Las epidemias en la ciudad de Guanajuato

Dr. José Eduardo Vidaurri Aréchiga

Cronista municipal de Guanajuato.

 La COVID-19 es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.

Así define la Organización Mundial de la Salud a esta enfermedad que se ha dispersado prácticamente por todo el orbe y que ha encendido las alarmas por representar el brote pandémico más significativo de los últimos tiempos.

En las siguientes líneas mostraremos, de manera escueta, algunas referencias históricas sobre las principales epidemias que han tenido presencia en la ciudad de Guanajuato entre los años de 1575 y 1919, justo hace 100 años. Hagamos pues un breve recorrido para conocer cómo hemos luchado a través del tiempo para preservar la salud pública en caso de epidemias.

¡Quédate en casa¡

1575 Salmonella enterica o Cocoliztli

Las minas de Guanajuato se habían descubierto recién entre 1548 y 1550, el fortín de Santa Fe empezaba a aglomerar a un conjunto de pobladores que serían los pioneros, los que dieron lugar a la existencia de nuestro querido Real de Minas de Santa Fe de Guanajuato. Apenas habían pasado 27 años de esos acontecimientos cuando hizo su presencia la primera y terrible epidemia, al parecer de cocoliztli o salmonella que acabó con gran parte de la población indígena de la Nueva España.

En la primavera de 1575, refiere el padre Jesuita Francisco Xavier Alegre, comenzó una terrible peste en la ciudad de México que muy rápidamente se expandió por todos los territorios y que tuvo efectos fatales que se dejaron sentir, principalmente, en la población indígena. La expansión de la peste alcanzó por supuesto a las nacientes poblaciones del territorio del obispado de Michoacán, aunque los efectos fueron menores debido a la atención sanitaria y humanitaria que pudieron proporcionar los hospitales que se habían fundado a lo largo y ancho del territorio del obispado (Marmolejo: T.1. p: 126).

De acuerdo con una estimación elaborada por el padre Juan Sánchez, quien fue testigo de vista y uno de los personajes más activos que atendieron a las victimas, estimó que la peste causó la muerte de más de dos terceras partes de los naturales de América (unos dos millones de indígenas). La mortalidad experimentada fue tan elevada que los templos fueron insuficientes para servir de camposantos y fue necesario cavar gigantescas fosas; las casas se cerraban y se quemaban pueblos enteros para tratar de detener la terrible calamidad, faltaron las medicinas, los alimentos y se vivió entonces una espantosa situación que aterrorizó y enlutó a nuestros antepasados. (Marmolejo: T.1. p: 126).

Un año después, se fundaba León. 20 de enero de 1576

1706 Viruelas

La historiografía local registra, aunque con muy poca información, una nueva peste de viruelas, ciento treinta y un años después, es decir hasta el año de 1706, misma que causó terribles estragos en la población local. (Marmolejo: T.2. p: 2).

1736 – 1737 Tifus

Para el año de 1736 la peste de Matlazahuatl (Tifus) se hace presente en toda la Nueva España y en nuestra población, no tenemos mucha información sobre el número de victimas mortales en Guanajuato, pero sabemos que en la Ciudad de México fallecieron 40157.

La Villa de Santa Fe de Guanajuato está solicitando ya su elevación al rango de ciudad. (26 de febrero de 1737)

1762 Tifus (Tifoidea)

Mayo de 1762 fue el mes en el que otra terrible epidemia se expandió con sorpresiva rapidez por todos los territorios de la Nueva España. En esa ocasión se trató de la epidemia del Tifus conocida también como el Matlazahuatl la cuál afectó, de manera terrible, a la población guanajuatense.

