“México será el mismo de antes de Tlatelolco y después quizá siga siendo el mismo”: Díaz Ordaz

El tiempo no se detiene, sigue su curso. Han pasado 53 años desde aquel inmemorable día de otoño del 68, pero –la represión del poder parece haberse quedado inmóvil. Ciertamente el tiempo pasa, pero no se olvida, no cicatriza la herida al pueblo de México, la matanza del dos de octubre de ese año.
“El pasaje mexicano huele a sangre”, había dicho una mañana de 1915 el presidente Eulalio Gutiérrez a José Vasconcelos, sin saber que por él hablaba la voz de un poeta náhuatl:
Y el olor de la sangre mojaba el aire, y el olor de la sangre manchaba el aire.
…Y esto sucedería en 1968, el 2 de octubre.

México sigue siendo el mismo del 68: reprimido (ahora por la corrupción, la inseguridad y la pobreza y marginación); la escenografía diferente, lo mismo que los actores, pero el guion de la obra trágica, el de siempre, el del 68 y el del 98 y sus años intermedios, poco ha cambiado.

Ya no es la protesta de los movimientos estudiantiles de la gran urbe de la legendaria Tenochtitlán. Los gritos del ¡ya basta! Son ahora en calles y veredas del territorio mexicano, en donde sus habitantes no claman, sino exigen fin a la corrupción, a la marginación y a las “crisis” económicas sexenales. Demandan solo estabilidad.
Una oración y una condena a los sacrificados y al alto poder de los movimientos estudiantiles del 2 de octubre de 1968.

Con motivo del 53 aniversario de la matanza de Tlatelolco hacemos una reflexión y recordamos los sangrientos sucesos. Para ello contamos con la colaboración del historiador Enrique Krauze que en su libro La Presidencia Imperial incluye el capítulo Sacrificio en Tlatelolco.

Sacrificio de Tlatelolco

Faltaba una semana para la inauguración de los Juegos Olímpicos. La mañana del 2 de octubre, tres líderes habían entablado en casa del rector Barros Sierra las primeras pláticas oficiales con dos representantes del presidente: Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez. El movimiento estudiantil declinaba de manera evidente. Mermados y golpeados como nunca antes, los líderes que permanecía niveles convocaron a un mitin en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Llamada así por reunir en un mismo conjunto una serie de edificios habitacionales modernos para la clase media trabajadora, construidos al lado de una antigua zona prehispánica y una iglesia colonial cargada de historia. El lugar fue elegido de manera natural. Desde el comienzo del movimiento hasta el 2 de octubre se habían realizado ahí ocho mítines. Los habitantes del lugar apoyaban a los estudiantes. La cita era a las cinco de la tarde.

Desde la mañana los tanques habían apostado en los alrededores. Recargados en ellos, los soldados limpiaban sus bayonetas. A pesar de la creciente violencia de los últimos días, los líderes no consideraban particularmente extraña o peligrosa la presencia militar. Después de todo, los tanques y los soldados habían estado presentes siempre, desde aquella remota marcha del rector. Se preveía que el acto fuera rápido. El movimiento se recuperaba apenas de la ocupación del ejército a las escuelas y no había que correr mayores riesgos. Por orden expresa del CNH, sólo los pocos líderes que iban a hablar debían acudir al mitin. Pero el fervor o la esperanza de continuar la lucha concentró a todos en el mismo sitio, junto a los aparatos de sonido y los micrófonos, en el tercer piso del edificio Chihuahua.

Había entre 5 y 10 mil personas en la plaza. Los jóvenes se veían felices. Muchos se habían sentado o acostado cerca de las ruinas prehispánicas, no lejos del antiguo Templo Mayor y el osario, o tzompantli, de aquella que había sido la segunda ciudad en importancia de los mexicas. A un lado estaba la iglesia de Santiago Tlatelolco, donde Fray Bernardino de Sahagún había establecido a mediados del siglo XVI su escuela para la nobleza indígena.

Algunas personas notaron presencias extrañas, jóvenes “muy pelones” con un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda rondando el edificio. De lejos, el ejército vigilaba. Lo comandaba el general José Hernández Toledo, el mismo que había encabezado la toma de la Universidad de Morelia en octubre de 1966, la irrupción de la preparatoria al principio del movimiento y la ocupación de la UNAM el 18 de septiembre. Alguien advirtió al líder que fungía como maestro de ceremonias que se apresurara. Había que acabar rápido, dispersar a la gente antes de que algo inesperado sucediera. De pronto, los hombres del guante blanco aparecieron en escena. Habían subido por las dos escaleras de acceso hasta el 3er piso e hicieron que los líderes se tiraron al suelo. Eran aproximadamente las seis y veinte de la tarde. “Los dos helicópteros que sobrevolaban la plaza recuerda Guevara Niebla habían tomado una actitud hostil y provocadora volando a muy baja altura y en círculos cada vez más cerrados”. Eran, al parecer helicópteros artillados. De pronto, lanzaron unas luces de bengala, “una roja y una verde” (otras versiones aseguran que una bengala salió de la iglesia). Se oyeron gritos: “Permanezcan tranquilos, no corran”, entonces empezó la balacera.

