El Callejón del Suspiro

Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XVII en la capital de la Nueva España era prodigiosa en fantasmas, aparecidos y fenómenos sobrenaturales, y que en aquel entonces todas las noches un ser espantoso se aparecía en el Callejón del Suspiro, lanzando horribles y temibles lamentos que, según cuentan los viejos, provocaron muchas muertes y terror entre los habitantes.

En una silenciosa y oscura noche mientras un caballero de la época caminaba por aquel lugar, de pronto se detuvo al escuchar un extraño ruido que semejaba un doliente suspiro. Su cuerpo se estremeció y de inmediato preguntó:

—¿Quién va?, ¿quién anda ahí?

Pero no hubo respuesta. Después de unos momentos el doloroso gemido se dejó escuchar otra vez, pero ahora en forma tan profunda que el caballero sintió un agudo escalofrío que congeló su sangre. Aquel suspiro semejaba el quejido angustioso de un agonizante. Pensó que quizá alguien intentaba asaltarlo y empuñó su espada dispuesto a enfrentarlo. De pronto, al tiempo que el suspiro se dejó escuchar nuevamente, apareció un fantasma el caballero gritó despavorido:

—¡Vive Dios!, pero si no sois un ser viviente, ¡sois un muerto!

El fantasma se le acercó lentamente mientras el caballero daba pasos hacia atrás gritando que no quería tener nada que ver con seres del otro mundo, más como el fantasma volvió a emitir desgarrador suspiro, el caballero, aterrorizado, se echó a correr, dejando caer su espada, único testigo de aquella escalofriante aparición.

Pasadas algunas noches, dos borrachines alegres cruzaban por el callejón, cuando de pronto, a lo lejos, vieron a una dama. Ambos pensaron que justamente era una mujer lo que necesitaban para completar su juerga. Estaban tan borrachos que casi no podían tenerse en pie, pero de cualquier forma se le acercaron para abordarla, y cuando la tuvieron frente, la espantosa aparición emitió aquel doloroso y terrible suspiro.

Los hombres gritaron:

—¡Es una muerta!, ¡huyamos!, ¡salgamos de aquí!

Al instante corrieron llenos de pánico hasta desaparecer en la oscuridad de la noche. En esta ocasión no hubo testigos, ya que los ebrios, aunque llenos de espanto, jamás soltaron sus botellas de vino.

Noches después, el criado de algún Marqués tuvo que cruzar por el extraño callejón para acortar distancia y cumplir con el encargo de su amo. Caminaba a toda prisa, cuando inesperadamente aquella imagen fantasmal le salió al paso emitiendo el doloroso suspiro. El hombre, al verla, se desplomó muriendo instantáneamente.

Horas después, cuando los soldados de la ronda pasaron por el callejón, lo encontraron muerto.

Lo extraño es que el cuerpo no presentaba ningún signo de violencia, heridas ni golpes. Uno de los soldados explicó al capitán que eran ya varias las veces en que había visto morir a la gente de esa misma forma, y seguro estaba de que ese hombre murió de miedo, además de que el vulgo había dado por llamar a ese lugar el Callejón del Suspiro, porque decían que ahí se aparecía un fantasma suspirando.

Tres noches después de ese lamentable acontecimiento, en el ya temido callejón, una señora llamada doña Delfina de Sotelo caminaba junto a sus dos hijos después de salir de misa de gallo y se dirigían a su casa situada en el Callejón de la Joya.

La familia se aventuró por el callejón, y al poco tiempo la fantasmal aparición bloqueo su paso emitiendo el espeluznante y tenebroso suspiro. Doña Delfina apenas tuvo tiempo de gritar y cayó muerta. Su hija al verla, desesperada abandonó el callejón víctima de indescriptible pánico. Corrió pidiendo auxilio y encontró a dos hombres que detuvieron su frenética carrera. La muchacha al verlos sólo pudo decir, al tiempo que señalaba con su dedo hacia el callejón:

—¡Allá en el callejón…! ¡allá…!, ¡mi madre!

Y entonces se desmayó.

