradicional tesoro consistente en varias monedas, en especial el cuño corriente, monedas de cerca de 50 naciones diferentes del globo y algunas medallas religiosas, varias personas entregaron moneditas de oro, plata y alguna alhaja.

El excelentísimo delegado que había ascendido con los demás prelados, llegó a las 10 de la mañana, se revistió de ornamentos pontificiales, impartió la bendición eucarística por los cuatro puntos cardinales con la intención de que alcanzase a los presentes y ausentes el suelo de la patria, y a los ciudadanos y a las autoridades y a los súbditos, a los individuos a las familias a los pueblos, a los Estados, a la República.

Siguió luego la ceremonia de la bendición y colocación de la primera piedra del segundo monumento, se colocó primero el acta respectiva sobre el altar para que la firmaran todos los prelados asistentes en número de 13, después el documento fue depositado en el frasco y en el hueco de la piedra, el excelentísimo delegado apostólico colocó la primera piedra a nombre del sumo pontífice Pío XI, y en representación de la patria mexicana que moralmente estaba allí presente, el señor Miguel de la Mora tomó la palabra emotiva breve sentida y fervorosa.

Mientras todas las comisiones católicas preparaban entusiastamente todo lo referente a las ceremonias del día 11 de enero de 1923, las fuerzas jacobinas del gobierno de México iniciaron su ataque para impedir la ceremonia religiosa, alegando para ello violación a las Leyes de Reforma y en especial a las disposiciones generales del país en su Artículo 24 que prohíbe la celebración de cultos al aire libre.

El gobernador del estado de Guanajuato Antonio Madrazo, dirigió el día 11 de enero un telegrama al excelentísimo Señor Valverde, obispo de León y presidente de las obras, para que procurará que se iban a desarrollar en la montaña y no constituyeron un ataque dichas disposiciones, también interviene el presidente de Silao, Constantino Llaca, perteneciente al partido radical, se entrevistó al señor cura de Silao, Isabel López, para mostrarle el telegrama del gobernador y manifestó que no se debía alterar el orden.

A Silao llegaron, procedentes de León, 50 hombres de 45 regimientos pertenecientes a las fuerzas del general Rodolfo Gallegos, jefe de las operaciones militares en la región del Bajío, además de 30 soldados de las fuerzas del estado y se sumó a ellos la policía municipal, compuesta de 30 hombres, con ello se pretendía impedir la ceremonia pero no contaban con las 80,000 personas que iban a estar en la montaña.

La secretaría de gobernación a cargo del general Plutarco Elías Calles giró instrucciones al gobernador del estado de Guanajuato para que impidiera la celebración en el Cubilete, a lo cual contestó Madrazo que había enviado instrucciones para que impidiera el acto violatorio a la ley.
Cuando ya se encontraba el legado apostólico en Silao y los demás prelados del país, Llaca a deshoras de la noche manda una nota al señor Valverde en la que le comunicaba que si no impedían la subida a la montaña, fuerzas del Estado estaban dispuestas a impedirlo. Afortunadamente no llegó a manos del prelado tal misiva, cuando ya el excelentísimo prelado marchaba en caballo con el Divinísimo en sus manos, le fue presentado tal mensaje y se inmutó, preguntó a sus familiares: “¿qué hacemos?” Y uno de ellos comunicándole su propio valor le respondió: “seguir adelante, IImo. señor”, así se hizo y por lo pronto nada sucedió.

El presidente de Silao no encontró violación alguna a la ley, así lo manifestó por telegrama al gobernador del estado, el presidente de la República Álvaro Obregón lo regañó por medio de un telegrama diciendo: “Lamento no haber obtenido la eficiente cooperación que esperaba del ejecutivo en ese estado, seguramente las medidas que habrán de tomarse para castigar a los infractores de la ley producirán mayores fricciones que las que se hubieran producido con las disposiciones que se debieron haber dictado para prevenir tales hechos”.

La procuraduría general ordenó la inmediata consignación de los promotores de la ceremonia y reiteró las órdenes enviadas al agente del ministerio público federal en el estado de Guanajuato, para que a la mayor brevedad posible hiciera la consignación de tales personas que iniciaron la ceremonia del Cerro del Cubilete, el secretario de Hacienda aplaudió la actitud del ejecutivo con un mensaje especial.

