Están en peligro de extinción los boleros de la capital

El cambio de moda, la pérdida de tradiciones, así como la reubicación de varias oficinas de gobierno y  del Poder Legislativo, tiene sumida en una seria crisis a la industria del aseo de calzado  en la ciudad de Guanajuato capital.

De los 24 lustradores de calzado que hace apenas unos años atrás se ganaban la vida en el tradicional y emblemático Jardín Unión, su número se redujo en un 50 por ciento.

Ante la drástica caída de sus clientes, se han visto en la necesidad de alternar su trabajo de boleros con otras actividades, con el fin de asegurar el sustento y sacar adelante a su familia.

Algunos se han visto en la necesidad de trabajar en la mina, otros más a las fábricas que se han instalado a  lo largo y ancho del corredor industrial ubicado en el vecino municipio de Silao, pues ya todos están casados y tienen dos que tres chilpayates.

Durante la época de las vacas gordas, los boleros cuevanenses no dejaban su día por cuando menos  20 boleadas. Pero hoy en día hacen de 10 A 12 boleadas, por las que cobran 20 pesos.

Su desventura, por así decirlo, comenzó con la desaparición del tradicional baile del Día del Estudiante, según Raymundo Granados, hijo de Concepción “El Chon” Granados, uno de los primeros boleros que llegó a ganarse la vida al Jardín Unión.

Con un dejo de tristeza, recordó que previo al baile, no se daban abasto dándole bola a los zapatos de los estudiantes que con dicho motivo de vestían de parafina. Iniciaban su trabajo a las ocho de la mañana y terminaban hasta la una de la mañana del día siguiente.

Pero su mal apenas comenzaba, con el cambio de la moda, el uso de los zapatos ha ido en decadencia. Ahora, los jóvenes, han cambiado los zapatos por  tenis, por huarache,  chancletas y por otro tipo de calzado que no requieren de sus servicios.

Pero aún vendría lo peor, según el ángulo por donde se le quiera ver. Con la reubicación de las oficinas de Educación y Turismo del Estado, que funcionaron  en la calle de Alonso y a un costado de la casa municipal, la falta de clientes se agudizo.

Y para redondear el cuadro o su mala pata, añadió don Raymundo Granados, quien llegó al jardín a la edad de los seis años para ayudarle a su papá, su clientela gubernamental se terminó, con la reubicación del Congreso Estatal.

Antonio Abúndiz Ramírez

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