Nunca he visto disparar así sobre una multitud, escribiría Claude Kiejman, corresponsal de Le Monde que presenció los hechos. Los muchachos de guante blanco que él creía estudiantes lo hicieron guarecerse en un departamento repleto de policías. Los del guante blanco entraban y salían continuamente del departamento. A uno de ellos se le oyó decir: “Hace 24 horas que recibimos la orden de venir aquí con algo blanco la mano, sin papeles, con nuestra pistola”. Era el batallón Olimpia, entrenado especialmente para la seguridad durante los juegos olímpicos. “al lanzamiento de una luz de bengala, como señal previamente convenida declararía uno de sus miembros, Ernesto morales Soto, deberíamos de apostar más en ambas puertas (del edificio Chihuahua) e impedir que entrara o saliera persona alguna.

Gilberto Guevara Niebla vio a los miembros del batallón Olimpia disparar contra la multitud con “decenas de pistolas, ametralladoras, fusiles de diversos calibres”. Frente al edificio, el ejército comenzó a avanzar información de combate. Las bengalas habían sido su señal de avance.

Atrás del edificio Chihuahua también había ejército. Iba a avanzar bajo el edificio que está montado como en zancos. Entonces hubo un momento en que los que estaban disparando desde el barandal en el 3er piso, hacia abajo, con armas de grueso calibre, con pistolas oficiales, le dieron a soldados que en ese momento traspasaron el borde del edificio… Los soldados entonces empezaron a disparar al batallón Olimpia. Fue una operación desastrosa desde el punto de vista militar, absurdamente concebida. Nadie sabía de los demás: ni los judiciales del Olimpia, ni el Olimpia del ejército, no tenían manera de comunicarse… Llegaron al extremo de tirarse al suelo ya balaceados por el ejército que avanzaba gritando, y decían en coro “batallón Olimpia”. No tenían otra manera de hacerle saber al ejército que “somos militares especiales”.

Abajo, en la plancha de la plaza, la gente se dispersó aterrorizada. Una ola humana incontrolable y empavorecida corría del edificio Chihuahua hacia el extremo opuesto sólo para encontrar el avance de los soldados regresar una y otra vez, hasta encarar la posible muerte por un balazo, por aplastamiento o por bayoneta. Una lluvia de balas caía sobre la plaza. “Los cientos de muertos apunta González de Alba vinieron de que el ejército respondió a los tiros que no sabían de dónde venían”. El testimonio de un soldado lo confirma: “Cuando iba caminando, oía varios disparos de arma de fuego que provenían de lo alto de varios edificios, en contra mía y en contra de los demás elementos de mi unidad”. Uno de esos tiros había herido en el momento inicial de la refriega al general Hernández Toledo. De inmediato fue llevado al hospital.

La bala en el cuerpo de Hernández Toledo era del calibre 22. Uno de los miembros del batallón Olimpia increpó por algún motivo a un estudiante herido e hizo referencia a las “balas 22… De las que dispararon tus amiguitos, ¡Escuincle pendejo!”. La consigna era obvia. Había que aparentar que quienes iniciaban la balacera eran estudiantes y sólo un estudiante podía cargar una pistola de calibre tan bajo. Quizá por eso la bala dirigida contra Hernández Toledo había sido calibre 22.

El fuego nutrido duró 62 minutos, recuerda un testigo: “En algún momento la tormenta de balas amainó –señalado Eduardo Valle, se desató una nueva granizada de balas… Se escuchó un disparo normalmente fuerte… Una tanqueta”. Eran las 7:15. Vino un segundo tiroteo que duró hasta las once de la noche. Toda esa noche y aun al día siguiente, se seguían escuchando tiros aislados. En la operación, ejecutada por unos 5000 soldados, se usaron pistolas, ametralladoras, tanquetas y bayonetas. Se dispararon aproximadamente 15000 balas. Los detenidos esa noche fueron más de 2000. Muchos fueron desnudados, golpeados, vejados.

Hubo consigna clara de no dejar huella. Se apagaron las luces y se cortaron los teléfonos del circuito. “los elementos del ejército amenazaron a los fotógrafos con despojarlos de sus cámaras si imprimían alguna placa”, reportaba el periódico “ La Prensa”. A un periodista extranjero hicieron incisiones, con bayoneta para que soltara su film. Se prohibió incluso el auxilio de las ambulancias: “¡No dejan entrar a las cruces!” llegaron aullando como locas. Las detuvieron; les pidieron que apagaran su sirena, su luz. El bloqueo informativo incluía los hospitales: en el sanatorio Rubén Leñero “era literalmente imposible para la gente que deseaba ver a sus allegados pasar al interior del nosocomio, pues la policía lo estaba impidiendo”. Sólo quedaron las voces aisladas y brutales de los asesinos, y las frases y testimonios conmovedores de los deudos, de los testigos, de los líderes apresados, recopilados todos por la escritora Elena Poniatowska en homenaje a los caídos.

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