Lucio Marmolejo logró recuperar en sus “efemérides” una extraordinaria y fantástica anécdota de algo que ocurrió en esa epidemia. La narración refiere que, durante los momentos críticos, cuando la enfermedad hacía más estragos en la población de Guanajuato y los minerales próximos a la ciudad, apareció un indio de mirada viva, robusto, de baja estatura, de unos 40 años. El indio misterioso se acercaba a los enfermos, principalmente a los más jóvenes y a los más pobres, les restregaba una pócima con sus manos, lo que popularmente denominamos una friega, y luego les daba a beber, dos veces al día, otra pócima o jarabe también misterioso, así fue como ese indio curó a muchos niños de ambos sexos.

La autoridad veía con sorpresa las buenas acciones del indio, hasta que la desgracia le llevó a ser llamado por un vecino rico y poderoso que le encomendó, por el amor de Dios, curar a su pequeño hijo que se había infectado. Pero, por desafortunadamente, luego de que el indio le aplicó sus remedios, el pequeño murió y el padre acusó ante las autoridades al indio de haber matado a su hijo.

El indio fue apresado, pero el Alcalde mayor, sensibilizado, le ofreció dejarlo libre para que continuara haciendo su labor curativa si le confesaba que ingredientes contenían las enigmáticas pócimas que aplicaba. El indio con resistencia le confesó que la friega contenía romero molido, sal, manteca y ruda, mientras que el jarabe era de una infusión de “hipazote” y de unos polvos que… por ningún motivo diría de qué eran.

El indio era tarasco, de una familia de Uruétaro y trabajaba para su señor Juan José Alonzo. El indio estuvo preso por más de un mes hasta que decidió huir y establecerse en la Hacienda de Burras donde se dedicó al cultivo de diversas plantas. Otro tiempo lo pasó en Angangueo y ya unos 15 años después regreso a burras muy enfermo donde le confesó antes de morir a su pariente, Nicolás Olmos, que el polvo de la pócima para curar la enfermedad del Matlazahuatl era de víbora Tlachialica que llaman vulgarmente de cascabel cocida en tlachotli que la gente llama hipazote. (Marmolejo: T.2. p: 104 y 105).

Sobre la terrible epidemia de Matlazahuatl de ese catastrófico año de 1762, el sacerdote Jesuita Juan de Dios Fernández de Sousa, primer párroco de la ciudad registró en su famosa CARTA CONSOLATORIA, algunos notables aspectos.

Refiere, por ejemplo, que a pesar de tener nueve ministros del culto y la ayuda de los franciscanos descalzos del convento de San Diego y, los religiosos de la Merced de Mellado, además de diversos religiosos que atendían los templos de Guanajuato, no se daban abasto para atender a los enfermos que requerían los santos sacramentos. Se practicaban al día, dice, 400 confesiones y… el “viático” o administración del sacramento alcanzaba el número de 200.

Cada día morían unos treinta o unos cuarenta o más, hasta alcanzar tres mil como cifra final. Los primeros en morir fueron los niños seguidos de los sectores más pobres, los menesterosos.

En efecto habían escaseado los alimentos y las medicinas. Funcionaba entonces ya el hospital de Belén aunque resultó insuficiente y sería, a propósito de la epidemia que referimos, que fue ampliado en dos salones, de manera expedita, con las donaciones de todos los vecinos.

Quiero destacar que el poderoso platillo que mantuvo activos y con vigor a los religiosos responsables de la atención de los enfermos, fue el popular puchero que llamaban “Olla” y que, por cierto, se preparaba con lo que hubiese de verduras o legumbres como el garbanzo que da mucha energía, era un platillo preparado a la medieval manera de la famosa “olla podrida” que es, en realidad, una deformación de la olla poderida (de los poderosos o que da poder). Aunque dicen las crónicas que muchas veces los frailes, en un gesto de generosidad preferían ceder la porción a los enfermos.

Esto que describimos es una de las muchas razones del por qué los guanajuateños amaban a los religiosos y en especial a los padres jesuitas. Hay que referir también que, en esa época, estaban aún construyendo su templo que fue dedicado en 1765.

