Se acabó el oro y quedó desierto el pueblo de Aranzazú, Zacatecas

A siete kilómetros de la cabecera municipal de Concepción del Oro, municipio enclavado en el semi desierto zacatecano, el lugar está rodeado por el cerro del Hundido y a un costado del cerro del Temeroso, que inertes vigilan el paso del tiempo en la región.
Construido hace más de 100 años el templo de la Virgen de Aranzazú, cada septiembre recibe a visitantes días antes para esperar la celebración del día 8 de septiembre.

En el poblado de Aranzazú. solo quedan ruinas de lo que fue el teatro La Paz, que también funcionaba como cine y hasta contaba con un boliche.
Hace más de 130 años, Aranzazú era un pueblo minero, rico en oro, plata, cobre y zinc, minerales que eran extraídos por extranjeros que abandonaron el lugar al terminarse estos recursos.

Las minas también quedaron en el abandono y ahora solo son simples entradas al fondo de la tierra. Aún se mantiene el socavón principal de la antigua mina, un arco denominado la “Puerta del cielo”, que toma su nombre por la altitud a la que se encuentra, 2 mil 540 metros sobre el nivel del mar, en medio de los cerros.

Los cronistas de Zacatecas, cuentan que por los años 1880, el lugar era símbolo de abundancia, pues en las entrañas de la tierra había minerales como oro, plata y cobre.

Entre 1975 y 1980 se fueron del lugar las últimas familias porque para obtener los insumos para la vida diaria tenían que llegar a Concepción del Oro, donde podían adquirirlos.

Hubo una época de auge donde el poblado de Aranzazú alcanzó una población de casi tres mil habitantes, entre las tres áreas habitacionales que conformaban el lugar.

En el centro del pueblo se encontraba el lugar de la fe, ahí estaba el colegio San Juan Bosco, dos escuelas particulares y una de gobierno.
Había calles donde se encontraban los mejores comercios y donde vendían lo que era común para vivir bien en esta área.

En otro lado estaba el Barrio de Arriba, que era “El Cobre”, donde estaba el núcleo poblacional, donde la vida era más alegre.
Estaba también el barrio del “Nueve”, que era el Barrio de Abajo y la entrada principal hacia Aranzazú, la zona comercial.
En 1713 la zona era llamada el “Lugar de las Ocho Cuevas”, ya para 1820 se habla de Aranzazú del Cobre, de las minas de San Antonio, del Jaime, de San Carlos y de San Eligio, que fueron quienes empezaron a dar vida en el lugar.

Gracias a ello y a los primeros inmigrantes, que eran españoles, ingleses, irlandeses, franceses, que llegaron con su fe, que era la presbiteriana, la protestante y la católica.

Las minas de Jaime, el socavón general, El Placer, San Antonio, San Carlos, San Eligio, La Joya, y las empresas Mazapil Copper Company, Eureka, Peñoles, San Marcos, eran las que le daban vida a este lugar.

El templo actual se empezó a edificar en 1918, pero se suspendió por el conflicto cristero y concluyó su construcción en 1930.
En 1905 llegó al lugar la Virgen de Aranzazú, que hasta la fecha ahí permanece y es una de las diez más antiguas del estado.

Atrás del templo se construyó el colegio San Juan Bosco, entre 1930 y 1940, pero desde que llegaron los primeros pobladores había escuelas.
Eran tiempos en que el auge minero permitía tener planta de luz, había vías férreas que comunicaban a la mina, un cable aéreo, una plaza, un billar, un área de boliche, un patinadero, y también había un hospital en el área de los empleados.

Estaba también el servicio postal, que lo daban tres burros que traían todas las cartas y paquetes para Aranzazú, Providencia, Salaverna y Mazapil.

En 1972 empieza la debacle de Aranzazú y culmina en 1980. Actualmente únicamente hay tres habitantes en este lugar, pero no siempre están, pues van a los pueblos cercanos para trabajar y conseguir sus insumos.

Carcomidas por la humedad, aún se pueden apreciar viviendas que conservan la pintura original, y el diseño de sus construcciones, en las puertas de madera, en las ventanas.

El poblado de Aranzazú se desarrolló durante el auge minero allá por 1890 y 1930, que fueron 40 años de bonanza en la que había pago a los mineros en monedas de oro y plata.

Mucho del deterioro de las casas es porque hay gente que llega y cree que aún hay minerales y ha destruido una parte del lugar.
La primera bonanza se da gracias a los grandes inversionistas españoles, norteamericanos, ingleses e irlandeses.

Ahí se edificó la gran compañía de un irlandés que se llamó Guillermo Pourcell, que recibió una concesión por parte del presidente Porfirio Díaz y gracias a eso llegó el ferrocarril a Concepción del Oro, para bajar todo lo que se sacaba de la mina.

Al terminarse el mineral y entrar a una época de recesión, muchos de sus habitantes empezaron a emigrar, principalmente buscando el “sueño americano” en Estados Unidos, otros se quedaron en los poblados cercanos, pero ya no regresaron.

El panteón del lugar muestra el abandono, hay tumbas de finales del siglo XIX y principios de 1900, algunas de las cuales fueron abiertas por el inexorable paso del tiempo, ruinas de piedras y cruces de metal que aún protegen los cuerpos de sus habitantes.

En algunos casos, las lápidas y cruces de madera carcomidas aún permiten ver que había una mortalidad alta en menores de edad.
Entre las leyendas de los únicos pobladores del lugar, se dice que en la punta del cerro del Temeroso sobrevuela un ovni y que la vegetación queda marcada por la nave.

También se dice que, al anochecer, se escucha un trotar de caballos y cadenas que son arrastradas, además de que se reflejan luces que provienen de lugares desconocidos.

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