Vivió Guanajuato hace 116 años una de sus más devastadoras inundaciones

Muchas han sido las calamidades que desde su misma fundación ha sufrido la ciudad de Guanajuato, debido a su peculiar ubicación en el fondo de una cañada hacia donde corren impetuosas las corrientes de los ríos que se forman en las montañas. Pero de todas estas tragedias, destaca la inundación del 1 de julio de 1905, cuyas proporciones superaron en mucho lo imaginable y que representó una de las más devastadoras que hayan ocurrido a lo largo de la historia de esta ciudad mártir.

En los días anteriores a esa tragedia Guanajuato disfrutaba sus clásicas Fiestas de San Juan, para las cuales la ciudad se había puesto su espléndido traje de gala como correspondía en aquella época cuando la celebración revestía una gran importancia; las calles presentaban ese aspecto abigarrado, alegre, bullicioso que tiene algo de locura del carnaval y mucho del perfumado aliento de la Primavera. Fue entonces que la Naturaleza sorprendió a los guanajuatenses en pleno regocijo y descargó su furia sobre la ciudad.

Comenzó con un meteoro de esos que los conocedores llaman tornado y que tienen por origen la desigualdad de los vientos alisios que corren sobre la sierra, y que dejó caer sobre la ciudad y sus alrededores un terrible aguacero cuyo radio de acción fue relativamente vasto, pues mientras en la periferia el agua azotaba con terrible furia –como en la Calzada de Guadalupe donde el tornado desgajó árboles y tumbó casas–, en la zona centro la lluvia fue de menor intensidad y en el Barrio de Pastita casi fue imperceptible.

De los cerros de la Presa de la Olla y de los barrios altos de la ciudad comenzaron a descender verdaderos torrentes que buscaban impetuosos el nivel de la parte baja, o sea el río y las calles del centro. El fenómeno duró aproximadamente una hora.

Las vertientes de la Presa Chiquita, o San Renovato, condujeron caudalosos torrentes que en pocos momentos la desbordaron, destruyendo la parte alta de su cortina; llenaron inmediatamente el túnel que va a la Presa de la Olla bajo el Parque de las Acacias y desbordadas corrieron por las calzadas que van por ambos lados de esta última presa.

Allí el torrente fue engrosado por el agua que rebosaba por encima de los muros de la Presa de la Olla y por la impresionante catarata que salía por encima de su cortina, lanzándose a los jardines, a la explanada, y convirtiendo las calles en cauce se lanzó por los Garridos hasta llegar a San Agustín (zona que hoy conocemos como El Cambio) donde se unió al terrible torrente del Monte de San Nicolás.

Hasta ese momento ya el agua había ocasionado serios estragos, pues como ya dijimos, derribó la parte alta de la cortina de San Renovato y parte de los bordos del ala izquierda de la Presa de la Olla; arrasó los tres jardines, se llevó los motores de los caballitos y de la rueda de la fortuna, enterrándolos profundamente en el suelo, destruyó la línea de tranvías y arrastró éstos con todo y los tiros de mulas, ocasionó varios desplomes en casas y arrebató algunos individuos que perecieron.

En San Agustín el río recobró su lecho y sólo una parte de las aguas corrió por San Sebastián y la Sangre de Cristo, causando algunos daños como tumbar postes, arrastrar animales y desplomar algunas casas, además de sembrar el terror entre los vecinos y transeúntes que por allí andaban a esas horas.

Junto al Cuartel de San Pedro, alojamiento del Primer Batallón del Estado, había un puente sumanente bajo y estrecho que comunicaba la calle de la sangre de Cristo con El Campanero. La violencia de las aguas lo hizo estallar hundiendo con horrible estrépito las casas cercanas, inundando el Cuartel y poniendo en peligro la vida de la tropa que apenas tuvo tiempo de huir. El edificio quedó destruido, los almacenes del Gobierno quedarona aniquilados y muerto el infeliz cabo Manuel Rodríguez. Todas las armas, uniformes, equipos, etc., desaparecieron.

El agua salió a engrosar la corriente formando un conjunto amenazador, y en pocos momentos las vigas y escombros de las casas que derribó formaron una barricada o barrera a la entrada de El Campanero impidiendo el libre curso del torrente por esa calle, lanzándola así a sembrar el estrago y la muerte por Matavacas. En el recodo de esta calle el agua derribó desde los cimientos las casas que se le oponían como obstáculos, mientras el torrente devastador siguió su curso yendo un poco más adelante, en el Barrio del Hinojo, a escribir la página más negra de esta inundación.