Por su parte, los prelados mexicanos, por conducto del señor Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara, manifestaron a la prensa que de ninguna manera hubo delito en el caso del Cubilete. Cómo no se pudo ejercer ningún castigo en las personas de los prelados mexicanos y se había perdido el pleito en el caso de las ceremonias del Cubilete, las represalias culminaron desgraciadamente sobre la persona del excelentísimo señor delegado apostólico, Ernesto Phillip, por su nacionalidad italiana, ya que cual fue expulsado del país basándose el gobierno mexicano en el artículo 33 constitucional, la orden expresa de expulsión fue dada por el presidente Álvaro Obregón, quién atendió las peticiones de todos los jacobinos y enemigos de la iglesia en México, la causa legal para tal decreto fue el haber tomado parte en la ceremonia religiosa ejecutada en el Cubilete en honor de Cristo Rey, y disque por ser extranjero lo bendecimos, el señor delegado apostólico recibe el telegrama en la ciudad de León el día 13 de enero cuando comía en la Hacienda del Cerro Gordo, con el excelentísimo Diez de Sollano de los Caballeros de Colón y otros invitados, el señor Valverde le dio la infausta noticia, y en la noche de ese mismo día marchó a la capital mexicana acompañado el vicario general de la diócesis leonesa, el licenciado Antonio López, pues el prelado leonés se sintió avergonzado por el atentado bochornoso y las trabas del gobierno para la construcción del segundo monumento no obstante todos los sucesos que parecían desmoralizar al pueblo católico en la construcción del monumento la fe del pueblo no se apagó como jamás se ha apagado nunca y en ninguna otra nación a pesar de las persecuciones y los martirios, y así continuaron recibiendo peregrinaciones, en los actos posteriores de 19241928 se continúa enviando limosnas para la construcción del monumento y se hicieron con letras llamadas óbolo del sacrificio, idea nacida en España y sugerida a las damas católicas mexicanas, el gobierno del país continuaba opuesto a la construcción el monumento y por ello el señor Valverde dirige un mensaje al subsecretario de gobernación el 22 de agosto de 1923 para informar de los trabajos del monumento y con un tono mesurado manifestaba finalmente: “Usted pido se sirva tener por fecha la manifestación que va cuando esté concluido, no ser abierto al público ni dedicado al culto católico para el que será destinado, sino hasta que se haya obtenido de usted la autorización correspondiente conforme al referido párrafo décimo del artículo 130 de la Constitución Federal”. Ante categórica negativa respecto a la construcción del templo a Cristo Rey y como la prensa podría orientar la opinión de los católicos, junto con los comentarios de impíos indiferentes y de católicos meticulosos, el señor Valverde envío la prensa católica de la República declaraciones especiales manifestando entre otras cosas lo siguiente:

“Hice cuánto pude por colocarme en condiciones rigurosamente legales a fin de que no hubiera ni pretexto siquiera para alguna oposición de parte del gobierno prescindir ya la comisión de prelados de que el pedestal fuese abierto por sus cuatro lados, resultando con la modificación de un templo cerrado, las gestiones hechas con toda delicadeza, prudencia y sinceridad no produjeron el resultado apetecido, sino que el Ministerio me envió esa respuesta llena de 100 razones qué no de razones para contrariar el sentimiento de la nación yo, por supuesto, con tamaño contrariedad no me desaliento ni desisto de proyecto sino que me animo y confirmo más y más y en lo que ha pasado solo hablo de pruebas que Dios permite para nuestro ejercicio y mayor corona para mayor mérito, en el sostenimiento de los inalienables derechos de la divina realeza del Corazón Sagrado de Jesús y del vasallaje que le hemos jurado es necesario en este caso tener fe y aún esperar en Dios contra toda humana esperanza no hay que olvidar que en este miserable mundo nada hay estable, o los hombres, o las cosas se mudan por sí mismas o la providencia las hace cambiar del modo que menos se piensa y prevé para la consecución de sus altos fines, por ahora vamos a dar todos los pasos para la construcción de la estatua colosal de Cristo Rey, la obra es naturalmente larga y costosa, pero hay que hacerla para que no se decaiga el ánimo de los católicos mientras se vencen las dificultades el monumento moral está solemnemente comenzado el monumento material expresión sensible del primero de seguro le es ya tan grato como si lo hubiéramos terminado y el monumento material se levantará en la hora y razón en que la divina providencia pliegue concedernos lo que será cuando según se inescrutable designios sello cumulado el suficiente caudal de fe de negación de esperanza y oración”.
El monumento segundo empero no llegó a construirse, y aún sucesos sacrílegos vinieron a perturbar la paz de la santa montaña sucederían más adelante.

Fuente: libro Tabor mexicano
(Historia Mínima)
José de Jesús Ojeda Sánchez
León, Gto, México 1982.

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