1786 Malaria (Paludismo)

Otro terrible episodio fue el que se vivió en el año de 1786 cuando coincidieron inevitablemente dos circunstancias. Primero y derivado de una helada que ocurrió en agosto de 1785, se perdió la cosecha que garantizaría el abasto para el año  de 1786, razón por la que fue bautizado el 1786 como EL AÑO DEL HAMBRE, segundo y para hacer más crítica la situación fue la aparición de la peste.

Los pocos alimentos que había se encarecieron o se alteraron, hubo mucha especulación y múltiples motines en las alhóndigas que entonces existían en la ciudad, eso sumado a la peste, provocaban las más tristes y terribles escenas en las calles y callejones de la ciudad en donde, refiere don Lucio Marmolejo… “caravanas de miserables deambulaban de un lado para otro pidiendo, por el amor de Dios, un pedazo de pan, mientras que otros caían muertos a los ojos de todos…”

El número de muertos fue tan elevado que se hizo necesario aplicar en el panteón de San Sebastián un atierre que permitiera elevar su nivel y poder sepultar más muertos.  A pesar de ello los olores que sofocaban la ciudad eran tan  insoportables que se creía que los mismos propagaban la enfermedad. Según el Barón Alexander Von Humboldt, el número de muertos en Guanajuato superó los 8,000.

1797 Viruelas

Hacia el mes de octubre de 1797 comenzó, en la intendencia de Guanajuato, una peste de viruelas tan alarmante que provocó que los fieles sacaran en procesión a la imagen de la Virgen de Guanajuato para que, por su intercesión ante Dios, se aliviara la enfermedad que azotaba a la población.

Para mitigar los efectos, el apreciado intendente, Juan Antonio de Riaño y Bárcena, estableció una serie de medidas entre las que destacó el uso, por primera vez en Guanajuato, de la inoculación, es decir, la práctica de introducir en el enfermo, una sustancia que contiene los gérmenes de la propia enfermedad.

La medida, al principio, no tuvo aceptación en la sociedad. Además, el intendente propuso la disposición de un sitio especial para confinar a los contagiados; se aplicó la suspensión de la comunicación con otras poblaciones afectadas y se dispuso del entierro inmediato de los difuntos. Se encendían hogueras para purificar los vientos, se ahumaban los despachos que portaban los correos para erradicar el virus y se dotaba a los mensajeros de una vestimenta que deberían utilizar exclusivamente en el trayecto ya que no podían entrar con ella a otras poblaciones.

Para hacer efectiva la inoculación, el intendente convocó a una reunión a los médicos de la ciudad y sus ayudantes, y les ordenó visitar, de manera ordenada, todos los domicilios que se ubicaban en los diferentes cuarteles y manzanas en que había dividido la ciudad. La labor tomó a los galenos y sus equipos 45 días.

Más aún, para motivar a la población a aceptar la inoculación, el intendente Riaño inoculó en un acto público celebrado en la plaza mayor a sus propios hijos. El intendente se ocupó entonces de estar al pendiente de toda la población y de que la asistencia que ofrecían los médicos y el equipo sanitario fuera la adecuada.

Finalmente, en la ciudad se contabilizaron 13,185 infectados, de los cuales se inocularon 11,015 y quedaron con viruelas naturales 2,958. El resultado fue que de los inoculados fallecieron 85, mientras que de los no inoculados fallecieron 840. La peste con las providencias tomadas se extendió hasta el mes de febrero del año 1798 que desapareció por completo, es decir, duró cinco meses y resultó evidente que la inoculación permitió tener, en lo posible, felices efectos.

En diciembre de 1797 se comenzó a construir la Alhóndiga de Granaditas. El prestigiado médico Francisco Javier de Balmis visitó la ciudad en 1804

1833 Cólera Morbus

Corría el mes de junio de 1833 cuando se empezaron a sentir en la ciudad de Guanajuato los efectos de la epidemia de Cólera Morbus que desde meses atrás venía avanzando por diferentes poblaciones de la república.