Los caballeros llegaron al callejón y sólo encontraron al pequeño hijo de doña Delfina como idiotizado ante el cadáver de su madre. Sin poder explicarse el motivo de tal tragedia, llevaron al niño al cercano convento de San Francisco y dieron parte a la justicia.

La justicia y la iglesia tomaron cartas en el asunto, y al juzgar por las investigaciones de se santo tribunal, ya eran once las muertes que había causado la aparición fantasmal, y ante tales hechos criminales el Oidor Mayor ordenó que se buscara y apresara al alma de la mujer desconocida que solía aparecerse por el callejón que llamaban del Suspiro, y una vez aprehendida fuera conducida ante el Santo Tribunal para ser juzgada.

Los miembros de la santa hermandad llegaron al callejón e invocaron al fantasma llamándolo tres veces, pero no respondió. Todos los ojos escudriñaron en las sombras esperando ver al ser del otro mundo, pero el fantasma no apareció. Entonces decidieron regresar al día siguiente para intentarlo otra vez.

A la medianoche del siguiente día el aparato religioso que luchaba contra los trasgos y demonios regresó al callejón, mas llamado nuevamente tres veces el fantasma no respondió ni se apareció durante varias noches, después de habérsele invocado inútilmente.

Semanas más tarde, un fraile llamado Matías de Tolentino regresaba a su convento después de haber confesado a una agonizante. Era viejo y deseaba acortar sus cansados pasos para recogerse en la quietud de su monasterio, cuando escuchó aquel tenebroso suspiro.

Fray Matías gritó:

—¡Dios sea bendito y alabado!; ¡aparición del otro mundo que por la tierra vagas!, ¿qué deseas de este humilde fraile? ¡Habla en nombre de Dios!; mas hazlo pronto, pues mi alma es tan vieja como mis huesos y no resistiré mucho tu presencia.

Y entonces por primera vez de la boca desencarnada de aquel fantasma escapó una voz que sonaba hueca y olía a humedad de tumba.

—Mi nombre en vida fue el de Anunciación Avelar y estuve comprometida en matrimonio con don Alonso García de Quevedo.

De pronto el viejo fraile, en la confusión de su mente vio claramente la imagen encarnada de aquel fantasma, quien le relató su triste historia infiriendo la causa por la que deambulaba por el callejón. Esa misma causa había sido una pena de amor. Esta es la historia escrita, posteriormente, por el fraile:

Doña Anunciación estaba ansiosa por casarse pero temía que don Alonso, el novio que estaba en España, no llegara en la fecha fijada para la boda. Don Gabriel, su padre, aseguraba que don Alonso llegaría a tiempo, pero desgraciadamente los temores de doña Anunciación se hicieron realidad: el caballero que tan ansiosa esperaba nunca llegó y jamás se supo si fue muerto o cambió de idea. Al paso de los años Anunciación se encerró, no comía y apenas dormía. No cesaba de llorar y suspirar, y entonces enfermó. Meses después murió entre gemidos y suspiros. Los médicos dijeron que su muerte se debió a una tuberculosis provocada por la pena y el ayuno.

Cuando oyó esto, el viejo fraile le pidió que callase y lo dejara en paz. Que buscara a otra persona para solicitarle ayuda, pero la fantasmal figura le dijo angustiada que sólo él podría ayudarla, casándola. Consternado, fray Tolentino le dijo que no era posible casar a una muerta y a un ser de este mundo; el espectro le pidió que los casara en espíritu, porque ya estaba cansada de penar desde hacía cien años. Fray Tolentino mostrándole una cruz exclamó:

—¿Cien años? ¡Regresa a tu lugar, espíritu errabundo! ¡Yo te lo ordeno en nombre de Dios!

Entonces el fantasma se esfumó en la penumbra de la noche y el fraile emprendió el regreso a su convento.

Así transcurrieron seis años más sin que la santa hermandad lograra atrapar al fantasma. Les resultaba imposible apresarlo y fue entonces que decidieron tapiar el callejón.

Después de 50 años la gente se olvidó del Callejón del Suspiro.

