En pirules del Callejón del Ramillete colgaron a revolucionarios y cristeros

Para muchos guanajuatenses es común transitar todos los días por los famosos callejones que hay por toda de la ciudad, unos más largos y anchos que otros, pero todos con formas muy extrañas que dejan con la boca abierta a más de un turista y hasta los propios locales, que no pueden creer la fisonomía con la que están construidas estas callejuelas.

En distintos lugares del Centro Histórico de nuestra capital algunos callejones tienen el mismo nombre, pues tienen un gran parecido que hasta podría confundirnos fácilmente, y es por eso que muchos de los visitantes que llegan en época de vacaciones se enredan tanto con las explicaciones que prefieren tomar un taxi para llegar a su destino sin complicaciones.

Por ejemplo el Callejón de las Ánimas tiene su similar, pues cerca del Mercado de Gavira se encuentra uno y casi junto a la Plaza de Mexiamora está otro; también el del Infierno tiene su gemelo: cerca de El Hinojo se encuentra el que la mayoría conocemos y temerosos pasamos por ese lugar de noche, pues todos sabemos de su leyenda, pero en el Paseo de la Presa hay otra callejuela con el mismo mote.

En el mero centro de la ciudad hay también un pequeño pasaje llamado Callejón del Ramillete, que comunica las plazuelas de San Fernando y San Roque, mientras que cerca del famoso y romántico Jardín del Cantador hay otra callejuela con el mismo nombre que el anterior, siendo éste muy poco conocido por propios y extraños.

Muchos suponen que esta rúa del Ramillete es una privada y que no tiene salida como sucede con su vecino Callejón de los Changos, pero la realidad es que esta callejuela que sugiere un racimo de flores conduce hasta el Callejón del Consoladero y al barrio de San Cayetano, aunque tiene edificadas solamente siete casas y es muy peculiar por tener las escaleras muy cortas.

Se puede decir el Callejón del Ramillete es uno de los más jóvenes de la ciudad, pues antes de convertirse en una vialidad ahí solamente había pirules y un terreno en donde fue construido, allá por el año de 1885, uno de los fortines de la ciudad, con más de dos metros de ancho y unos cinco de altura, que era utilizado para guardar armas y tesoros robados que fueron utilizados en la época de la Revolución.

También algunos de los guanajuatenses viejos platican que en los terrenos donde hoy es el Callejón del Ramillete todavía se encuentran algunos pirules que en las épocas de la Revolución y de la Guerra Cristera fueron utilizados para colgar a mucha gente.

Para el año de 1952 la maestra María Luisa González Valverde adquirió aquellos terrenos por la cantidad de $500,00 de aquel entonces, y con el paso del tiempo fue vendiendo en partes a seis familias que se alojaron algunos años después.

Ya estando habitado el lugar, vecinos y transeúntes lo fueron nombrando como el Ramillete, por tener su forma como si fuera un pequeño ramo de flores, y hasta la fecha es conocido con ese mote.

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