Un mes después, el 7 de julio, se efectuó una impresionante procesión encabezada por las milagrosas imágenes de la Virgen de Guanajuato y del Cristo de Villaseca, con el propósito de clamar piedad ante los estragos que causaba la epidemia de cólera morbus que había ya invadido la ciudad.

Para el mes de septiembre la población había sido ya severamente afectada, el hospital de belén no se daba abasto al grado que las tropas militares habilitaron el templo de Loreto, cerca del de San Francisco, para trasladar en carros ambulancia a los enfermos y cuidarlos ahí. Igualmente el panteón de San Sebastián se saturó rápidamente a pesar del nuevo atierre y, por lo tanto se habilitó al efecto un nuevo camposanto en San Cayetano. (Marmolejo: T.3. p: 245).

Cólera Morbus

Remontémonos al mes de marzo de 1850 cuando la ciudad de Guanajuato padeció, de nueva cuenta, los efectos de la epidemia de cólera morbus, aunque es verdad que se sintieron con menor intensidad que en 1833. Al respecto el reconocido profesor Mathieu de Fossey (fundador de la escuela normal de Guanajuato) dejó un testimonio e su obra “El México” donde refiere que sorpresivamente los daños fueron muy bajos a diferencia de lo que ocurrió en los puntos más sanos y elevados como Mellado y Santa Rosa. (Marmolejo: T.3. p: 312).

Por cierto, el 29 de marzo de 1850 fue Viernes Santo, la epidemia se encontraba en su punto más alto y para evitar una propagación mayor se suspendieron todas las actividades de la Semana Santa como las procesiones y celebraciones litúrgicas. (llovió y nevó)

Escarlatina

1916 Tifo.

En el año de 1916 se desató una epidemia de tifo en la ciudad de Guanajuato, en un periodo en que se atravesaba por una de las más profundas crisis económicas generadas por la Revolución mexicana que estaba aún en curso. Los artículos básicos se encarecieron y la miseria se propagó con rapidez. Las autoridades impusieron estrictas medidas higiénicas para evitar la propagación de la enfermedad.

Por ejemplo, se colocaba en las puertas de las casas en donde había un infectado un letrero que rezaba así:

“Consejo Superior de Salubridad”

GUANAJUATO

En esta casa se encuentra un enfermo infeccioso; por tanto

Se prohíbe terminantemente que personas ajenas al cuidado del

Enfermo penetren a la habitación para evitar la propagación

De la enfermedad.

Se prohíbe la destrucción de este aviso, haciéndose responsables

de su conservación a los habitantes de la casa.

Entre las victimas de esa epidemia estuvo el tesorero general del Estado Don Juan Castillo, el médico Joaquín Hernández de la Garza; el tesorero municipal Alberto Martínez; el señor Alfredo Ramírez que fuera Mayor del Estado Mayor del gobernador; el doctor Luis Cruces que auxilió en todo momento a los enfermos; el presbítero Eusebio Villalobos y la señora Matilde Guerrero esposa del magistrado del supremo tribunal don Alberto Leal. Por referir algunos. Para atender a los pacientes se instaló un lazareto en San Javier que estuvo a cargo del doctor Luis P. Bustamante.

La influenza española

El 26 de octubre de 1918 se registraron en la ciudad los primeros casos de la “Influenza Española” que ya había registrado un número importante de victimas en ciudades como León, Irapuato, Silao y naturalmente Guanajuato capital.

En tiempo recientes, en el año 2009, vivimos la epidemia de influenza H1N1 que dejó en la entidad un saldo final de 1232 contagiados de los cuales fallecieron 31 contagiados. Una de las acciones que previno en aquella epidemia un mayor número de contagios fue la confinación de todos en nuestros hogares.

Ahora estamos, de nueva cuenta, con la oportunidad de frenar el número de contagios y poder enfrentar de mejor manera la pandemia mundial de COVID 19, así que lo mejor para todos es quedarnos en casa, en la medida de lo posible y seguir puntualmente las indicaciones de las autoridades y administrar de manera inteligente nuestro tiempo.

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