Pero cuenta la leyenda que un día, un caballero vestido con suma elegancia al estilo de hace muchos siglos, estuvo recorriendo las calles cercanas a la Plaza Mayor.

Aquel caballero misterioso, angustiado preguntaba a cuanto transeúnte se topaba, el paradero de doña Anunciación Avelar, pero nadie supo darle razón de ella.

Y así pasaron varios meses, hasta que una noche después de tanto caminar el caballero misterioso, sin proponérselo, llegó al Callejón del Suspiro, el cual en ese entonces había sido destapiado.

En ese momento algo llamó su atención: era la luz de una casa que se encontraba al fondo de aquel callejón: sus ojos brillaron de alegría y presuroso llegó hasta la puerta de esa casona. Tocó varias veces hasta que el mozo le abrió.

—¿Vive aquí doña Anunciación Avelar? —preguntó el caballero. El mozo contestó:

—En efecto, aquí vive y lo está aguardando.

El caballero entró y se quedó contemplando aquella antigua y espaciosa sala. De pronto sintió que alguien le llamaba, que le atraía poderosamente, y al voltear su vista hacia la escalera descubrió una figura fantasmal vestida de novia. A diferencia de toda la gente, él no sufrió impresión alguna al ver a la muerta.

Con gran emoción dijo:

—¡Doña Anunciación!

Y ella le contestó:

—¡Don Alonso!

Al tiempo que extendieron sus manos descarnadas y se besaron con amor. Después, tomados del brazo como dos enamorados salieron de la casa y se encaminaron por el callejón y las calles de la ciudad hasta llegar a la capilla de San Francisco. Ahí los recibió un fraile, quien en ese momento no pudo mirarles el rostro que ambos llevaban cubierto.

El caballero misterioso pidió hablar con fray Matías Tolentino. El fraile contestó que fray Matías había muerto hacía ya cincuenta años, pero que él era su sobrino y que estaba en la mejor disposición de ayudarlo; entonces el caballero le solicitó que los casara en ese preciso momento, pero el fraile contestó que sería más prudente esperar al día siguiente para realizar la ceremonia de acuerdo a las normas cristianas.

El caballero insistió diciendo que los designios de Dios eran inaplazables y que ese día por fin había llegado para que el alma de una mujer que había estado sufriendo durante ciento cincuenta años por no haberse podido desposar en su tiempo, lograra encontrar la paz y el descanso eterno, que por favor lo hiciera tal como debió haberlo hecho su tío hacía tantos años.

La boda se celebró casi en tinieblas, y como si el sobrino del viejo fray Matías de Tolentino obedeciera antiguos mandatos, procedió al casamiento y pronunció estas palabras:

—En nombre de Dios, han quedado unidos en matrimonio y que sólo la muerte los separe.

—No, fray Tolentino —respondió el caballero—, esta vez será lo contrario, la muerte nos unirá.

Y con pasos silenciosos que no resonaban en la quietud de la bóveda de la capilla, los recién casados se alejaron, mas antas de alcanzar la puerta el fraile los detuvo para preguntarles sus nombres.

—Mi nombre es Alonso garcía de Quevedo —respondió el caballero, y a la luz de un cirio, la dama dijo:

—Yo me llamo Anunciación Avelar.

El fraile, quien hasta ese preciso momento pudo ver en aquel rostro descarnado el espectro de una mujer vistiendo el traje de novia, sintió congelar su sangre y lleno de pánico gritó:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡He casado a una muerta!

Y corrió a su celda en donde hojeó un antiguo libro. Era el mismo libro que dejara su tío en donde escribió el relato aquel de la aparición del Callejón del Suspiro.

Al día siguiente, los tempranos moradores de la capital de la Nueva España descubrieron fuera de la iglesia el cadáver del misterioso caballero y dieron parte a la justicia. Los alguaciles acudieron y entre las ropas del muerto encontraron un documento que lo acreditaba ser don Alonso García de Quevedo.

Cuando el sobrino de fray Tolentino se enteró de la muerte de don Alonso acudió al tribunal del Santo Oficio, pero pese a que llevaba consigo el testimonio del viejo libro donde se asentaba el relato de su tío, nadie le creyó.

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