La corriente penetró impetuosa barriendo primeramente el puente, y en un momento el barrio entero, conmovido por el impresionante choque, vio sus casas vacilar, arrancarse de sus cimientos, desplomarse todas, una por una, desapareciendo con sus habitantes en el negro hervidero. Allí se desarrollaron las escenas más patéticas de esta catástrofe, donde familias enteras perecieron ahogadas o aplastadas por sus casas.

La corriente se bifurcó por Sopeña y Cantarranas, y en esta última fue engrosada por las corrientes de otros ríos que bajaban del cerro, y que contenidas apenas por las casas de esa calle no tardaron en ceder a la fuerza de las aguas y lanzar al impetuoso torrente escombros, muebles, vigas y cuerpos humanos y de animales, elevando el nivel de la inundación a casi dos metros.

En el Puente del Rastro (adelante del Teatro Principal) parte del agua tomó el rumbo del Jardín de la Unión para ir a unirse a la corriente que bajaba por Sopeña, y la otra se dirigió a la Plazuela del Baratillo a juntarse con la que bajaba por los arroyos de San José y la Cañada de Robles, formando un impresionante lago de más dos metros de profundidad.

Por el Hotel Español salía un verdadero torrente cuyo primer choque arrancó el pesado y inmenso portón, mientras que por el puente azolvado y bajísimo saltó el agua, arrebató las mesas de billar, comedores, etc., y subió casi al segundo piso. Enfrente, la cantina “La Revoltosa” acabaca de desplomarse y daba también salida al agua del río.

El Jardín de la Unión era una inmensa laguna, donde el agua, a la altura de las puertas, había arrebatado los postes de hierro del alumbrado eléctrico, las bancas, el barandal de hierro del atrio del templo de San Diego y todo a lo que a su paso encontró. En ese lugar fue encontrado al día siguiente un tranvía y sus mulas ahogadas.

En la Calle Nueva, El Truco, Plazuela de La Compañía el nivel del agua llegaba hasta los balcones, en tanto que las colas de agua se prolongaban a los altos de la Calle del Sol, la Tenaza (frente a la Notaría Parroquial) y la Plaza Mayor.

Con terrible furia el agua se estrelló en el Palacio Municipal y penetró por el Callejón de los Arcos a la calle de Alonso ya invadida por el otro torrente. Se añadieron allí los arroyos que desembocan de todas las calles altas, y ese formidable volumen de agua corrió por las mencionadas calles de Alonso hasta Los Angeles, Belén y Calzada de Guanajuato produciendo desplomes sin cuento, sembrando cadáveres, arrebatando tranvías, carruajes, montones de vigas y esparciendo la ruina en toda la extensión de tan vasto trayecto.

Las bardas de la Calzada de Guanajuato cedieron al impuslo de la corriente y allí el río recobró su cauce hasta derribar una maderería en El Cantador y desbordarse así de nuevo. El agua rompió el fuerte barandal de hierro del Jardín, penetró en él y en el Abasto Municipal llevándose las casas cercanas. Poco después azotó con increíble fuerza al depósito de tranvías y se llevó el piso y cuanto coche se encontraba en él.

De allí la corriente, disponiendo de más amplio cauce a todo lo largo del camino de Marfil, removió enormes peñascos, deshizo la vía férrea, desencajó los puentes, inundó y destruyó las antiguas haciendas de beneficio y dio el golpe de gracia al pueblo de Marfil, terminando su ruina y coronando así la obra de la inundación ocurrida un día antes. Después de destruir las estaciones y la vía del ferrocarril de San Gregorio y del Central, fue a perderse en los campos a sorprender labriegos y viandantes y a seguir su mortífera obra.

Este es, a grandes rasgos, el camino seguido por las aguas aquel nefasto 1 de julio de 1905.

Como se ve por lo antes expuesto, la ciudad entera fue recorrida del uno al otro extremo por la funesta avalancha y herida en su corazón, en sus barrios más populosos e importantes, vio arrebatada su riqueza, paralizada su actividad y arruinado su comercio.

Hubo en los hogares huecos irreparables, lágrimas en los ojos, montones de escombros en las calles, cadáveres en el lecho del río y amargura en todos los corazones. Y lo que es peor aún, la sombra de nuevos peligros, suspendida amenazadora sobre su cabeza. Bien pudo decirse que al bajar las aguas sólo pudo contemplarse el cadáver de la población envuelto en su asqueroso sudario de fango cenagoso.

CON DATOS DEL LIBRO “LA INUNDACION DE GUANAJUATO”, DE JOAQUIN G. Y GONZALEZ, EDITADO POR JESUS RODRIGUEZ EN 1905.

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